
Por AUGUSTO ELMORE
UN diario nacional dedica cada día dos, tres y hasta cuatro páginas a atacar al Alcalde de Lima, Alberto Andrade. Parece haber recibido el encargo de ser la punta de lanza del gobierno para desprestigiar a cualquier candidato potencial a ganarle la re-reelección a Alberto Fujimori. De otra forma no se explica tan enfermiza inquina. A menos que la fobia del coro de congresistas que hacen lo mismo sea contagiosa.
Luego la cosa será con el segundo de la lista.
La misión informativa de un diario puede y debe ser crítica a la labor de un funcionario público en hechos específicos. Lo que no puede hacer es manejar sus informaciones con patente ojeriza, dedicándole un espacio desproporcionado que probablemente a sus lectores les gustaría más que estuviera destinado a otras informaciones. Uno sólo tiene derecho -y deber- de tenerle ojeriza a Alan García: por los resultados objetivamente desastrozos de su gobierno.
Una vez producida la resolución tan poco informada de la Corte Interamericana de Justicia, que contó nada menos que con la firma del delegado oficial peruano, el gobierno haría bien en acatarla en lo que se refiere a hacerle un nuevo juicio a los canallas chilenos que invadieron el Perú para cometer sus fechorías. No habrá tribunal alguno en el Perú ni en el mundo que pueda absolver a esos facinerosos. En cuanto a la absurda indemnización, decretada con tanta ligereza por dicho tribunal, debería ser embargada inmediatamente de pagada. Para indemnizar a las víctimas de éstos.
Lo antedicho salvo que se detecte el inicio de una campaña para nuevas resoluciones destinadas a desprestigiar o invalidar las condenas de todos y cada uno de los terroristas reducidos a prisión. Como ocurrió con el movimiento internacional de izquierdistas que buscó manchar la brillante acción que condujo a liberar a los rehenes de la residencia del embajador del Japón.
Por otra parte, a los parlamentarios del socialismo chileno que han venido o van a venir a interesarse por sus compatriotas (los terroristas condenados), habría que decirles que por qué mejor no van a Londres a preguntar por la salud y el estado de ánimo del general Pinochet.
Ya dije anteriormente que así como el Estado peruano piensa comprar las deudas bancarias debería hacer lo mismo con los propietarios de locales comerciales, casas y departamentos a los que sus inquilinos les adeudan meses y meses y meses de alquiler, y que no acuden al Poder Judicial por lo morosos que son los juicios por desahucio y pago de arriendos a los que algún gracioso tuvo la singular ocurrencia de denominar de "sumarísimos" (son tan sumarios que duran un año por lo menos), y el costo que éstos demandan. Un alquiler vencido es igual o peor que una letra protestada. Porque hay que esperar que se venzan dos meses y medio para entablar el costoso y moroso juicio.
Un lector, "cusqueño de nacimiento y de corazón", según declara con conmovedor patriotismo regional, envía un e-mail desde Frankfurt en el que me atribuye ideas "tan centralistas y modernistas" como las de Fujimori. ¿Qué habrá querido decir con eso?
En la edición pasada, por escribir a vuela pluma, o mejor dicho a vuela tecla, mencioné una de las obras de Mario Vargas Llosa a la que le rebauticé como "Conversaciones en la Catedral". Comprobado el error, envié de inmediato un fax a esta revista para que corrigiesen el desaguisado y pusiesen, como corresponde, "Conversación en la Catedral", pero sin éxito, porque salió así nomás. Pido disculpas.
De paso, justamente cuando mencionaba la cantidad abrumadora de premios que sigue obteniendo MVLl, éste recibía una distinción más: la de doctor Honoris Causa, nada menos que de la prestigiosa Universidad de Harvard. ¡Ya, pues, Mario, no abuses!
Debo pagar una deuda con un hombre al que no conocí personalmente. Pero no hacía falta haberle dado la mano o haberlo frecuentado para saber que don Isidoro Gamarra, el consecuente dirigente sindical, fallecido el pasado 30 de marzo, era un hombre a cabalidad. Cuando supe por los diarios de su muerte pensé tributarle un homenaje personal en esta página, cosa que se me fue pasando semana a semana. Hoy ha vuelto a mi memoria su figura austera y sufrida de viejo luchador por las reivindicaciones proletarias, y aunque probablemente no coincidí casi nunca o jamás con él -sobre todo a raíz de la caída del Muro de Berlín-, sí fui consciente de que era un austero luchador, que murió en la misma pobreza en que siempre vivió, casi como un asceta. No gozó de las glorias y regalías de algunos camaradas, pero él sí estará en el cielo de los comunistas, junto a Marx y Lenin, y sobre todo a Mariátegui, que lo habrá recibido con los brazos abiertos. En su memoria, levanto un puño simbólico de saludo, como él solía hacerlo.
