Por GREGORIO MARTINEZ, desde Washington DC
El Mariscal Borrado
Peripecias del autor a propósito de una grave omisión
en la Enciclopedia Británica: el mariscal Miller, creador de los Húsares de Junín.
AUNQUE en las fervorosas enseñanzas de historia, en Nasca milenaria, los profesores hablaban siempre del heroísmo que demostró el mariscal Miller en la batalla de Ayacucho, aquella victoria final de las fuerzas patrióticas que consolidó la independencia del Perú, nunca mencionaban que dicho militar se llamaba William y era británico de nacimiento. Ni siquiera el elocuente maestro Roberto Pisconti, cuyos discursos reproducían el fragor de la guerra, llegó a mencionar el asunto en alguna ocasión. Dicho maestro, aclaro, se llamaba Pisconti por ser yunga iqueño, no alguien de ascendencia italiana.
Tampoco dejaban constancia, jamás, que William Miller había formado aquel legendario regimiento de caballería, los Húsares de Junín, con un contingente lugareño, 500 esclavos a caballo, desharrapados y descalzos, huidos de las haciendas de Nasca y Acarí, ante el llamado del ejército patriota, agrupados luego, por el diligente Miller, en 4 escuadrones de 128 húsares cada uno.
¡Húsares! Qué tal rebusque. Tal vocablo es húngaro, no italiano como sostienen los diccionarios sobre terminología castrense. Huszares se denominaban las legiones a caballo, con lanza o espada, que el rey magiar Matias Corvinus mandó organizar, en 1458, con el sueño de combatir a los invasores turcos del Imperio Otomano.
Años más tarde, en la capital de la república, me reencontré con el nombre del mariscal Miller, en una calle del barrio Lobatón, en Lince, colmada de callejones de un solo caño y pilón, habitados casi enteramente por negros de Acarí. Muchos habían llegado a Lima, desde sus villorrios, forzados por la leva militar.
Necesitamos gente para la caballería -era el reclamo de la policía encargada del reclutamiento, la cual ejercía autoridad por encima de la ley y el derecho, a culatazo limpio, cuando llegaba, peor que la peste, a los caseríos de las comunidades negras, en Acarí o Changuillo, armada de fusil máuser y bayoneta calada.
Pero la policía, y aun los propios oficiales del ejército ignoraban la razón histórica que movía a la caballería para reclamar, siempre, renovados contingentes de jóvenes negros. Ellos, la policía y los militares, pensaban que era cuestión de estatura y habilidad para manejar los caballos. Como si en los Andes de Huamanga no existieran los habilísimos morochucos.
Al cumplir el servicio militar, los ex soldados de caballería generalmente no volvían al caserío. Se quedaban en Lima, a trabajar como choferes, cocineros, porteros de hoteles. Enseguida se conseguían un cuarto en algún callejón de Lince o Chacra Colorada y empezaban a llamar a la familia hacia la capital de la república. Al menos, ya no se iban a romper los lomos de sol a sol. Bajo sombra, el duro trabajo de cocineras, lavanderas, amas de leche, se les haría más llevadero a las mujeres que jornalear en la pampa, forzadas por el rigor de los caporales.
William Miller, mariscal de Ayacucho, peruano de corazón, había sido artillero en el ejército de Arthur Wellesley, duque de Wellington, desde 1811 hasta 1815, cuando Napoleón Bonaparte fue derrotado para siempre, en Waterloo. Miller llegó al Perú con el ejército libertador del general argentino José de San Martín. Entonces, casi sin recursos, organizó en Nasca la primera verdadera columna de caballería, con la que tuvo su bautizo de fuego en la gloriosa batalla de Changuillo, gesta casi ignorada por la historia oficial. Esto mucho antes de la batalla de Junín donde, después, Miller y su regimiento de negros demostraron genio y eficacia de guerreros. En tal acción de armas también se cubrió de gloria el coronel argentino Isidoro Suárez, tío abuelo del escritor Jorge Luis Borges.
En los primeros años de la república, el mariscal William Miller se encontró de pronto sumido en la olla de grillos de la política criolla peruana, corrupta y ajena a los intereses de la nación. Desencantado se puso a escribir sus memorias. Su hermano John Miller las publicó en Londres, el año 1828, en dos volúmenes, con el título: Memoirs of General Miller in the Service of the Republic of Perú. Fueron un inmediato bestseller. Al año siguiente apareció una segunda edición que reproducía en las tapas las notas ponderativas de los principales diarios y periódicos londinenses, exactamente como estilan ahora las editoriales anglosajonas. Entonces se lanzó también una edición en España. Memoir del mariscal William Miller es, sin duda, el mejor balance escrito sobre los primeros años del Perú republicano. El inicio de un tormentoso drama que aún perdura convertido en un círculo vicioso.
Volví a reencontrar al mariscal Miller en el tomo XVIII de la Enciclopedia Británica, en la edición undécima, forrada en gamuza, lanzada bajo la sombra prestigiosa de la Universidad de Cambridge en 1910-11, la misma edición en la que Adolfo Bioy Casares dice que leyó la entrada sobre Uqbar, el país de Orbis Tertius donde estaban prohibidos los espejos.
La Encicclopedia Británica fue iniciada en 1768 por un organismo misterioso, la Sociedad Caballeros de Escocia, que la publicó por entregas semanales a lo largo de 4 años, hasta que en 1771 completó 3 volúmenes. A la cabeza de dicha labor utópica estaban el imprentero Colin MacFarquhar, el grabador Andrew Bell y el tipógrafo William Smellie que era el cerebro que redactaba las reseñas. Emulos de Giovanni Pico della Mirandola y de los sabios del ocultismo que intentaban unificar el conocimiento en una sola piedra de toque.
Cierta motivación esotérica, se rumora, impulsó al trío en aquella empresa delirante, escribir en fascículos semanales todo el saber humano, ¿acaso bajo el modelo de Practica, el summum del conocimiento escrito por Teofrasto Paracelso? Apoyados quizás por la entera Sociedad Caballeros de Escocia, el caso es que los tres socios lograron la proeza de publicar la enciclopedia del saber universal hasta completar 20 volúmenes, en la cuarta edición aparecida entre 1801 y 1810. Después, la Enciclopedia Británica se convirtió, sencillamente, en una empresa pública, editora de colecciones de cultura general.
Poseo los 29 tomos de la undécima edición, hallazgo sin precio, a pesar de todo. Dicha edición salió después que la Enciclopedia Británica pasó a la Universidad de Cambridge y 1500 especialistas le dieron la forma definitiva, a cuya imagen serán hechas las ediciones sucesivas, incluida la de 1997 que lleva una dedicatoria de homenaje a la reina Elizabeth II y al presidente William Clinton.
La entrada sobre William Miller, en la Enciclopedia Británica, ocupa 23 líneas y el mariscal de Ayacucho ha sido rebajado a la condición de simple soldado que peleó en las guerras de independencia, en Sudamérica. Sin duda, el autor de dicho texto tiene que haber sido David Hannay, vicecónsul británico en Barcelona y autor del libro Life of Emilio Castelar, a quien los responsables de la Enciclopedia en la Universidad de Cambridge le encargaron la escritura de los temas referentes a Sudamérica y la guerra por la independencia.
Con respecto a las dedicatorias de homenaje, la Enciclopedia Británica no escarmienta y reincide, erre que erre, con tal de congraciarse con las instituciones norteamericanas. Por supuesto, las instituciones norteamericanas son, en el vasto territorio de Estados Unidos, las presas más provocativas en el mercado de enciclopedias y diccionarios. La mentada undécima edición de 1910-11 está dedicada al rey George V y al presidente William Taft, reconocido por la ciudadanía de Estados Unidos y los medios de difusión como el peor mandatario que ha tenido el coloso del norte.
Cada enciclopedia es dueña de su propio escarnio. La Francesa porque falsificó la verdadera naturaleza del onanismo. La Americana porque ignora al negro Oliver Law, el cabo del U.S. Army que convertido en capitán murió heroicamente en la guerra civil de España. La Espasa porque dice que el Popol Vuh es la obra de un neófito.
Antes que la proliferación de las enciclopedias multimedia arruinara a la Enciclopedia Británica, cuya aburrida versión electrónica costaba diez veces más, todavía entonces intenté hacer un alcance con la propuesta de un nuevo texto para la entrada de William Miller, devolviéndole el grado de mariscal y la imagen heroica, pero ciñéndome, cuidadoso al espacio y aun al estilo del texto original.
Quedé desconcertado cuando me dijeron que en la Enciclopedia Británica no existía entrada alguna sobre el militar británico que peleó en Sudamérica durante la guerra por la independencia. Que el único William Miller consignado, entre los 13 Miller que la Enciclopedia reseñaba, era el dirigente religioso de Boston, nacido en 1782 y muerto en 1849, dijeron.
Insistí y señale que la entrada en la Enciclopedia Británica no dice ni siquiera militar sino soldado, que si no era demasiada majadería de mi parte podía enviarles, por fax, una fotocopia de la página. Hubo un murmullo al otro lado de la línea y luego me pidieron que esperara.
Otra persona con tono de experta retomó la conversación. Cuando dije que se trataba de la undécima edición de la Enciclopedia Británica, en papel biblia, la persona en el teléfono trastabilló. También me pidió, sorprendida, que esperara un instante. Al reiniciar la comunicación dijo, con recobrada seguridad, que la entrada sobre el militar británico William Miller había sido incluida en la undécima edición por error. Que en cada edición, explicó, quedaba material excedente y ese había sido el caso del texto sobre Miller, pero que un montajista interpretó mal las indicaciones y lo incorporó en la edición definitiva.
Quedé desarmado. Sólo atiné a decir si podían enviarme, por fax, las páginas de la última edición de la Enciclopedia Británica, donde figuraban los Miller, como una especie de prospecto de venta. Dijeron que lo harían con el mayor placer y me pidieron que mantuviera el contacto con ellos.
En verdad, la Enciclopedia Británica tiene 15 entradas sobre la palabra Miller. Miller quiere decir molinero. Una se refiere a esa mariposa nocturna, polvorienta, que destruye prendas de lana y libros. Otra, al índice que marca la orientación de un avión. La tercera, al dramaturgo Arthur Miller. La cuarta, al periodista y versificador norteamericano Joaquín Miller que escribió un poema en homenaje a Colón. La quinta, al abogado David Miller, experto en tratados. La sexta, al trombonista y director de banda Glen Miller. La séptima, al novelista erotómano Henry Miller. La octava, al geólogo escocés Hugh Miller. La novena, al médico y actor Jonathan Miller. La décima, a la comediante Marilyn Miller. La undécima, al economista norteamericano Merton Miller. La duodécima, al psicólogo Neal Miller. La décimotercera, al ingeniero alemán Oskar Miller. La decimocuarta, a Samuel Miller, juez de la corte suprema de Estados Unidos. Y la decimoquinta, al fanático milenarista, William Miller, dirigente de los adventistas del séptimo día, quien anunciaba que el mundo se iba a arruinar en 1843. Aparte de Arthur y Henry Miller, nadie puede arguir que los otros Miller mencionados están por encima del mariscal de Ayacucho. Entonces, ¿en qué se sustenta la eliminación?
Una sostenida indagación sacó en limpio que Wes MacCans, el montajista que incorporó, en la undécima edición de la Enciclopedia Británica, la entrada sobre el mariscal de Ayacucho, no lo había hecho por error sino con el preconcebido propósito de reparar una omisión. Wes MacCans era nieto del tipógrafo que en 1827, por encargo de su cófrade masón John Miller, compuso el libro Memoirs del mariscal de Ayacucho William Miller.
Pero todavía queda un inuendo, un otrosidigo: Quienes eliminaron el nombre del mariscal de Ayacucho de la Enciclopedia Británica, ahora se sabe, por obra de una fuente interna, no lo hicieron para reparar un error sino por el expreso mandato de la conspiración del silencio. Obraron sobreseguros, convencidos que el gobierno peruano y sus instituciones, por desidia e ignorancia, no moverían un dedo.
