El Perú ha llegado a esta Copa América con un cuadro que ya no es adolescente y tampoco viejo; durante un tiempo, allá por 1982 y 1986, nos llamaban "matusalén". Llegamos a convertirnos en una selección vieja en un país de jóvenes. La renovación de ese ciclo nos ha llevado 15 largos años y todavía no tenemos la certeza de haber iniciado un nuevo ciclo de éxitos, aunque ellos sean relativos. Algunos jugadores, como Juan Reynoso, se lamentan de haber vivido durante aquel período desértico, en aquella tierra baldía, donde no alcanzaban ni siquiera a sumar un punto. Esa es la generación de los fracasados. La que le tocó vivir lamentablemente a José del Solar y a Percy Olivares. Hoy los más experimentados anhelan -como todo el país- salir de ese atolladero y alcanzar resultados dignos.
Iniciar el torneo enfrentando a Japón tiene todo un contenido simbólico. De alguna manera, lo japonés, para los peruanos criollos, encarna la disciplina y la tenacidad en aras de alcanzar la perfección. El tren bala, nada menos, es su símbolo. La rapidez, la concentración, la disciplina táctica, pero no tienen una tradición futbolística como nosotros, que sí la tenemos a pesar de los adversos resultados. Los peruanos amamos el fútbol, nos gusta jugarlo (aunque sea en pichanguitas cheleras) y verlo. Es el deporte nacional, por esa razón, ahora que una elite de nikkeis asume la responsabilidad de administrar el Estado peruano, había una necesidad vital de asentar la idiosincrasia criolla, tan venida a menos. El Tico y su malhumorado aliento es el símbolo del nuevo costeño, descamisado y mal alimentado, iracundo por cualquier paja suelta. Oblitas no acostumbra ser audaz, no se la juega, tiende a ser conservador, planifica en exceso más de lo mismo, insiste en Palacios y en Maestri, pero hoy tiene conciencia de dos cosas: su terquedad o capricho lo puede llevar al despido y que debe jugar con futbolistas que no representen el ánimo del símbolo Tico. Desde hace mucho tiempo que no se veía a una selección jugar con respeto y educación. Solamente dos tarjetas amarillas (la de Reynoso, inútil, costó el primer gol) y la de Jayo. Ningún jugador tuvo actitudes adolescentes. No hubo infantilismos. Esta selección ha asumido que no es ni de chiquillos ni de "matusalenes"; es, por fin, una selección de adultos.
Nadie como Oblitas le ha dado tantas oportunidades a Flavio Maestri. Es hora de que se las agradezca. La renovación a paso lento significa que los más experimentados sientan que no son los dueños del equipo; Ciurlizza puede jugar en lugar de Pereda; Pizarro, desde atrás, en lugar de Palacios; Holsen o Mendoza luchando el titularato con Maestri. Da la impresión que Oblitas así lo ha entendido.
