De Urnas Y Golpes
A poco de cumplirse 24 años del golpe de 1975, Francisco Morales Bermúdez comparte pasajes inéditos de su paso por el poder.

"Todos los partidos apoyaron el paro general de 1977,a pesar de que publicamos el Plan Túpac Amaru que anunciaba la vuelta a la democracia. En ese momentome sentí realmente solo".

Limeño de pura cepa, nacido hace 77 años en los Barrios Altos, Francisco Morales Bermúdez Cerruti, el mayor de cuatro hermanos, bisnieto de un oficial español y nieto directo del ex presidente Remigio Morales Bermúdez, perdió a su padre cuando éste fue asesinado en Trujillo. A pesar de ello, desde muy niño, y contrario a la opinión de éste, quien quería que fuese ingeniero, sintió inclinación por la carrera militar, aunque en la secundaria del colegio La Inmaculada pensó también en convertirse en médico o sacerdote. Quién sabe si el destino pudo darnos un cardenal, en vez de un general.Morales Bermúdez estudió toda la primaria en su casa, pero desde que ingresó al colegio para cursar secundaria y más tarde a la Escuela Militar, se convirtió en el "chancón" de la clase, siendo el número uno en toda su carrera, hasta llegar a general de División. Cuando el 29 de agosto de 1975 asume la Presidencia del Perú, luego del Pronunciamiento de Tacna que oficializó el golpe institucional contra el general Juan Velasco Alvarado, pocos creyeron -incluyendo a sus compañeros de armas- que ese acto iniciaría el camino de retorno a la democracia. Su papel en la historia reciente del Perú aún no ha sido del todo sopesado. Pero el general Francisco Morales Bermúdez es un verdadero libro abierto. La siguiente entrevista nos permite conocer algunas páginas inéditas de ese libro.

Entrevista OSCAR DIAZ
Fotos VICTOR CH. VARGAS

CON la presente entrevista, Oscar Díaz reanuda sus colaboraciones con CARETAS, después de algunos años y luego de su paso por la televisión con el programa Cara & Sello que condujo en las últimas elecciones presidenciales. Empieza así una serie denominada Testimonios del Poder a personajes de la vida nacional que en algún momento tuvieron en sus manos parte de nuestro destino como nación. En una suerte de confesionario público, Díaz intentará hacernos conocer, en boca de sus protagonistas, la historia no contada de la política peruana.

"Yo no asumí un país en bonanza, sino en franca crisis".

Una mañana de invierno llegamos a su casa de la calle Marconi, en San Isidro. La misma que habita desde 1951 y donde vivió con su esposa y sus cinco hijos, ninguno de los cuales, y muy a su pesar, siguió la carrera militar.
Instalados en su acogedora sala, y acompañados de un café, que quedó corto, iniciamos nuestra larga charla con una pregunta a boca de jarro.
-He leído muchas entrevistas suyas, pero en ninguna se señala con exactitud cuándo empezó a gestarse el golpe de 1975 que usted encabezó.
-Bueno, eso fue algo progresivo, desde el momento en que la salud del general Velasco se vio seriamente deteriorada.
-O sea desde la crisis de 1973, cuando perdió una pierna.
-Claro, esa fue su primera gran crisis, pero luego vendría una mejoría, y más adelante sucesivas crisis que minaron su capacidad física y mental. En esa situación era muy difícil que pudiera asumir la conducción del país, por lo que empezó a crecer el consenso en el gobierno para reemplazarlo, y, considerando que yo era el más antiguo del Ejército, y tenía la segunda responsabilidad política dentro del régimen, se pensó que era la persona indicada para sucederlo.
-¿Es cierto que el general Velasco le expresó su deseo de que usted lo sucediera en el cargo?
-Sí, claro, en dos oportunidades. Pero después nunca volvió a tocar el tema, dando muestras de que no pensaba dejar el poder, lo cual nos obligó a tomar la decisión que tomamos.
-Pero no negará usted que, más allá de la delicada salud del general Velasco, existía descontento en la oficialidad respecto a la línea política asumida por la primera fase del gobierno militar.
-No niego que había gran preocupación en muchos de nosotros, que no estábamos de acuerdo con algunas medidas radicales que se habían dado. Era lógico que nos preocupara el desprestigio de la Fuerza Armada como consecuencia de la aplicación de esas medidas.
-¿Cuándo y dónde decidió la fecha del golpe de Estado?
-Eso lo decidí cuando ya me encontraba en Tacna para la celebración de su reincorporación al suelo patrio. Pero no quisimos opacar esa fecha, y por eso lo hicimos al día siguiente.

"El poder gasta. Gasta y destruye."

-¿La huelga policial del 5 de febrero de 1975 precipitó el golpe de agosto de ese mismo año?
-No, yo diría que no. Si bien fue una situación muy difícil, no fue un factor determinante para el pronunciamiento de Tacna.
-En un discurso dado en 1976, en la Plaza de Armas de Trujillo, usted habló por primera vez sobre la posibilidad del retorno a la democracia ¿Eso fue un impromptu o era una idea que ya le daba vueltas en la cabeza?
-En honor a la verdad, era mi convencimiento desde el momento mismo de asumir el poder. Y por supuesto tuve resistencia al interior de la Fuerza Armada. Había generales que pensaban que el gobierno militar podía continuar 20 ó 30 años más. Pero yo los fui convenciendo de que eso no era posible, pensando en la misma Fuerza Armada. Porque el poder gasta; gasta y destruye. Y una institución tutelar como la Fuerza Armada no podía exponerse a ese desgaste.
-Para decirlo crudamente, usted engañó a sus propios compañeros de armas cuando asumió la Presidencia?
-Si usted quiere puede decirlo así, pero mi intención fue la mejor, y estoy seguro de que la historia lo reconocerá. Si yo les hubiese dicho a mis compañeros que deseaba ser el puente hacia la democracia, no sé si hubiera llegado a la Presidencia. Pero ellos fueron entendiendo poco a poco, y por eso cuando empezó la transición a la democracia fueron los propios comandantes generales quienes participaron directamente en el proceso de transición.
-¿Cuándo conversó por última vez con el general Velasco, y de qué hablaron?
-Creo que fue el día de la bandera. Dos meses antes del Tacnazo. El general Velasco era muy parco. Lo que sí recuerdo es que en esa ocasión no volvió a tocar el tema de la sucesión de la Presidencia, y eso me hizo pensar: ¿esto en qué quedó? Además que ya teníamos la crisis económica encima, agravada por dos problemas externos. La subida del precio del petróleo que importábamos en un 40 % y la baja del precio del cobre que exportábamos, a la cantidad más baja que se conoce hasta hoy. Yo no asumía un país en bonanza, sino en franca crisis.
-¿Nunca más volvió a hablar con Velasco?
-No. Nunca.

Escenas impensadas en 1975. Morales Bermúdez junto a electo Fernando Belaunde, derrocado por la Fuerza Armada en 1968, y Haya de la Torre recibiendo honores militares.

-¿Cómo lo definiría?
-Difícil definirlo. Pero, en primer lugar, un patriota. En algunas cosas se equivocó. Pero yo diría que no de mala fe. Contrariamente a lo que se cree, no era un marxista, pero creyó que ese tipo de reformas eran las que convenían al país.
-¿Por qué eligió a Javier Silva Ruete como ministro de Economía, y cómo evalúa su gestión?
-Bueno, a él lo conocía desde 1967, cuando en el gobierno de Fernando Belaunde participé en el Consejo de Transacciones Externas, representando a la Fuerza Armada. Allí también estaba Silva Ruete, y entablamos amistad. Ya en mi gobierno me acordé de él, y lo convoqué. Sin restar méritos a su excelente labor, debo recordar que, vía decreto supremo, con el voto del Consejo de Ministros, hice que, como ministro de Economía, presidiera el Consejo Interministerial de Economía y Finanzas, convirtiéndose en una especie de superministro. O sea que, en pleno gobierno de la Fuerza Armada, los ministros de la producción, que eran militares, estaban subordinados a un civil. Fue gracias a esta decisión que se pudo presentar el Programa de Recuperación Económica 1978-1980, enriquecido, además, por el aporte de una misión holandesa, presidida por el señor Diusenberg, quien es en la actualidad nada menos que el presidente del Banco de Europa.
-¿Cómo fue su primer encuentro con Víctor Raúl Haya de la Torre? ¿Qué recuerdos tiene de él?
-No recuerdo exactamente el primer encuentro, pero tuve varias reuniones con él en casa de amigos comunes, ya que no eran reuniones oficiales, meses antes de la elección de la Asamblea Constituyente. De Haya de la Torre tengo el mejor de los recuerdos. Era un hombre extraordinario y un caballero. Teníamos largas conversaciones de tres o cuatro horas, sobre el futuro del país. Tuvimos una gran afinidad. Es una pena que su enfermedad nos privara de una mente tan lúcida. Recuerdo como una anécdota que Haya de la Torre le tenía recelo al voto preferencial que por primera vez se puso en práctica durante mi gobierno. El temía que otro integrante de su propia lista, por cuestión de mera popularidad, le ganara en la votación. Más aún tomando en cuenta que, también por primera vez, le dimos el voto a los jóvenes de 18 años. Yo le dije un día que no se preocupara, porque nadie le quitaría el primer lugar. Y así fue.
-¿Cómo manejó usted entonces la antigua rivalidad entre el Apra y la Fuerza Armada?
-No fue cosa fácil. Pero felizmente a esas alturas ya existía el convencimiento de que la transición a la democracia no tendría marcha atrás. Tanto es así que, a la hora de nombrar edecanes a Haya de la Torre, decidí que ellos fuesen coroneles, mientras yo, siendo Presidente de la República tenía edecanes de menor graduación.

Fujimori y Montesinos. Inexplicable relación.

-En 1980 se habló mucho de que si ganaba el candidato del Apra, Armando Villanueva, el Ejército no aceptaría ese resultado electoral ¿Era eso cierto?
-A estas alturas no tendría por qué mentirle. Le puedo asegurar que se hubiera respetado cualquiera fuese el resultado. Es más. Ninguno de los dos favoritos era santo de nuestra devoción. O ganaba el presidente que había sido echado de Palacio de Gobierno por la propia Fuerza Armada, o era elegido el representante de un partido que había sostenido una larga lucha civil con el Ejército.
-¿Cuál fue el trance más difícil de superar durante su gobierno?
-Hubo muchos, pero uno de los más duros fue, sin duda, el paro general de julio de 1977, que apoyaron todos los partidos políticos, a pesar de que acababa de publicarse el Plan Túpac Amaru que contemplaba el retorno a la democracia, y que se había anunciado la elección de la Constituyente para 1978. Ante esa muestra de incomprensión política, la Junta Militar pudo haberme dicho: "no hay transición" o "usted se va". Fue un momento en que luchaba contra todos. Yo sentí que estaba pariendo la democracia. Y eso es algo que hasta ahora no se analiza en su exacta dimensión. Ha habido mucha ceguera en el análisis de mi condición política.
-Saltemos al primer gobierno del presidente Fujimori ¿Si usted hubiera presidido el Comando Conjunto de la Fuerza Armada en 1993, hubiese intentado un golpe institucional para deponer a Fujimori, y restituir la Constitución de 1979, como fue la intención del general Salinas Sedó?
-Si hubiera tenido el manejo de la Fuerza Armada, sí. Porque un golpe no se hace si no se tiene el poder. Ese fue el error del general Salinas. Si yo quisiera dar un golpe de Estado hoy, ¿con quién lo daría? ¿Con usted y su grabadora? Así no funcionan las cosas.
-¿Alguna vez la Fuerza Armada ha estado tan corrompida y quebrada como la de hoy?
-No comparto esos términos tan duros.
-Yo sólo estoy preguntando.
-Yo no hablaría de la Fuerza Armada como institución, sino de los mandos comprometidos con un proyecto político muy peligroso. Lo que yo no he visto nunca en mi vida es que los mandos estén manejados por un asesor, que fue un capitán al que se le separó del Ejército por medidas disciplinarias. Nunca se ha conocido de un caso como éste.
-Fue en su gobierno que se separó del Ejército al entonces capitán Vladimiro Montesinos. ¿De qué se le acusó exactamente?
-Bueno, se demostró fehacientemente que falsificó una Resolución Suprema con mi firma, y la del comandante general del Ejército, para asistir a una conferencia en Estados Unidos, cuando era un simple capitán. No me imagino cómo un capitán puede falsificar la firma del Presidente de la República y la del ministro de Guerra.

Silva Ruete tuvo todo el apoyo de su gobierno. Demacrado Gral. Velasco antes de ser derrocado.

-¿Cómo se explica usted, entonces, la influencia de este personaje en el actual régimen?
-Para mí es inexplicable. Porque tampoco he visto en mis 77 años de vida a un presidente concediendo una entrevista junto a su asesor.
-General, ¿ganamos o perdimos la guerra del Cenepa?
-(Largo silencio. Finalmente responde el militar). Yo creo que se marcó un equilibrio. Más que ganar o perder. Lo que más me preocupa ahora, después de la firma de la paz con Ecuador, es que el gobierno de Fujimori ha iniciado un desarme unilateral, lo cual es una verdadera aberración, que pone en riesgo el futuro del país. Yo estaría de acuerdo con el desarme, si éste fuera multilateral. Pero ni Chile, ni el propio Ecuador se están desarmando. No se puede hacer demagogia con la seguridad nacional.
-En caso de que Fujimori postulara y fuera reelegido por segunda vez, ¿usted cree que llegaría a terminar su mandato el 2005?
-Para empezar, su postulación ya sería anticonstitucional. Pero si postula, tiene una indudable ventaja. Además del tercio que todavía lo apoya, el poder que tiene este gobierno es histórico. Ni los gobiernos militares han tenido la suma de poder que tiene actualmente Fujimori. Sin embargo, si ganara (que lo hará si es que Andrade, Castañeda y la oposición no forman un solo bloque), el futuro del hipotético tercer mandato de Fujimori sería sumamente frágil, porque, entre otras cosas, el modelo económico que fue exitoso en su primer gobierno ya se agotó.
-¿Se arrepiente de algo a la hora de revisar su paso por el poder?
-Cuando el ser humano no tiene orgullos o vanidades, siempre debe arrepentirse de sus errores. No sé si es arrepentimiento, pero hubiera preferido no dar el pronunciamiento de Tacna, y que el general Velasco me cediera la posta por propia voluntad. Otra cosa que no me hubiera gustado hacer es haber deportado a algunos buenos peruanos durante mi gobierno. Aunque tenía muy poco nivel de maniobra, a veces pienso que quizá hubiese podido encontrar otras formas de persuadir a quienes, a mi entender, y tal vez sin quererlo, estaban poniendo en riesgo el retorno a la democracia. Felizmente, muchos de ellos son ahora mis amigos.
-General, llegada la hora de la partida, que nos toca a todos, ¿cómo le gustaría ser recordado?
-Quisiera que me recordaran como un soldado con corazón de civil.


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