Después de largos meses de angustia, insomnios y sesudas deliberaciones, el jurado de la decimoséptima versión del concurso El Cuento de las Mil Palabras (integrado por Pilar Dughi, Abelardo Oquendo, César Hildebrandt, Fernando Ampuero, Iván Thays y Jaime Bedoya -CARETAS-), llegó a un feliz acuerdo: el ganador del Primer Premio es Oscar Correa Coz, por su relato "Las Polillas". Se trata de un joven estudiante sanmarquino de diecinueve años que nunca había participado en el certamen. De origen huanuqueño, Oscar es un aventajado estudiante de Derecho con una profunda inquietud literaria. Extremadamente sencillo y sin aspavientos, confiesa que también es amante de la filosofía.
Oscar Correa Coz, rodeado
del alimento que nutre a las
protagonistas del
relato ganador.
Oscar Correa
"Las Polillas", advertencia sobre
los peligros que afectan a la cultura.
"Me dedico a las letras desde los dieciséis años, influido por el impacto que me causó descubrir a García Márquez. También admiro a Cervantes, Vargas Llosa, Tolstoi, Bocaccio, Poe y Bryce Echenique".
El cuento ganador plantea una singular atmósfera, sustentada por una misteriosa invasión de polillas que amenazan arrasar una biblioteca entera. En medio de esta catástrofe inminente, desfilan personajes cuyas acciones y diálogos contribuyen a la creación de un universo ambiguo, desconcertante.
"Respecto al cuento, pienso que gira en torno de una deliberada metáfora. Lo escribí una noche antes de presentarlo al concurso. Recuerdo que me quedé hasta las dos de la madrugada. Me inspiré, simplemente, en los libros que rodeaban mi computadora. Las polillas de la historia simbolizan el poder destructivo de la humanidad, al que se debe enfrentar la cultura para subsistir en medios particularmente hostiles".
El logro de Oscar Correa confirna la precocidad de los cuentistas que participan en el concurso desde hace mucho tiempo. El año pasado, el primer premio fue concedido a Claudia Ulloa, una joven de dieciocho años. Sin duda, "El Cuento de las Mil Palabras" cumple satisfactoriamente la función para la que fue creado en 1982: promover la creación literaria en amplios sectores de la sociedad. y descubrir el talento escondido en personas que no necesariamente son profesionales de la literatura. Es de suponer que el siglo XXI estará dominado por una nueva generación de escritores que, en muchos casos, habrán iniciado su carrera en un certamen que ya es toda una institución.
Wilfredo Ardito, ganador del Segundo Premio, junto a inspiradora pizza. Su cuento refiere las paradojas surgidas en la Rusia posterior a la desaparición del régimen comunista.
Wilfredo Ardito
"Invierno Ruso", cuento que explora contradicciones en la ex Unión Soviética.
NACIDO en Lima, Wilfredo Ardito Vega participó por primera vez en el concurso hace aproximadamente diez años. Abogado de profesión, es catedrático de Sociología del Derecho en la Universidad Católica. Su especialidad es la problemática de la justicia de paz y las contradicciones de la globalización. En la actualidad, pertenece al Instituto de Defensa Legal. "Aunque parezca mentira, nunca estuve en Rusia. El cuento surgió básicamente de lo que me refirieron amigos polacos, a quienes conocí en Londres poco después de la caída del comunismo en Europa del Este. También me basé en las observaciones de amigos indios. Ellos me contaron que al visitar Moscú, a principios de la década, hallaron más pobreza que en la India. El personaje central (un ingeniero que trabaja en una pizzería) representa a muchos hombres y mujeres con formación universitaria que perdieron todo cuando se derrumbó la Unión Soviética y la nación ingresó al libre mercado. Los pueblos independientes que surgieron de este hecho son, desde entonces, víctimas de las mafias, la falta de protección estatal y la anarquía".
Antonio Stoynic junto a los habitantes de un universo sin límites entre conciencia y realidad.
Antonio Stoynic
"El Noveno Círculo", un descenso a los infiernos de la conciencia.
VIEJOconocido del concurso, Antonio Stoynic Decovich ha recibido -desde 1984 a la fecha- nueve menciones honrosas, un segundo premio y, con éste, dos terceros lugares. Arquitecto y diseñador gráfico, sus relatos se caracterizan por una cuidadosa construcción. En el cuento galardonado, un enfermo mental no puede distinguir entre su propio infierno y el creado por Dante en la Divina Comedia. Stoynic afirma que su relación con el poema es muy indirecta. "Nunca la he leído por completo. He tenido acceso a resúmenes o fragmentos. La referencia es, más bien, secundaria. Un demente cree que está en el infierno. Todos los días repite una rutina: avanza hasta una acequia que, en su mente perturbada, es el río mitológico que separa a la Tierra del mundo de los muertos. Busca a Beatriz quien, aparentemente, es la esposa que asesinó. Luego, los guardias lo obligan a regresar. El cuento se sustenta en el poder de la conciencia, capaz de modelar al mundo, y en que, finalmente, la verdad es como un perro que persigue su cola. Sobre todo en el Perú".
Abelardo Oquendo, Jaime Bedoya, Iván Thays y Pilar Dughi en ardua deliberación. También fueron miembros del jurado Fernando Ampuero y César Hildebrandt.
Menciones Honrosas
Diez cuentos de indudable calidad configuran la lista.
ALGUNOS reincidentes y nombres nuevos integran la lista de participantes que se han hecho acreedores a una mención honrosa. Sin orden de mérito, ellos son Margarita Delgado (Cuentos Lumbregos), Felipe de Losada (El Vigía), Antonio Stoynic (Reflujo), Vladimiro del Castillo (Gringo Viejo), José de Piérola (Ella en el espejo), Aldo Gonzales (Aperturas Sangrientas), Patricia Alvarez (Reflexiones Palatinas), Dos bolsas y un maletín (Willard Díaz Covarrubias), Oscar Araujo (Micaela) y Omar Gonzales Figueroa (Una noche en la ciudad). Muchos de ellos inician sus carreras literarias en un certamen que ya se considera auténtica cantera de escritores.
Otros participantes, Antonio Stoynic, Willard Díaz, Oscar Araujo y José de Piérola han obtenido distinciones en diversas versiones del concurso. Algunos han permanecido fieles al concurso, pues han enviado sus relatos con una continuidad y perseverancia encomiables.
En consonancia con el fin de siglo y el inicio de otro milenio, la decimoctava edición del concurso extenderá el número de palabras a la nada despreciable cifra de dos mil. Se trata de un guarismo de resonancias cabalísticas que anuncia un período de cambio para la civilización. Las implicancias culturales, sociales e históricas del hecho excede el simple marco de las cronologías y los calendarios. Todo ello, con seguridad, debe hollar con firmeza los terrenos de la narrativa contemporánea. Gracias a este incremento de vocablos, los cuentistas tendrán la inmejorable oportunidad de contar con el doble de espacio para concretar esa historia genial que hace tanto tiempo ronda por sus mentes, o que se encuentra en estado germinal, almacenada en alguna oscura gaveta.
Las Polillas
Cide Zlateo
MOLLENTIN de Montellarde, abogado titulado en Europa y lector asiduo de revistas francesas, revisaba con estupor las polillas de la biblioteca. Observó con una cólera lánguida las bolsas de yeso con que había rodeado los anaqueles y no pudo evitar un rencor amargo. "Parece un mal imposible" pensó. Cogió de un rincón un libro oscuro y se sentó en el escritorio, también lleno de yeso.
-¡Montellarde!
El abogado volteó hacia la puerta al escuchar la voz. Lo reconoció.
-Cómo le va señor boticario- dijo. Cerró la tapa del libro.
Su rostro no se alteró.
-Las polillas nos invaden- dijo el anciano, tomando asiento.
Cogió un puro del bolsillo del camisón y se lo colocó en las muelas. Buscó con avidez los fósforos. Mollentín le alcanzó una cajita inflamable con la figura de un olmo en el centro.
-Con las polillas ya tiene bastante- le dijo.
"Me das risa" dijo el boticario, con una mueca reposada. Tenía un mandil de cretona sin mangas y el cuello de color plomizo por la intemperie. Añadió:
-Con razón nunca ganas un caso.
Era un cuarto en piltrafas. A una pared estaba apoyada la biblioteca forrada llena de libros delgados. Tenía un retrato sin marco que colgaba al frente del escritorio, un taburete que sostenía tres libros ligeramente gruesos, una estampilla de alcázar pegado a la pared y un cuadro sin expresión que mostraba unas pilastras de piedras amorfas de alguna ciudadela perdida. En un rincón oscuro estaba el cementerio de polillas.
-Caramba- dijo el viejo- Parece mejor usted como exterminador de bichos que como abogado.
Esperó una respuesta. Montellarde abrió la gaveta del escritorio y buscó a tientas en el cajón. Deslizó algunos papeles de papiro para ayudar la búsqueda. Cuando lo halló, puso la bolsa de plástico cristalino delante del boticario.
-Eres marihuanero- dijo el anciano, perplejo.
-No- dijo Mollentín, riéndose. -Es yeso.
Mollentín observó a través de la ventana el cielo limpio, profundo, y se sujetó de pronto al recuerdo de las malvas. El aire se llenó de una atmósfera caliente y el oxígeno parecía agotarse desde siempre. Era verano. Una estación más de las muchas que todos los años había logrado resistir. Sintió el sol y la calidad humilde del cuarto bajo el promontorio invisible del bochorno. Encendió el ventilador.
-Para que derrame el yeso- explicó.
-Claro muchacho.
El boticario se sujetó a las asideras. Pero no experimentó cambio alguno al hacerlo, como inútilmente esperaba. Sin remediarlo enredó sus dedos con soltura, palpándolos, sólo para asegurarse de que aún estaba vivo y para sentir una vez más las blandas venas lívidas. Sintió el calor en las espaldas. Secó la frente con el pañuelo que extrajo de donde pensaba encontrar sus fósforos. "Marea el calor" se excusó. Pero nunca parecía darse cuenta de nada. Hasta que observó, sin saber cómo ni por qué, la biblioteca triste, envuelto en un manso manto blanco.
-Se lo han comido tus libros- dijo.
-Casi todos- respondió Montellarde.
Se escuchó de pronto el ruido del tren de Farreyguera, gigante y gris y más solo que nunca, confundido entre cantos de gallinazos que descendían a la pampa. El abogado recordó que el furgón del senador de la República llegaría ese día, junto con el circo de Castroverde.
-Será noticia- dijo.
El boticario, quien había estado absorto con el cuadro de las pilastras, despejando los insectos, casi sin conocer respondió:
-Desde luego.
Hablaron por más de una hora: de temas de Derecho, de ciencia, del mal del pueblo, del senador, de política. Cuando era un poco más del mediodía, cuando hablaban de la última visita del senador al pueblo y de sus trampas políticas, inesperadamente la puerta de caoba sonó fuerte, desquiciándose. Hizo un ruido sordo al caer.
Ambos se incorporaron al mismo tiempo. El boticario estudió la sala con apuro. Se refugió tan pronto como pudo tras una silla labrada.
El hombre se dirigió al boticario.
-De modo- vociferó -que inundaste mi casa con tus polillas de porquería.
Era gigante y montaraz. Vestía a un estilo puro de vaquero: polainas de lino, pañoleta, chalequillo descosido por las solapas, y una vetusta camisa ocre de seda, pero sin el sombrero de siempre. El pañuelo flameó en el aire con el viento.
-No es cierto- respondió desde su desmedrado escondite el boticario. Tenía las piernas juntas por el miedo - Es un mal del pueblo.
Mollentín se acercó donde el hombre con el convencimiento infantil de intercambiar palabras con la muerte. Este explotó su mano con el rostro del abogado quien rodó por el suelo hasta que la pared de cal detuvo su camino. Fue triste, recordando su infancia, su vida. Despertó y se apagó para siempre.
-¡Eres un desgraciado!- exclamó el an- ciano, esperando alarmar al pueblo con el griterío.
El hombre entonces extrajo un revólver de plástico de la cartuchera. Dirigió el cañón hacia el entrecejo del boticario. Estaba rodeado siempre de las polillas, el mal encarnado.
-¡Pum!- dijo. Y se rió.
El viejo, quien había tenido los párpados engomados, sintió nuevamente el peso entero de su alma. Avanzó hasta el umbral, encendido en cólera y hasta distraído de la cosa más maravillosa del mundo. Lo vio descender el pueblo hacia la plaza, envuelto en un manto de polvo y con una alfombra de gallinas salvajes que le cerraban el paso.
-¡Desgraciado!- gritó.
Nadie en el pueblo lo escuchó, sólo estaba presente las trece campanadas de la Iglesia, frías, distantes.
Luego dijo entre sí: "Mañana le echaré calamares a sus peces".
