
Los Pozos del Olvido
Un día como hoy, hace noventa años, nació Juan Carlos Onetti, uno de los fundadores de la novela moderna en el continente.
Su aporte a la literatura latinoamericana es fundamental.
El autor de "El Astillero" fue perseguido por una dictadura que ensombreció la tradición democrática de su país.
EN el prólogo a una antigua edición de la novela "El Astillero" (1960), de Juan Carlos Onetti, el chileno José Donoso comentaba en tono de velado resentimiento lo que, según su opinión, constituía gran injusticia: un concurso literario celebrado en 1941 había otorgado el primer premio a Ciro Alegría, obviando al escritor uruguayo cuyos noventa años se conmemoran hoy. Donoso sustentaba su indignación en las anteojeras del jurado. Este, con un dictamen absurdamente convencional, apostaba por la seguridad de filiación romántico-realista que emanaba de la novela del peruano. Nada de aquello, de acuerdo con el chileno, podía encontrarse en la escritura de Onetti, poblada de personajes que vivían sus anodinas y oscuras existencias nutridos por la incomunicación y el fracaso. Demasiado atrevimiento para los parámetros estilísticos de la época.
Al margen de la profunda antipatía que manifiesta Donoso no sólo por Ciro Alegría, sino por todo el conjunto novelístico denominado novela de la tierra -y, por supuesto, la veneración religiosa que sentía por Onetti-, no es posible referir los últimos cincuenta años de literatura hispanoamericana y universal sin la presencia del montevideano.
Junto a Borges, Rulfo, Asturias, Carpentier y Sábato, Juan Carlos Onetti formó parte de una legión de patriarcales pioneros, responsable de insuflar nuevos vientos a una literatura a la que costaba mucho sacudirse el polvo de las poéticas decimonónicas. A través de este panteón casi sagrado, la cultura del continente lograría acceder a una posición mucho más ventajosa e igualitaria frente a los discursos esgrimidos por la inteligencia que medraba al otro lado del Atlántico -especialmente en el período comprendido entre las dos guerras mundiales-. Sólo así es descifrable la explosión posterior de creatividad (particularmente la acaecida durante la década de 1960), con proyectos tan experimentales como recusadores de la novelística tradicional. Narradores como Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, Del Paso y el propio Donoso aprovecharon al máximo las posibilidades brindadas por el diálogo y las inquisiciones que ya habían iniciado sus predecesores.
Buenos Aires, segunda patria chica del gran escritor uruguayo.
Los primeros años de Onetti -quien, según uno de sus biógrafos, no descendía de italianos, sino de un irlandés apellidado O' Netty que italianizó el patronímico- se articulan entre la natal Montevideo y Buenos Aires. La imposibilidad de desarrollo personal en su país de origen lo obligó a cruzar el Río de la Plata en 1930. En la capital de Argentina desempeñaría oficios muy modestos. Son tiempos de angustiosa necesidad, bohemia, mujeres (en abundante número), intensa escritura y deslumbramiento por Faulkner, Céline, Nabokov y Joyce. En 1932, presentó su primer cuento (Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo) a un concurso literario.En octubre de 1935, el diario La Nación publicó su segundo relato: El obstáculo, y un año después, El posible Baldi. En 1939, un grupo de generosos amigos costea la edición de su primera novela, El pozo, hecho considerado de capital importancia para la historia de la literatura iberoamericana.
La década de 1940 ofrece cierto margen de tranquilidad económica al escritor, quien se dedica intensamente al periodismo como director de la agencia Reuter en Uruguay y Buenos Aires. En esa ciudad dirigirá, por espacio de una década, el semanario Vea y Lea (1946-1955). Luego de esa prolongada estancia porteña, emprende el regreso a Montevideo, donde conducirá un agencia de publicidad para, más tarde, ejercer la dirección de las Bibliotecas Municipales. En 1950 publica La vida breve, novela en que aparecerá por primera vez esa desolada y mítica ciudad llamada Santa María, encarnación geográfica del vacío y la obsesión por la muerte. Esta prima hermana de Comala y Macondo -los otros dos inmortales referentes del imaginario narrativo en Latinoamérica- será el escenario recurrente de toda su producción posterior.
En la década siguiente continúa produciendo obras esenciales -Juntacadáveres (1965)-, y recibe con desgano de misántropo los tributos de la nueva generación, que le endilga el título de maestro. Pero sobrevienen los años 70, con su carga de barbarie: la Junta Militar de su país lo condena a prisión por integrar un jurado literario en el que se galardonó una obra supuestamente lesiva a la policía uruguaya. Una vez liberado (1975), comenzaría el largo exilio español, país que lo acogió generosamente. Ello quedó corroborado por la concesión del Premio Cervantes en 1980. Nunca regresó a su patria, profundamente resentido con el trato recibido durante la abyecta dictadura. Como es de público conocimiento, Onetti pasó los últimos años de su vida alimentando fantasmas, encerrado en un departamento y dedicado a la literatura, el alcohol y el cigarrillo. Hacia el final, reacio a abandonar incluso el dormitorio, logró publicar Cuando ya no importe (1993), su testamento artístico. Al morir, el 30 de mayo de 1994, un brillante capítulo de la literatura continental se cerró para siempre.
Persistencia de Gala
La musa de Dalí en espectáculo de"Atelier".
ES indiscutible la influencia que muchas mujeres de la historia han ejercido sobre hijos, esposos y amantes. Gala, la compañera de Salvador Dalí, es uno de los ejemplos más claros del contradictorio poder erótico -mezcla de espiritualidad y efluvio fisiológico- que el sexo femenino puede desarrollar sobre una mente genial y, en consecuencia, víctima de la alienación. Acusada por sus enemigos de haber envilecido el arte de Dalí al precipitarlo a la más descarada comercialización para beneficio propio, Gala es objeto de una serie de apasionadas relecturas. Una de éstas inspira el reciente montaje del grupo de danza contemporánea "Atelier", que se estrena hoy en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA) de Miraflores. En el espectáculo intervienen Tatiana Obeso, Fany Rodríguez, Martha Carrera, Paola Azaña, Rafael Aguilar y Fidel Orrillo. La cita es a las 7.30 p.m. en Av. Angamos, 120.
METAL UBICUO.- El escultor peruano Armando Varela -residente en Londres desde 1969- participará en la subasta del IAC. La escultura donada por el artista se llama "40 Huecos" y fue trabajada en metal durante el año 1988. En Londres, su obra "Neighbours" (Vecinos) conforma la muestra "Summer Exhibition" The Royal Academy of Arts y está además preparando una individual a presentarse en Copenhague del 27 de julio al 10 de agosto.
Legión Promisoria
Concurso de Telefónica ya tiene finalistas.
"Sin título". Oleo sobre tela de Paul Zegarra Benites.
EL Patronato de Telefónica del Perú ha inaugurado, en su sede de la Avenida Arequipa, una exposición que reúne los trabajos finalistas de su Tercer Concurso de Artes Plásticas. La curadoría y montaje de la muestra pertenece a Elida Román, quien integra el Jurado Calificador junto a Julia Navarrete, Sonsoles Sánchez, Fernando de Szyszlo y Jorge Villacorta. El certamen se ha consolidado como uno de los escenarios más prometedores en la promoción de los jóvenes creadores peruanos. Además, ofrece un didáctico panorama de las corrientes imperantes a fines de siglo. En 1998, el primer premio fue concedido al pintor Luis Catellanos Jara. Este año, la lista de seleccionados incluye a artistas no sólo provenientes de las canteras limeñas (Bellas Artes y Universidad Católica), sino que se extiende a aquéllos formados en Trujillo y en Arequipa. Ellos son Jaime Antillaque, Rosa María Benites, Paola Cabrera, Walter Carbonel, José Luis Carrión, Arturo Castillo, Sandra Gamarra, Erick Huanca, Rafael Polar, Julia Salinas, Félix Tapia, Gabriel Tejada y Paul Zegarra. En algunas semanas, se emitirá el esperado fallo de los jueces.
MAL MENOR
Fujimolizo/Cucumori
La Otra Historia
Susana Aldana: nueva generación.
"Poderes de una región de frontera. Comercio y familia en el Norte (Piura, 1700-1830)" es el primer lanzamiento del sello Panaca, novísima editorial especializada en la difusión de investigaciones historiográficas. Su autora, Susana Aldana Rivera, pertenece a una generación de jóvenes humanistas profundamente vinculados con el país y su realidad. Entre ellos figuran Betford Betalleluz, Alejandro Diez, Beatriz Garland, Juan Carlos Estenssoro y Cecilia Méndez. Uno de los objetivos de Panaca es la consolidación de un espacio que exprese la visión de nuestra época. Aldana ha focalizado su interés en un territorio y momento fundamentales para la evolución económica del Perú durante el siglo XVIII, y que se extiende hasta el ocaso del poderío europeo. En aquellos días -mucho antes de que los políticos inventaran las diferencias nacionales-, Trujillo, Piura y lo que hoy coincide con la actual República del Ecuador constituyeron un sólido eje de intercambio comercial. Según la estudiosa, la historia fue construida a partir de perspectivas impuestas desde Lima y el Sur del país. Tanto el Norte como la Amazonia exigen su urgente redescubrimiento. Sin oponerse a otras propuestas y pareceres, Susana Aldana y sus colegas buscan redefinir la función social del historiador en el seno de una colectividad diversa y heterogénea, producto de un sincretismo secular.
