
Por AUGUSTO ELMORE
HACE tiempo que quería ocuparme in extenso de un tema que considero inquietante, abandonando aunque sea por una vez las características de esta página. Aprovecho por eso que este súper feriado o fin de semana larguísimo le ha quitado variedad a la escena pública, y que hay más escasez informativa que la que había en los mercados cuando Alan García, para irme, no de paseo como muchos, sino para dedicarle la página entera a un sólo asunto, a mi modo de ver neurálgico.
Cuatro de cada cinco cómicos -por así llamarlos- de la televisión peruana basan sus chistes en disfrazarse de mujer, cosa que, además, hacen en forma cada vez más grotesca. Parece que no encontraran otra forma de hacer reír (en base al indudable ingenio criollo, por ejemplo) que disforzarse ante las cámaras simulando ser "locas" de atar, recibiendo por ello todos los maltratos que los machos latinoamericanos reservan en general para sus mujeres y en particular para aquellos cuyo sexo es indefinido. La moda ha alcanzado los escenarios de algunos teatros, y nuevas y variadas jaulas de locas aparecen cada día, o cada noche, para ser más precisos. Como si no existiese la comedia simple y pura, basada en contradicciones y anécdotas, en malos entendidos, en simulaciones, por ejemplo como aquella clásica en la que un varón enamorado se disfraza de mucama para conquistar a su amada. Todo tiene que ser torpemente homosexual y a la bruta, a lo chabacano, como para hacer reír al más inane de los espectadores. Y maltratar, de paso , a los homosexuales que han elegido voluntaria y honestamente serlo.
Es una moda, claro, pero amenaza convertirse en una plaga, distorsionando los modelos de comportamiento humano. Para hacer reír, o para divertir al espectador, sólo hace falta usar tacos, sostén, pintarse la boca y hacer gestos como una loca. Por eso dije hace poco que hemos llegado al extremo de extrañar a Augusto Ferrando, con su humor a la bruta sí, pero a veces verdaderamente ocurrente y muchas veces chispeante. Por de pronto, un canal de televisión realizó recientemente una antología de los programas de humor que ha realizado en los últimos años, en la que se hace patente el abominable descenso en la calidad de los mismos.
Es difícil ocuparse de estos asuntos, y no estaría ahora dedicándole ni una sola línea si no tuviera la impresión que las cosas se están saliendo de madre, y que lo chabacano y lo vulgar empiezan a primar en el gusto popular y ciudadano en base a los modelos de la televisión. Los sábados en la noche por lo menos cuatro canales, el 2, 4, 5 y 9, le dedican horas enteras a este vulgar entretenimiento que envilece a las masas.
Desde que se empezó a desarrollar la globalización, en especial la de las comunicaciones, me convertí, como muchos, en un adicto al cable, principalmente porque permite comparar al instante. Y la verdad es que en ninguna televisión extranjera he visto la vulgaridad que prima en la peruana, incluyendo la humillante farsa de los talk-shows. Lo peor es que así como vemos la televisión norteamericana, la francesa, la argentina o chilena, en Estados Unidos, Francia, Argentina y Chile, entre otros tantos países, también ven la nuestra. Tanto la ven que en la columna de comentario de televisión del principal diario peruano se publicó hace poco la carta de un ciudadano de Colombia al que le llamaban la atención las groserías y mal gusto que alcanzaba a ver en la peruana.
Quien esto escribe no es en absoluto un moralista que acostumbre a escandalizarse con nada, o casi nada, pero el exacerbado mal gusto y la vulgaridad sí se le hacen indigeribles. Que existan periódicos o diarios de extremo amarillaje, vaya y pase. Se precisa comprarlos y pagar aunque sea cincuenta centésimos (o acostumbrar lustrarse los zapatos para ojearlos gratis), pero la televisión es un espacio público, abierto y gratuito, capaz de pervertir con toda facilidad e impunidad el buen gusto y las buenas costumbres. Basta ver al público que asiste a los shows nocturnos de la televisión reaccionar con risotadas y aplausos ante la suprema vulgaridad de los cómicos para constatar el mal efecto que producen en la sociedad. Esa gente es indefensa por incultura supina o por menguado desarrollo mental; razón de más para protegerla.
Es hora que la gente pensante en este país reaccione y castigue, no con el látigo de su indiferencia como lo ha venido haciendo, sino obligando a retirarse de la televisión a dichos espectáculos, privándolos de rating y sobre todo de apoyo publicitario. Porque dejándole a los pobres lo peor de su programación la televisión peruana practica una nada sutil discriminación racial y social. Démosle algo más, mucho humor sí, pero ése que brota del ingenio y no de la vulgaridad. Las personas no nacen vulgares, la televisión las hace.