No es que la afición peruana se haya vuelto exigente en un país donde la bamba es la real dimensión o, que de pronto, somos unos aficionados conocedores de los mil detalles del arte de patear la pelota y cómo pararse en la cancha, pero los tres partidos del Perú lo muestran como un cuadro intermitente. Esa es nuestra alma y tradición. Nos iluminamos de a poquitos en medio de la noche. A veces sí, a veces no, tarareamos nuestra vida como hinchas acérrimos de Julio. A veces se va Palacios y a veces desaparece Pizarro. Aparece Holsen y se duerme Maestri. El partido lo reducimos a la mitad. Llevamos la memoria del subdesarrollo en la sangre y eso es muy difícil de modificar. Ante Bolivia y Japón nos fue bien porque ellos no tienen la potencia ni la explosión ni el ataque constante de otras selecciones, pienso en el mismo Paraguay, Colombia, Brasil o Argentina. Apenas esos equipos ajochan, nos desconcentramos, nos "desenchufamos" y nos hacen el gol, tarde o temprano, como sucedió ante Paraguay.
Yo no llego a entender la seguridad que tenían algunos comentaristas acerca de que Perú llegaría primero del Grupo I, y se rompían la cabeza buscando al mejor tercero; si era Uruguay, papaya los charrúas, si era México, la cosa era más difícil, si era Argentina... Es verdad que Perú desea ser protagonista. Que muchos jugadores sienten que su tiempo se les va y que ya es hora de hacer mejores performances, pero la verdad es que los partidos duros ya empiezan y podremos tener así una visión más acertada de nuestras posibilidades y capacidades. No tenemos una renovación tan contundente como la de Colombia, Holsen y Zúñiga no son Edwin Combo ni Johnny Montaño. Estamos en lo nuestro. Y que la niebla se lleve ese partido donde no quisimos ganar, empatar quizá, perder lo más probable.
