
Por FERNANDO ROSPIGLIOSI
Miraflores, Un Ensayo
AUNQUE desde el punto de vista de la demografía electoral la derrota de Somos Perú en Miraflores no es significativa, simbólicamente es muy importante, tanto porque esa fue la plataforma desde la que despegó la figura política de Alberto Andrade, como porque era su hermano Fernando el que representaba los colores de esa agrupación.
Además, puede ser también esencial para el futuro inmediato porque, como se sabe, un aspecto fundamental de la estrategia de demolición del gobierno, es fisgonear en los recovecos de la gestión de Alberto Andrade en Miraflores (1990-1995), para enlodarlo con acusaciones de manejos poco claros. Con su hermano de Alcalde, era muy difícil que esa veta diera los resultados que buscaban. Pero ahora...
Por todas estas razones el gobierno estaba interesado en la derrota de Fernando Andrade. Obviamente, tampoco querían que ganara Jaime Salinas, hijo del general que encabezó la intentona antigolpista del 13 de noviembre de 1992. Por descarte, se puede suponer que la cúpula cívico-militar prefería a Luis Bedoya de Vivanco. Pero eso no quiere decir que, necesariamente, Bedoya haya sido el candidato del gobierno, en el sentido que tuviera una alianza o un trato de reciprocidad. En todo caso, eso se verá muy pronto.
Somos Perú apostó a politizar la campaña, planteándola como una confrontación entre la oposición -ellos- y el presidente Alberto Fujimori, a sabiendas de que la inmensa mayoría de los votantes de Miraflores, clase media golpeada por la desastrosa política económica del régimen, están contra el gobierno.
Y tuvieron que hacer eso porque la gestión municipal de Fernando Andrade adolecía de serias deficiencias y de hecho era criticada por la mayoría de vecinos del distrito. En las anuladas elecciones de octubre del año pasado, Fernando Andrade logró un estrecho margen a su favor gracias al voto de arrastre de su hermano, a diferencia de otros candidatos de Somos Perú en distritos similares de Lima que obtuvieron triunfos holgados.
Como el gobierno también calculó eso, de seguro influyó en la anulación de los comicios en Miraflores en octubre. Pero el caso es que quienes demandaron la invalidación de esas elecciones fueron Bedoya y Salinas. Es decir, el gobierno ha jugado este juego tras bambalinas, utilizando en su provecho las disensiones entre candidatos y movimientos de oposición.
Esto nos dice mucho de lo que puede hacer un gobierno inescrupuloso, que controla muchísimos resortes del poder y los utiliza sin limitaciones, frente a una oposición dividida y fragmentada.
Pero también de las carencias y errores de quien hasta hace pocas semanas encabezaba, al parecer sólidamente, las encuestas de intención de voto para el año 2000. Sin duda fue una equivocación poner como candidato a su hermano Fernando en 1995. Pero fue peor volverlo a postular en 1998 y 1999, cuando ya era obvio que su labor había disgustado a los vecinos.
Se equivocó también Alberto Andrade el domingo proclamando él personalmente como ganador a su hermano, cuando la encuesta de la Universidad de Lima daba como triunfador a Luis Bedoya -en un resultado que se comprobó milimétricamente exacto- y otro sondeo anunciaba la victoria de Andrade pero con un porcentaje igualmente estrecho. Estando ambas encuestas dentro de los márgenes de error, no fue una actitud responsable festejar el triunfo. Detalles como ése contribuyen a mellar la imagen del Alcalde de Lima.
Otro desagradable asunto que mostró la elección en Miraflores fue la guerra sucia entre algunos candidatos. Estos deleznables métodos gubernamentales al parecer se están extendiendo también a algunos sectores de la oposición.
Lamentablemente fracasaron los intentos de la Asociación Transparencia para detenerlos. Al día siguiente de firmado el Pacto de Honor promovido por Transparencia, ya se había reiniciado la guerra sucia, sin que esa institución fuera capaz de frenarlos.
Para ser eficaz, Transparencia debería tener la posibilidad de mermar el caudal electoral del candidato o partido al que señale como transgresor de las normas mínimas de la ética política. De esa manera, ellos se cuidarían de violar esas reglas para evitar una sanción moral que se traduzca es una disminución de su apoyo. Pero si los candidatos calculan que van a quedar impunes, tendrán la tentación de recurrir a métodos arteros, como de hecho lo hicieron. Al comprobarse la inoperancia de Transparencia en este terreno, no habrá freno para lo que se viene en el 2000.
En suma, las elecciones de Miraflores deberían hacer reflexionar a los candidatos y partidos que desean recuperar la democracia. Cada vez es más obvio que si no se crea un amplio consenso opositor, las posibilidades de perpetuación de la cúpula cívico-militar crecerán.
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