Invierno Ruso

Escribe
WILFREDO ARDITO VEGA (Tziibanel)

"Algún día venderán hasta las estatuas de mármol", pensaba Nikolai, siempre que atravesaba esa estación del metro. Nuevamente, las escaleras mecánicas no funcionaban. Llegó a la superficie bañado en sudor y esperó unos momentos para recobrar el aliento antes de salir a la calle. Eran las cuatro de la tarde y ante el inminente anochecer, los vagabundos se apiñaban en la entrada buscando cobijarse. Nikolai se acomodó el abrigo y la bufanda, se ajustó el sombrero de piel y emprendió su camino por la calle Arbat.
La ventisca había pasado, pero todavía caían ligeros copos de nieve. Los equilibristas y vendedores ambulantes se habían vuelto a instalar, esperando los últimos curiosos de la jornada, pero los pocos que se paraban a verlos eran desempleados que no podían darles un kopek.
Nikolai se alegró de tener un empleo. No tenía ninguna relación con sus estudios de física o su postgrado en energía nuclear... Pero en Pizza Hut le pagaban en rublos y eso era bastante en un país donde como salario se entregaba galones de vodka o pacas de franela. Decían que era una cadena de comida rápida, pero el ambiente era bastante reposado. Él se bastaba para atender a los pocos clientes, en su mayoría turistas y los repelentes, pero generosos nuevos ricos, que venían con sus guardaespaldas. Además, ahora que habían cortado la televisión por cable, podía practicar inglés y alemán. Precisamente, los idiomas le habían ayudado a conseguir el trabajo, a pesar de su edad. El día anterior había atendido a un grupo grande de extranjeros. "Four Sicilian pizzas, three vegetarians..." Vivían todos en Moscú y ni siquiera sabían decir "gracias" o "por favor" en ruso.

Algunos clientes a veces comían sólo una tajada. Después, los cocineros y Nikolai se repartían el resto y lo comían en casa. También vendían a sus conocidos los sobrecitos no utilizados de orégano y pimienta. Vassili Dimitrovich, el gerente, prefería ignorarlo, porque los empleados habían descubierto que sobrevaluaba la adquisición de vidrios a prueba de balas, para la remodelación del local. Él no se sentía culpable, pues los supervisores de la franquicia no le reconocían los gastos de protección que pagaba por igual a gangsters y policías.
Casi llegando a la plaza, Nikolai reparó en un grupo de curiosos y policías rodeando un cuerpo inerte. Aminoró el paso temiendo que se tratase de un nuevo asesinato. Hacía unos meses había visto a un hombre de negocios flotando en el Moskova. Aunque todo Moscú sabía siempre quién era el beneficiario de un homicidio, la impunidad solía ser proporcional a la brutalidad del crimen... Pronto Nikolai se dio cuenta que en este caso era sólo otro vagabundo que había perecido de frío. "¿Pasaban esas cosas durante el comunismo?", se preguntaba siempre y, claro, no podía saberlo. Entonces él vivía sosegadamente en las habitaciones para científicos del Instituto de Energía Atómica de Kiev. Pero, ahora, Kiev estaba en otro país.
Atravesó la plaza. Repicaban las campanas de San Basilio. La miseria había incrementado la devoción. Ahora que no se podía pedir nada al Estado, sólo quedaba pedírselo a Dios. Todavía Nikolai no había aprendido a santiguarse, pero había colgado en su cuarto un icono de San Metodio, que le habían regalado por su cumpleaños. La dueña de su pensión pertenecía a un grupo pentecostal, aunque esto no la ayudó mucho para salvar sus ahorros depositados en el Banco de la Nueva Rusia. Sus rublos valían ahora la décima parte que en julio. Ahora ella repetía con más convicción que el fin del mundo llegaría el año 2,000.
"Quizás el fin del mundo llegaría antes, pensaba Nikolai..., si yo contestara las llamadas de Ahmed". Su antiguo compañero de la universidad se ocupaba de reclutar científicos empobrecidos para trabajar en el programa secreto de ojivas de su país. Las pruebas nucleares de la India y Pakistán habían incrementado su insistencia. Pero Nikolai no se podía decidir. No quería pasar el resto de su vida sirviendo pizzas, pero temía que algo le pudiese suceder a Nadia.
Nunca supo que ella tuviese planes para emigrar. Ni siquiera sabía que tenía sangre judía. Se enteró cuando ya había obtenido la visa. Al partir, Nadia prometió buscarle un trabajo en Israel. Le escribió algunas veces desde Tel-Aviv, pero la comunicación perdió su anterior calidez. Nikolai extrañaba más a sus hijos, que vivían con su madre en Ucrania. Él también había pensado en partir, pero ahora las embajadas occidentales trataban a todo solicitante de visa como si fuera un mafioso o un proxeneta... Y ya a nadie concedían asilo político.
Había en el suelo unos volantes rojos, con la silueta de Lenin en negro. Sin duda había habido una manifestación comunista en la plaza, frente al mausoleo. La víspera, Nikolai había encontrado fragmentos de retratos del zar, rotos en alguna trifulca.
El local de Pizza Hut brillaba en medio de la obscuridad, más iluminado que el propio Kremlin. Nikolai se disponía a ponerse el uniforme, cuando encontró a Vassili Dimitrovich, con el semblante apesadumbrado.
-Será mejor que lo sepas, Nikolai. El domingo cerramos... hasta nuevo aviso.
-Pero ¿por qué? ¡Ayer vino un montón de gente!
-Era la despedida de la Mercedes Benz. Todos se están yendo. Casi somos los últimos.
-¿Recibiré alguna liquidación?
-Sí, por supuesto... y los norteamericanos creen que esto será temporal. Unos meses, máximo un año. Entonces, nos volverán a llamar. -Si estamos vivos...
Como si se hubiera corrido el rumor de que Pizza Hut ya había cerrado, nadie llegó esa noche. Vassili Dimitrovich les permitió salir temprano.
Nikolai llegó a su casa. Se escuchaban unas panderetas: una reunión de la dueña en el primer piso. Felizmente, admitió él, sus prédicas moralistas lo disuadían de gastar mucho dinero en vodka. Calculó que su liquidación le permitiría hacer una llamada telefónica a Kiev, a Tel-Aviv... o más lejos. Quizás, inclusive, podría conseguir que alguien le enviara a Ahmed un discreto correo electrónico. Se durmió abrigándose con la esperanza de que pronto viviría en un país más caluroso.


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