ES posible que la visita que Fernando Henrique Cardoso realizará esta semana al Perú tenga la dimensión celebratoria de un acuerdo de paz entre los dos países que el Brasil -como coordinador de los garantes del Protocolo de Río- contribuyó sustantivamente a encaminar. Y, como es usual, probablemente ésta será acompañada de acuerdos multisectoriales entre las partes.
Pero tratándose del encuentro con un estadista que ha hecho del hoy raro compromiso con la "cosa pública" una norma de vida y con el representante de la octava potencia económica mundial (que con un PBI de US$ 805 mil millones ampara, además, su liderazgo regional), la visita no puede considerarse meramente onomástica. Menos cuando se trata de la posibilidad de impulsar una mejor inserción del Perú en Suramérica gracias al cambio del escenario andino que el acuerdo con el Ecuador ha permitido y al estímulo de nuevas condiciones de integración regional ahora fortalecidas por el reciente acuerdo de preferencias arancelarias suscrito entre la Comunidad Andina de Naciones y la potencia líder del MERCOSUR (la relación comercial del Brasil con Argentina, de la que ésta es considerablemente dependiente, representa alrededor del 80 % de los intercambios intrasubregionales).
Y si el Perú y Brasil han iniciado hace tiempo un proceso de aproximación que permita trascender los impedimentos reales a la integración que la geografía o las asimetrías económicas oponen (y también aquellos bastante menos consistentes como los que se esconden en las barreras lingüísticas, culturales o de origen histórico -Brasil fue, en el siglo XIX, el único país suramericano que estableció, por un tiempo, una monarquía como forma de gobierno-), la dimensión práctica de la visita de Cardoso debiera contribuir a promover la realización de una agenda de intereses coincidentes. La tan postergada integración física y los nuevos problemas de seguridad (terrorismo, narcotráfico, migraciones indeseadas); la construcción de una zona suramericana de libre comercio como prerrequisito al ALCA y el impulso ejecutivo al moroso Tratado de Cooperación Amazónica; y una efectiva articulación de posiciones en los foros multilaterales son algunos de ellos.
Ello debiera ser aún más viable si se trata con un estadista como Cardoso, que a lo largo de su vida académica y política ha desarrollado una real vocación de integración regional y una visión del mundo cuya flexibilidad es apreciada quizás mejor por quienes ejercen hoy responsabilidades gubernamentales que por aquellos que contribuyeron a finales de los '60 y a lo largo de los '70 a forjar un "punto de vista" latinoamericano influyente y reconocido.
Fue ese "punto de vista" -expresado en "Dependencia y Desarrollo en América Latina" coescrito con Enzo Faletto- el que colocó a Cardoso en el escenario latinoamericano al tratar de explicarlo desde una perspectiva estructural. En él Fernando Henrique reconocía la existencia de un "centro" de países desarrollados y una "periferia" de países en desarrollo que reproduce, dentro de cada sociedad, la forma jerárquica como éstos se vinculan con el mundo. El subdesarrollo encuentra en esa interrelación, según el Cardoso de los '70, no sólo una explicación sino un duro destino que las burguesías nacionales y los procesos de industrialización -hoy tan venidos a menos- no podrían modificar por sí solos. Esta aproximación al contexto fue discutida por André Gunder Frank en versión abiertamente marxista, y complementada por Aníbal Pinto, con el planteamiento que sostenía que la distribución del ingreso resultante del proceso de industrialización tendía a concentrarse entre sectores y regiones dentro de un país en desarrollo de manera similar como se concentra el ingreso generado por los modelos primario-exportadores.
Estos planteamientos, junto con otros de similar alcance "dependentista" formaron la masa crítica del pensamiento cepalino que Raúl Prebisch fundó y que luego la CEPAL adaptó en sus propuesta de ajuste con crecimiento, de transformación productiva con equidad y de alerta a los peligros de la globalización financiera.
¿Tendría Cardoso en cuenta estos argumentos cuando, como ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores del gobierno de Itamar Franco contribuyó, con Pedro Malán, a organizar el "Plan Real", cuyo éxito estabilizador y antiinflacionario lo ayudaría a ganar las elecciones de 1994? No lo sabemos. Y menos cuando del postulado "dependentista" pareció diluirse en el nuevo consenso capitalista cuyas normas de buen gobierno empiezan señalando que no hay crecimiento sin estabilidad económica y no hay desarrollo sin crecimiento.
En todo caso, la pregunta podría ser irrelevante, se dirá, si cuando se lanzó el Plan Real, la hiperinflación -5000 % anual- devoraba al Brasil destruyendo cualquier viso de progreso. El Plan sustentado en la apertura de la economía, un severo control de la oferta monetaria, una fuerte austeridad fiscal (aunque condicionada por las circunstancias), un régimen cambiario ligado al dólar enmarcado en rígidas bandas de flotación y un esfuerzo por limitar los salarios, devino en la creación de una nueva moneda, la extraordinaria reducción de la inflación, el fuerte crecimiento de las reservas, el crecimiento de la inversión -a pesar de las altas tasas de interés- y -a finales de 1994- en un superávit comercial (que luego involucionó debido al boom del consumo). Brasil pudo renegociar, sin el aval del FMI, parte de su enorme deuda externa (en ese entonces US$ 140,000 millones), la comunidad internacional lo agradeció retribuyendo con inversión y su población terminó reeligiendo a su Presidente en 1998.
Este, que pensaba concentrarse en la solución de los problemas sociales de uno de los países de peor distribución del ingreso en el mundo, tuvo primero que confrontar, sin embargo, las consecuencias de la crisis asiática de 1997 que hizo explosión en el Brasil el año siguiente, desatando una conmocionante fuga de capitales, anunciada tanto por la caída de expectativas (que ya venían maltrechas luego del impacto de la crisis mexicana a finales de 1994) como por desbalances fiscales y de cuenta corriente y desestabilizadores ataques especulativos contra el real. Una huida hacia delante en materia de ortodoxia económica reflejada en mayor ajuste fiscal y estructural, fuerte alza de las tasas de interés, liberalización del ancla cambiaria (flotación sucia), mayor liberalización económica y multimillonario amparo de la comunidad internacional salvó la crítica situación. Sin embargo, sus efectos regionales (especialmente para Argentina, el país del MERCOSUR más ligado al mercado brasileño) y globales (Brasil es un referente central de la formación de expectativas para los mercados emergentes) ya se habían dejado sentir, retrayendo los flujos de capital hacia los países en desarrollo.
Mientras la estabilización de la economía a costa del crecimiento se está consiguiendo, Cardoso había constatado la persistente vulnerabilidad de una economía tan grande como la brasileña al incontrolado flujo de capitales. En el Grupo de Río y otros foros, Brasil ya expresó su preocupación sobre el particular. La pregunta ya no es, por tanto, si en el lento diseño de la "nueva arquitectura financiera" multilateral hará algo al respecto, sino si lo que haga o nó, se enmarcará en algún reconocimiento de los nuevos términos que la dependencia -o la interdependencia asimétrica- propone.
