Como quien no quiere la cosa, el poeta, cineasta y profesor universitario presentó hace pocos días, con el sello de Petroperú, libros en que se cristalizan buena parte de las peripecias
del siglo de las guerras, las revoluciones, los desastres económicos y la destrucción del medio ambiente. Derecha: en el Colegio Militar, Leoncio Prado donde estudió con el futuro general Clemente Noel. Guevara es el cuarto de la primera fila.
El calentamiento de la Tierra y de las pasiones humanas repercute en la ambiciosa creación. Quien
en 1954, a los 24 años de edad, ganó el Premio Nacional de Poesía, no había publicado libros desde hace 27 años.
-¿"La ciudad y los perros" es un retrato veraz de ese Colegio?
-Supongo que a Mario no debe de haberle gustado ese rigor. En esa novela hay muchos momentos en que elogia al poeta por insumiso y ataca al "Esclavo" por sumiso. También expresa admiración por el teniente Gamboa, que en cierto modo incumple las normas verticales. Sí reconozco al colegio en la novela y a mí no me ofendió. Por lo demás, el paso por el Leoncio Prado me sirvió de mucho, porque allí conocí al Perú, puesto que había alumnos de todos los departamentos.
-No me has dado la lista completa de tus condiscípulos.
-¡Ah, claro! Tengo amigos muy conocidos públicamente. Uno de ellos es el general Clemente Noel Moral, el famoso general de Ayacucho. En mi memoria, es un ser sumamente pacífico. Junto con su hermano Juan, que también era alumno del Colegio Militar, lo conocí como sumamente campechano. Ambos vivían en Pueblo Libre. Yo soy amigo de Clemente Noel desde el Colegio Claretiano, en Magdalena del Mar. Mira si no lo conozco. Nunca he podido juntar la imagen de un muchacho bueno como un pan, y la de un general comprometido con lo de Uchuraccay.
-Tú ingresas en la Universidad Católica después de rechazar la posibilidad de una carrera militar, abierta sin examen de ingreso para los primeros cincuenta alumnos de su promoción. ¿Cómo empieza allí tu ciclo de poeta?
-En 1950, invitan a los cachimbos a escribir. Se acercaron a nuestra aula los organizadores del concurso, que después supe que se llamaban Abelardo Oquendo y Luis Alberto Ratto, que eran de años superiores y dirigían la revista "Gleba". Fue una revista única. Unica porque apareció una sola vez. Gané el concurso y la revista publicó mi poema. Muchos se acercaron a felicitarme. El profesor Luis Jaime Cisneros me dijo: "trátame de tú". Le empecé a mostrar mis poemas, a su requerimiento. Los leía un rato, callado, y después los doblaba y se los guardaba en el bolsillo. "Jaime", le decía yo, "no tengo otra copia de ese poema, y no lo he corregido". "No te preocupes, no te preocupes", me contestaba. Al poco tiempo aparecía en la revista "Mar del Sur". Lo hizo unas tres veces.
-Cisneros es en cierta forma tu descubridor.
-Tengo que confesar que fue él quien me promovió y también me sacó de mi estado de libertad, de alguien que hacía lo que le daba la gana, y me puso en el camino de escritor. Un oficio que tiene sus pros y sus contras. Yo venía de un hogar donde no había libros. Y de pronto me veo en letras de imprenta. Después, la cosa revienta cuando en 1954 gano el Premio Nacional de Poesía. Me convierto en el poeta joven del Perú. Muy solicitado. Daba recitales. Asistía a casas donde me hacían leer mis poemas. Debo de haberme sentido muy frustrado y aburrido, pues se creó en mí una sensación de angustia y ansiedad. Eso me impulsó a irme a Europa, en 1955, con el dinero del premio.
-Tú has dedicado el segundo tomo de este pentaedro poético, "En el Bosque de Hielos", al gran poeta Emilio Adolfo Westphalen, solitario "en cuarentena perpetua", y el tercero lo consagras a las víctimas de una vasta tragedia: los desaparecidos de América Latina. ¿Significa entonces que la poesía no se acantona en una sola zona de la experiencia?
-Muy buena acotación. Todavía no están encuadernados el cuarto y el quinto libro, para que veas lo ilimitado que es el poeta. El cuarto está dedicado a las mujeres, donde parece que está la posible solución de la nueva sociedad, que va a ser fundamentalmente una sociedad seductora, o desapareceremos. Si no hay una sociedad que nos seduzca, vamos a destruir ésta. Por que ésta no vale la pena que siga, si las grandes potencias no comprenden que no basta globalizar mercados, sino que hay que levantar el nivel de vida de los pueblos. Desde ese punto de vista, parece que la respuesta la tienen las mujeres: la seducción.
