

Por FERNANDO ROSPIGLIOSI
Confusión Económica
A principios de año, cuando la recesión ya apretaba fuerte, las esperanzas se cifraban en la creencia que en el segundo semestre las cosas mejorarían. Pero pasó julio y todo parece ir igual. O sea, muy mal.
Las expectativas se basaban, un tanto cínicamente, en que los intereses reeleccionistas del presidente Alberto Fujimori, motivarían una política estatal expansiva. Pero como algunos economistas habían previsto, la situación actual no permitía repetir fácilmente la experiencia de la campaña electoral 1994-95. Ni las posibilidades del Estado ni la actual política de los organismos multilaterales (FMI, Banco Mundial) eran las de la primera reelección.
Como los recursos disponibles son esta vez menos cuantiosos, pareciera que el gobierno los ha reservado para unos diez meses, desde setiembre de este año hasta junio del 2000, cuando se efectuaría la segunda vuelta.
Pero lo que esta crisis muestra, además del fracaso del tercer ministro de economía en un año, es el naufragio del programa económico del gobierno.
Después de 9 años ya no hay excusa posible, ni nadie puede creer que la culpa la tengan los gobiernos anteriores, ni el "socialismo" del general Juan Velasco de la primera mitad de los años setenta.
Ninguna de las maravillosas y rozagantes cifras que presenta el gobierno pueden engañar a nadie. La realidad es que hoy alrededor de dos tercios de la población carece de un empleo adecuado y la mitad está por debajo de la línea de pobreza. Y no sólo a los asalariados e informales les va mal. Las empresas quiebran o se declaran insolventes por centenares cada mes.
Hasta grandes grupos económicos nacionales se han hundido, como los Picasso y los Wiese. Y el más grande de todos, el grupo Romero, está agobiado por enormes deudas, como se ha hecho público recientemente.
En realidad, uno de los pocos éxitos del gobierno es el ideológico: han encasillado a empresarios y opositores en la cantaleta de que el modelo es bueno, sólo que se ve afectado por factores externos y requiere algunos pequeños ajustes. Esa es una reverenda tontería. Pero es repetida sistemáticamente por los voceros de algunos de los pocos beneficiarios de la política económica, que curiosamente pasan como "técnicos" independientes.
Parte de la deliberada confusión es mezclar ciertos postulados generales, de amplio consenso mundial, con las desastrosas políticas aplicadas aquí.
Por ejemplo, hoy día se acepta universalmente que las privatizaciones son adecuadas y necesarias. Eso es cierto, pero el hecho es que en el Perú de Fujimori las privatizaciones han sido ejecutadas de tal manera que han resultado perjudicando a la mayoría de los peruanos.
Mientras que casi en todas partes donde se han privatizado los servicios públicos, las tarifas han sufrido una significativa reducción y se ha producido una mejora del servicio, aquí las tarifas no cesan de incrementarse: electricidad, teléfonos, combustibles. En el transporte aéreo, la privatización de Aeroperú fue un fiasco completo.
Pero eso sí, nadie puede criticar la equivocada política de privatizaciones de este gobierno, pues de inmediato se le descalifica como enemigo de las privatizaciones en general, y se le cubre de adjetivos incapacitantes como populista, socialista, estatista, alanista, etc.
El otro factor ideológico que el gobierno y sus defensores utilizan con eficacia, es el de sostener que ellos son una suerte de encarnación de la economía de mercado en el Perú, con derechos absolutos de exclusividad. Es decir, todo aquel que no esté de acuerdo con su particular política económica, es "socialista". Esa es, por supuesto, una falacia. Hoy día, con unas pocas excepciones, todos los países caen en la definición de economía de mercado. Pero son muy distintas la políticas económicas que se aplican en Nigeria, Tailandia, Chile, EE.UU., o el Perú. Ese es el punto que el gobierno ha logrado obviar, cubriéndose con el manto de la economía de mercado.
Ese éxito ideológico del gobierno tiene implicancias políticas y electorales. Ahora sería suicida sostener, como hizo la oposición en la campaña de 1995 y como han venido haciendo casi todos hasta ahora, que "estamos en el camino correcto, sólo se requieren pequeños ajustes". Eso es precisamente caer en la trampa del gobierno, pues la población hambrienta y desempleada no está para esas sutilezas.
El reto es salir del encasillamiento y proponer alternativas viables y comprensibles, sin temor a criticar la política económica fracasada. Al parecer Javier Silva Ruete de Somos Perú ya está transitando ese camino. Habrá que observar a los demás.
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