Discurso Con Historia
La advertencia de Raúl Porras Barrenechea que pudo cambiar la suerte de Cuba y América.

Desafiando a los poderes del continente, el canciller -al borde de la muerte- dio una lección sobre las relaciones hemisféricas que ahora, en el caso de Colombia, cobra dramática vigencia.

EL próximo lunes se cumplen 39 años del discurso de Raúl Porras Barrenechea, canciller del Perú, que rompió protocolos y alteró los nervios de todas las cancillerías de América. Fue aquel en que Porras rehusó condenar a la Cuba castrista, que pocos meses antes había derribado a la dictadura sanguinaria de Fulgencio Batista.
El escenario en que habló Porras, luchando contra la corriente, fue la VII Conferencia de Cancilleres Americanos, con sede en San José de Costa Rica.
Porras no era ningún izquierdista. Era un hispanista notorio, aparte de insigne historiador, defensor de los derechos internacionales del Perú e insuperable maestro universitario. Pero era asimismo el último gran liberal de nuestra historia, en el sentido político del término: el de la tolerancia a las ideas ajenas y el amor por el debate limpio.
Por añadidura, ejercía el cargo en un gobierno presidido por el conservador Manuel Prado, quien tenía como presidente del Consejo de Ministros a Pedro Beltrán, liberal sólo en materia económica y en función de los intereses más conservadores del país.
En Estados Unidos y en casi todo el continente reinaba una ola de anticomunismo macarthista, que veía rojos hasta en la sopa y en la que el régimen cubano resultaba una incongruencia, cuando no una provocación. Lo más serio es que, aislado por Washington, empezaba a acercarse a Moscú. Porras quería impedir el aislamiento de Cuba para detener ese acercamiento. El presidente de Estados Unidos, el general Dwight Eisenhower, conductor de la victoriosa campaña liberadora de Europa en la II Guerra Mundial y mandatario de gran simpatía personal, tenía como secretario de Estado a John Foster Dulles y como vicepresidente al arribista Richard Nixon, que sin embargo era su engreído.
En esa atmósfera, nadie hubiera sospechado que Porras fuera a hacer lo que hizo. Entre otras cosas, porque acababa de sufrir un infarto y estaba en cama. Los hombres fuertes del poder peruano avizoraban que Porras, que había instado a que se convocara a la conferencia de cancilleres, no iba a acudir. Ellos calculaban que quien asistiría sería Guillermo Hoyos Osores, asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores.

1960: Fidel y Jrúschov, entonces gobernante de Moscú: alianza que se insinuaba. El aislamiento de Cuba precipitó el proceso. Derecha: Eisenhower, presidente de EE.UU. Lo asesoraban "halcones".

Pero Porras era hombre de convicciones, y decidió concurrir a la cita. "Aunque me muera, voy", fueron sus palabras.
Lo que en San José dijo forma parte de la gran herencia histórica del Perú y su diplomacia. CARETAS reprodujo íntegro el extenso discurso en su edición 206.
El texto evocó, con la erudición y la justeza pasmosas de Porras, la trayectoria peruana en pro de la paz, la cooperación entre estados, y la no injerencia en asuntos internos de otros.
Rechazó toda intromisión extracontinental en nuestros países; pero se opuso, con razones de principios e historia, a la expulsión de Cuba del sistema interamericano. Sintetizó en estos términos lo que se debería mantener en América: "exclusión de toda hegemonía política, defensa de la paz y de las soluciones pacíficas en las controversias internacionales, respeto de los derechos fundamentales de la persona humana, culto de la armonía y la tolerancia, instituciones como el asilo que proscriben la persecución y la venganza y que han dado lugar, como dijo (Francisco) García Calderón, a una confederación moral sin pactos escritos y sin rudas sanciones".
Habló también de la necesidad de justicia para los trabajadores y de promoción del desarrollo económico de nuestros pueblos.
Cuando regresó a Lima, nadie fue a recibirlo. Enseguida presentó su renuncia al cargo de canciller. Poco después, el 27 de setiembre, murió. Cuando la carroza fúnebre pasó frente a la casona de San Marcos -no existía entonces la Ciudad Universitaria-, tenía orden de seguir de largo. Los estudiantes la detuvieron, y en el Patio de Letras, que él había honrado durante tantos años, le rindieron último homenaje al maestro de palabra sabia y fascinante.
Ahora la historia nos dice que Porras tenía razón, y que muchos males y tragedias de América se hubieran evitado si se hubieran tomado en cuenta sus alertas. Por si eso fuera poco, la Unión Soviética ya no existe. Y problemas como el de Colombia le confieren nueva actualidad.



© 1995 - 1999 Empresa Editora Caretas S.A.