
Periodista peruana Drusila Zileri del programa `Ocurrió Así' de la cadena Telemundo. Preparativos en la Cámara de Presión.
Primero es el examen médico en Miami en el curso del cual el doctor pregunta a la postulante por qué quiere realizar semejante prueba. "¿Está segura? ¿Sabe que muy probablemente se sienta morir en el `Vomit-Comet'?" Si la candidata insiste y no tiene algún impedimento físico es conducida al Johnson Space Center de Houston donde, entre otros requerimientos, pasa por la prueba de la Cámara de Presión en la que en 5 minutos el nivel atmosférico y de oxígeno pasan a simular una altura de 7,600 metros (o mil metros más que la cumbre del Huascarán). Y si allí no se desmaya al sacarse la máscara, entonces recién comienza el baile, al día siguiente, al abordar el `Cometa del Vómito'.
Superando la
Gravedad
Primero sorpresa, después éxtasis. Drusila Zileri bien puede ser la primera peruana en desafiar la atracción de la Tierra, algo que será más común en el próximo milenio. El hecho de ser ducha en Andes y soroches debe haberla protegido del mareo.
Más del 70 % de los que se someten al Programa de Gravedad Reducida sufren náuseas y vómitos. No sucedió eso con nuestra compatriota. Desde el inicio del programa espacial norteamericano en los años '50 suman 167 los astronautas; 28 son mujeres y el 50 % civiles. Algunos no han entrado en órbita todavía pero todos han pasado por esta prueba. El último vuelo del transbordador espacial fue capitaneado por una mujer, la teniente coronel Eileen Marie Collins. Eso no quiere decir que Drusila esté contemplando hacerse colega de Carlos Noriega Jiménez.
El capitán dijo que podían pararse en la primera picada, y se fueron hasta el techo.
Durante el vuelo de dos horas, el avión cae 40 veces en picadas de 45 grados. Para los que se acostumbran los reiterados 30 segundos de ingravidez son la felicidad pura.
-Ni siquiera el reconocido actor Tom Hanks, aguantó las parábolas sin perder su almuerzo cuando grabó la película `Apollo 13' a bordo de este avión.
-¿Recuerdan la película `Apollo 13' en la que Tom Hanks hace el papel de astronauta? Bueno, el secreto a voces que circula en el Johnson Space Center de la NASA en Houston, Texas, es que al actor le tomó varios viajes parabólicos a bordo del KC-135 antes de poder soportar el vuelo sin hacer uso de las conocidas bolsitas para el vómito. Y es precisamente por eso que los requisitos para poder volar y los entrenamientos son tan rigurosos.
Primero recuerdo estar echada en una camilla en un consultorio médico en Miami, lista para un chequeo general, cuando veo ingresar al médico certificado por la Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos, quien me bombardea con preguntas.
"¿Señorita, por qué quiere volar en el `Vomit Comet'? ¿Está segura que lo quiere hacer? ¿Sabe que muy probablemente se sienta morir?"
Parecía una película de terror y lo único que atiné a responder fue:
"Mire, doctor, primeramente es mi trabajo y segundo, algún día le podré contar a mis nietos de lo loca que era su abuela".
Aprobado el examen y revisado por especialistas de la NASA, recibí la luz verde para participar en el Programa de Gravedad Reducida y viajar a Houston. Durante la siguiente semana entraría en intensos entrenamientos de preparación.
-Cualquier mentirita en los exámenes médicos será, sin duda alguna, detectada en la prueba de la Cámara de Presión.
-Durante dos semanas, ya sea en seminarios, estudiando vídeos o a través de charlas ofrecidas por verdaderos astronautas, lo que más uno escucha es cuán enfermo uno se puede sentir durante el vuelo, cuáles son los trastornos físicos que uno va a experimentar y lo mucho que le importe a la NASA nuestra seguridad.
Así que con información, suficiente para echar a andar nuestra autosugestión, llegamos con los nervios de punta a la prueba preparatoria más exigente: la Cámara de Presión.
El CK-135 es la versión militar del 707. Durante los vuelos elípticos baja en picada y sube entre los 12,000 y los 6,000 metros decenas de veces.
Equipados con máscaras de oxígeno, micrófonos, audífonos y convirtiéndonos en un número para los encargados de monitorear nuestros actos, ingresamos a lo que parece una cámara de gas.
Me siento en la silla número 15, ésa soy yo, y espero las instrucciones. En tan sólo 5 minutos, este simulador nos lleva a 25,000 pies de altura (a unos 7,600 metros o mil metros más que la cumbre del Huascarán). En el proceso sentimos cómo nuestros estómagos se inflan a tres veces su tamaño, momento en que nos sugieren:
"Si sienten dolor suéltense los cinturones, boten los gases", y finalmente, en términos más científicos, "tírense pedos".
Una vez alcanzada esa altura, somos instruidos a quitarnos las máscaras de oxígeno para luego responder, ya sea verbalmente o por escrito, a preguntas y resolver ecuaciones matemáticas.
Pasados dos minutos así, uno empieza a detectar los primeros síntomas de hipoxia, falta de aire: mareos, pérdida de la visión, hormigueo en las manos y finalmente descoordinación, al punto en que uno hace caso omiso a las instrucciones. De acuerdo al especialista fisiológico e instructor de la NASA, Juan Morán, otro hispano, "es como que estuvieses bien borracha o bien perdida".
Es más, después de la prueba tuvieron que mostrarme un vídeo para recordar qué hice en mis momentos más críticos. En realidad, no hice ni dije nada; me quedé inmóvil. Otros echaron a andar sus subconscientes, dando pasitos de zapateo mientras escribían e inclusive masticando como si estuviesen comiendo la comida de sus sueños.
"Mientras estaban concentrados haciendo una cosa, sus piernas, por ejemplo, estaban haciendo otra y eso es porque el cerebro les está dando órdenes cruzadas", explica el entrenador de fisiología aeroespacial Javier Roque.
Algunos tuvieron que ser rescatados a los 2 minutos y medio por estar a punto de perder el conocimiento, pero la mayoría llegamos a los 4 y medio aunque en calidad de zombis. Todo esto se realizó por si en el vuelo del KC-135 ocurriese una decompresión de la cabina, y ya sabrían qué hacer con nosotros.
-Discretamente le entregué un testamento a mi camarógrafo Ademir Dos Santos, quien se quedaría en tierra, por si me pasaba algo a bordo del `Cometa del Vómito'. En el avión las cámaras fotográficas y de vídeo de la NASA registrarían mis reacciones.
-Muchos se refieren a la experiencia como ese primer beso o como tomarse la primera copa de champagne. Algo que nunca olvidarán.
Para mí el día amaneció como siete veces durante la noche. Lograr un sueño profundo y libre de pesadillas fue imposible. A las 6.30 a.m. tomé como desayuno una raja de pan integral, un plátano y una taza de café con leche.
"Antes del vuelo no coma mucho. Evite los cítricos y cualquier cosa que le pueda caer pesado, pero coma por favor", me había sugerido Juan Morán, "ya que con náuseas un buen vómito es un alivio".
A las 7.15 a.m., al llegar a la Base Aérea Ellington Field de la NASA, nos entregaron los overoles con los que volaríamos. Eramos 16 estudiantes universitarios y yo. Uniformados y ansiosos todos, escuchamos con atención las últimas instrucciones y recomendaciones de vuelo. Con mucha gracia e ironía, nos enseñaron a colocar las bolsitas de vómito en los bolsillos más próximos a nuestras caras. También nos ofrecieron unas pastillas SCOP-DEX (combinación de Scopolamine y Dexetrine), que supuestamente ayudarían a controlar las náuseas.
Una de las fantasías más preciadas del ser humano, la del vuelo autónomo, se hace realidad.
-En el vuelo KC-135 del día anterior, de un total de 16 estudiantes, 14 perdieron sus desayunos.
-Sentada en uno de los asientos de la parte posterior del avión, tomé la decisión de controlar mis nervios. Ya no había nada que hacer. El KC-135 estaba en marcha. Los tripulantes y asistentes hacían apuestas de cuántos "kills" resultarían en este vuelo -es decir cuántos enfermitos.
A los 20 minutos de despegar y con dirección al Golfo de México, `let's rock and roll" grita el capitán. Todos salimos de nuestros asientos y nos dispersamos por la cabina. Diez minutos más tarde, estamos echados en el suelo a punto de experimentar la primera parábola.
"Se me pegó el estómago al techo y nunca volvió a bajar", dijo uno, "¡Awesome!" gritaba otro, mientras que yo me trataba de reponer del primer golpazo en la cabeza que me di en el techo.
Por casi 30 segundos, el avión pica en un ángulo de 45 grados, con la nariz hacia abajo. Es el momento en que se experimenta la cero gravedad. Uno flota, vuela y se tuerce como todo un astronauta fuera de control.
A los 25 segundos, el capitán grita "¡feet down, coming out!" ("pies hacia abajo, estamos saliendo") y en tres segundos caemos al suelo como sacos de papa. Ese es el momento en que el avión empieza a ascender, también a 45 grados, y cuando experimentamos las 2Gs, y nuestro cuerpo pesa el doble. En esos lapsos de 30 segundos de ascenso y descenso vertiginosos, el avión llega a casi 12,000 metros de altura como máximo y los 6,000 como mínimo.
Esta pirueta se repite 40 veces durante dos horas, y las subidas y bajadas rápidamente cobran víctimas. Bolsitas van y bolsitas vienen pero yo invicta. Recomiendan no mover mucho la cabeza, pero a mí no me pasa nada. Y a medida que avanza el vuelo, cada vez son más las bajas retiradas de la cabina principal y amarradas en los asientos de la parte posterior del avión. Siempre con más bolsitas a mano.
Para los que quedamos controlando estas increíbles sensaciones el espacio se amplía y nuestros sueños de la niñez de convertirnos en acróbatas o pájaros se hacen realidad. Con saltos mortales a diestra y siniestra, y con unas cuantas pataditas al vecino, nos despedimos de lo que hasta la fecha es lo más cercano que un ser humano puede experimentar antes de salir al espacio.
MISION CUMPLIDA
Esta noche dormí tan profundo que soñé que la cholita ésta izaba la bandera del Perú en Marte.

