Caretas 1584: Controversias




Por FERNANDO ROSPIGLIOSI

Fragmentación
MIENTRAS los funcionarios del gobierno niegan enfáticamente -con un cinismo inversamente proporcional a su credibilidad- cualquier hostilización a sus adversarios electorales, las agresiones a éstos se multiplican impunemente.
Al mismo tiempo, prosigue la descarada y abusiva utilización de los recursos del Estado en función de la campaña reeleccionista del presidente Alberto Fujimori.
Todo esto, así como el control casi total de los medios de comunicación electrónicos por parte del gobierno, era absolutamente previsible. Para cualquiera que no sea un caído del palto -para usar la frase favorita del candidato presidente-, esto se veía venir. Por lo menos desde agosto de 1996, cuando se aprobó la ley de "interpretación auténtica".
Es decir, era obvio que había que enfrentar a una camarilla cívico militar que iba a usar inescrupulosamente todos los recursos a su alcance para perpetuarse en el poder. Sin embargo, prácticamente todos los grupos y caudillos políticos, nuevos y tradicionales, han seguido actuando como si nada pasara. Como si viviéramos en un régimen democrático común y corriente, y estuviéramos en víspera de elecciones libres y competitivas, como ocurrió hasta 1990.
Una de las expresiones de esa actitud, es la fragmentación de los opositores al régimen, alentada e incentivada por éste, pero no causada por él. Actualmente hay alrededor de 11 grupos inscritos, 6 que ya presentaron un número variable de adherentes y otra media docena que está buscando firmas.
De los que tienen reconocimiento legal, 3 son distintas fachadas o rótulos que ha usado el régimen (Cambio 90, Nueva Mayoría y Vamos Vecino) y 7 son opositores.

Una de las razones del decaimiento de las simpatías de la población por la oposición, parece ser su parcelación en muchos grupos y grupitos. Eso influye negativamente, porque hace pensar que un gobierno opositor podría ser tan caótico como la cantidad de partidos y movimientos que pugnan por reemplazar al actual.
Presenta, además, la imagen de una oposición constituida por un montón de caudillos y corrillos ambiciosos, desesperados por llegar al poder para aprovecharse de él. Al ver eso la gente se hace una sencilla pregunta: si en realidad su propósito fundamental es acabar con este gobierno ¿por qué no se unen?
La verdad sea dicha, no le falta razón a ese simple y elemental razonamiento popular. Por supuesto, se pueden argumentar infinidad de diferencias políticas y programáticas. Pero la realidad es que la mayoría de caudillos y movimientos se han lanzado a la arena antes de tener ideas y programas, y se han puesto a elaborarlos en el camino. Y muchos no los tienen todavía.
Es muy evidente, entonces, que no están tratando de llegar al poder para aplicar un programa determinado, sino que están en búsqueda de un programa atractivo que les permita llegar al poder.
Por supuesto que la camarilla que hoy gobierna hace lo mismo. En 1990 Fujimori ganó ofreciendo el no-shock y lo primero que hizo fue un shock. Y hoy serían capaces de cambiar de política si pudieran y eso les conviniera. Pero ellos están en el gobierno, manejan los resortes del poder y los medios de comunicación, y les es más factible aparentar que son lo que no son. A los opositores se les nota de inmediato los defectos, convenientemente amplificados por el enjambre de medios oficialistas.
Este comportamiento suicida de los opositores es posible por muchos factores, pero hay dos que son fundamentales. Uno, que no tienen bases sociales más o menos definidas, colectividades de electores ante los cuales deben responder y que los castigarían si no hacen lo que los votantes consideran adecuado. Dos, que no existen instituciones políticas. A estas alturas, los antiguos y los nuevos movimientos no son más que grupos alrededor de caudillos. No existen estructuras partidarias que puedan imponer -o al menos influir en- un curso determinado de acción.
Eso posibilita que los intereses individuales, que existen en todas partes, no tengan en nuestro medio los frenos institucionales y electorales que tienen en otros lugares. Esos intereses individuales, entonces, se desbocan rápidamente y dan lugar a lo que vemos ahora. En Chile, un ejemplo cercano, la oposición tuvo que enfrentar una dictadura más sólida y estructurada que la camarilla que gobierna el Perú. Y la derrotaron. Los enconados adversarios de 1973, socialistas y democristianos, se unieron en una Concertación que ha durado más de una década. Lo hicieron porque en Chile existen instituciones que sobrevivieron a 17 años de dictadura y dirigentes políticos que saben que tienen que rendir cuentas a los electores por sus actos.
Las instituciones y las bases electorales no surgirán espontáneamente en el Perú. Pero quizás una dosis de sensatez de los opositores podría ayudar.

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