El Martillo de Cipriani

Por GREGORIO MARTINEZ, Washington DC

CUANDOleí en Internet las palabras de monseñor Cipriani, arzobispo de Lima, palabras que le reclamaban a la mujer peruana "ser más femenina, no feminista", en ese momento tuve la impresión de hallarme embrocado en las páginas revividas del Malleus maleficarum, exactamente en el capitulillo titulado: "Acerca de brujas que copulan con demonios y por qué las mujeres son adictas a las supersticiones". En conjunto, el mentado libro que absorbió mi memoria tiene tres partes y está compuesto igual que una inquisitoria: preguntas y respuestas.
No sé si el museo peruano de la Inquisición conserva, entre sus reliquias del horror, un ejemplar del Malleus maleficarum, el manual de los inquisidores, ese libro arcano y repleto de lascivia, peor que la revista Genesis, impreso en latín, que solía tener cubiertas de hierro forjado y que, en lengua vernácula, la gente lo llamaba El martillo de las brujas, aunque no lo hubiera visto jamás. Me alegraría si un archivólogo, historiador o paleógrafo de Lima me sacara de la duda. Del Malleus maleficarum sólo se hicieron 15 reediciones, todas entre 1490 y 1520. La primera edición, ordenada por el papa Inocencio VIII, apareció en 1489, pero actualmente no queda, de ese tiraje primigenio, ningún ejemplar en el mundo, ni siquiera en El Vaticano.
Precisamente, fue la escritura truculenta del Malleus maleficarum, aquella jugosa mixtura de erudición y concupiscencia, la que primero trajo a colación la palabra femenina, con sus bemoles respectivos, y la puso sobre el tapete de la doctrina católica, justo así como lo hacía ahora, aunque al sesgo y de modo trivial, monseñor José Luis Cipriani. No para halagar a la mujer, lo cual sería plausible, sino, asumiendo por inercia el sentido ofensivo que conlleva la palabra femenina dentro de la tradición teológica del cristianismo.

Menos mal que, para evitar manotazos tardíos de inocencia, el origen de la palabra femenina está bien documentado. Quien primero la registró, todavía a principios del siglo VII, fue San Isidoro de Sevilla, autor de Etimología y fundador de los estudios del lenguaje. De ahí la tomaron los eruditos alemanes, clérigos dominicos, Heinrich Kramer y Jakobus Sprenger, compiladores del Malleus maleficarum por encargo directo del pontífice Inocencio VIII. En la primera parte, pregunta VI y en la respuesta consiguiente, el vademecum de la Inquisición dice:
"La razón natural [el porqué las mujeres son adictas a las supersticiones] es que ella es más carnal que el hombre, como resulta claro de sus muchas abominaciones. Y debe señalarse que hubo un defecto en la formación de la primera mujer, ya que fue hecha de una costilla curva, es decir, la costilla del pecho. Debido a este motivo, la mujer es un animal imperfecto que siempre engaña. Todo esto queda indicado por la etimología de la palabra, pues Femenina proviene de Fe y Minus, ya que la mujer es muy débil para mantener la fe."
Mientras no se le reconozca a la mujer la plenitud de derechos que atañen a la humanidad, nadie puede afirmar, por lo menos en occidente, que las ideas que hierven en el Malleus maleficarum constituyen un anacronismo enterrado. No lo está. Sólo duerme entre sus cubiertas de hierro, igual que el conde Drácula. Justamente el arzobispo primado del Perú acaba de decir que "los derechos humanos no son una prioridad". Esta vez se comió la obscenidad. Que necesitamos "más religión y menos política". Es decir, una buena dosis de dogma que nos recuerde los párrafos del manual de la Inquisición en torno a la feminidad. "Tres vicios tienen especial dominio sobre la mujer:
infidelidad, ambición y lujuria. De los tres vicios, el último es el que predomina y hace a la mujer insaciable. Por eso es de temperamento ardoroso para satisfacer sus repugnantes apetitos. Ella es la adúltera, la fornicadora, la concubina del demonio."

Aun en plena era de la informática, el Malleus maleficarum sigue siendo un secreto guardado bajo siete llaves. Siempre se le ha mencionado en lenguas modernas. Desde 1719 fuentes bibliográficas francesas citan Le maillet des sorcieres. Pero en la Bibliotheque National de Paris sólo está registrada la versión de Amand Danet, publicada por Plon recién en 1973 y titulada Le marteau des sorcieres. En castellano es casi un lugar común El martillo de las brujas. Mas, ¿dónde está? El uruguayo Eduardo Galeano hace referencia en su obra La memoria del fuego, salvo que no da la fuente. Lo único fehaciente, que luego he podido confirmarlo tras arduo seguimiento, es que Floreal Mazía publicó en 1975, en Orion, Buenos Aires, El martillo de los brujos; y al año siguiente Miguel Jiménez Monteserín dio a la luz, en Madrid, otra versión titulada El martillo para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza. La Biblioteca Nacional de Madrid sólo tiene la traducción de Floreal Mazía, celosamente restringida para el uso de académicos e investigadores.
Al principio dudé que antes no se hubiera vertido al castellano el infausto Malleus maleficarum. Pero acabo de encontrar que al alemán, la lengua de los autores, recién la tradujo J.W.R. Schmidt, en 1906, con el sólido título Der Hexenhammer. En 1928 apareció en Londres, titulada en latín, la versión hecha por el famoso exorcista católico reverendo Montagne Summers, notable especialista en brujería y satanismo. La cronología de estos hechos culturales coincide, perfectamente, con el desarrollo económico de los países usuarios de las respectivas lenguas.
Esta vuelta a las páginas revividas del Malleus maleficarum, gracias a Internet, me permite comprobar que el pensamiento de monseñor Cipriani está más cerca de El martillo de las brujas que de la sagrada Biblia. Antes de reclamarle a la mujer que fuera femenina, el arzobispo primado del Perú había vociferado que los derechos humanos eran una cojudez (con el perdón de la palabra). Dicha afirmación coprolálica está en flagrante contradicción con el Deuteronomio. No por obscena. Simplemente porque el libro de Moisés, en el capítulo 24, versículo 17 reconoce tajante: "Nadie puede burlar el derecho de un huérfano o de un extranjero."
Ni siquiera en su condena a los homosexuales, llamándolos ofensivamente maricones, ni siquiera en este caso monseñor Cipriani concuerda con las sagradas escrituras. Excepto si interpreta a grosso modo el versículo del Deuteronomio (23:1) que sentencia: "No entrará al reino de Dios quien tenga magullados los testículos o amputado el miembro viril." Aun en este punto crudo, la historiografía religiosa tiene evidencias que se trataba de una sanción, conforme con la dureza de la ley mosaica, dirigida contra terribles criminales, los cuales, por grave delito, habían sufrido castigo en las partes y, por ende, perdido la gloriosa gracia del cielo.
En cualquier situación, nada justifica una ofensa inhumana a quienes difieren de uno fisiológicamente. Estrechez va con obscurantismo. A veces ser frívolo trae popularidad. Pero vale la pena mirar bien, a los costados, para ver quienes aplauden. No sea que se trate sólo de una manga de necios.



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