
Por FERNANDO ROSPIGLIOSI
Ganando Tiempo
EL gobierno ha sentido la pegada. La importancia de la resolución de la Cámara de Representantes de los EE.UU. del 4 de octubre, condenando severamente la falta de democracia en el Perú, trató de ser minimizada por los voceros oficiales y oficiosos del gobierno, pero la cúpula cívico-militar ya se dio cuenta del peligroso aislamiento internacional en que se encuentra.
Eso explicaría la presencia de Alberto Bustamante en el premierato y el Ministerio de Justicia, y el tono que ha adoptado el último fin de semana, prometiendo que se acatará la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos respecto del capitán (r) Gustavo Cesti, y que se tratará de llegar a acuerdos amistosos en otros casos. ¡Incluso llegó a sostener que Baruch Ivcher es peruano!
Afirmó también que los tribunales militares dejarían de juzgar civiles, al pasar los casos de delitos comunes ("terrorismo agravado") y de terrorismo ("traición a la patria") al fuero común. Que es precisamente lo que reclama la Corte Interamericana, y lo que ha rechazado hasta ahora el vociferante coro oficialista.
El gobierno pretendió salir de la competencia de la Corte Interamericana confiando en la impunidad que supone existe en el ámbito internacional, donde instituciones como la Corte no tienen mecanismos coactivos para obligar a un gobierno a cumplir una resolución. Simplemente decidieron burlarse de esa instancia. Y además, la cubrieron de los más procaces insultos. "Viejos decrépitos", les dijo la ministra Luisa María Cuculiza -pescada recientemente en flagrante mentira-. "Terroristas" les espetó el congresista Oscar Medelius.
Pero junto con las declaraciones altisonantes, ahora empiezan también a jugar la carta de un retorno -por lo menos parcial- al ámbito de la Corte. Eso es, por supuesto, un imposible jurídico. Las sentencias se acatan o no se acatan. Pero al gobierno peruano eso le importa un comino, y trata de maniobrar políticamente, fingiendo aceptar algunas resoluciones y estudiar otras.
En realidad, están intentando ganar tiempo. Esa es la misión de Alberto Bustamante. Y, en parte, de Efraín Goldenberg. Como ha hecho notar Santiago Pedraglio, no es casual que lo hayan llamado otra vez ahora. Al poner a un miembro de la comunidad judía en ese cargo, buscan contrarrestar la exitosa campaña que viene realizando Baruch Ivcher en los EE.UU.
La secuencia de los hechos es ilustrativa:
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