Festival en Trujillo
La Pintona Primavera
La última edición del milenio del Festival de la Primavera según crónica coproducida por CARETAS y Promperú.

Burbujeante bastonera, imagen característica de la primavera en Trujillo.

Escribe RAFO LEON
Fotos VICTOR CH. VARGAS

UN río amarillo de taxis entra a la Plaza de Armas de Trujillo -enorme, siempre limpia- creando un contraste espectacular con los colores mate de las fachadas de las casonas coloniales y republicanas que la circundan. El añil de un paredón, interrumpido por rejas trenzadas en blanco, salta al lado de un ocre denso con balcón de cedro, vecino a un lúcuma que se abre mediante un portón tallado con rosetas barrocas mostrando en perspectiva un primer patio de piedra, la galería de un recibo amable, el corredor en forma de L con mamparas suavizadas por visillos, y luego un segundo patio y quizá hasta otro más: se trata de alguna casona aún habitada, magnífico estilo de vivir en medio de una ciudad que no ha escapado al ritmo caótico de nuestros centros poblados.

UNA PRIMAVERA CON HISTORIA

El Festival de la Primavera de Trujillo comparte su historia con una ciudad que ha sido sede de grandes instalaciones de población y poder, y también de encendidos conflictos políticos y sociales.
El general Odría gobernaba el Perú cuando en 1950 un grupo de trujillanos notables decide celebrar el advenimiento de la primavera con un desfile de reinas. Estos trujillanos, León, Novoa, Gamero, Etelvina Urrutia de Iturri, se organizan, nombran padrino de la actividad al Club de Leones y todo comienza a marchar sobre ruedas. Sin embargo en Lima, para el General de la Alegría la cosa no va tan de fiesta: cualquier aglomeración en Trujillo podía pretextar disturbios y movilizaciones contra la persecución aprista, lo que hace que se mire con recelo el festival, cuya reina mientras tanto ya estaba siendo elegida: Gladys Barriga Bringas. Aún hoy se considera que ese primer festival tiene el valor adicional de haber sido una señal política pacífica y sutil.

Pedro Azabache dejó Lima y volvió a Moche para pintar la inimitable naturaleza trujillana.

Acaba de celebrarse la edición 49 del Festival de la Primavera de Trujillo, el último del milenio. Hoy esta fiesta es un conglomerado de actividades que se desarrollan durante una semana, todas plurales en su sentido, convocatoria, apariencia y ánimo, y sin embargo mantienen un elemento en común: en todas participa el grupo de reinas de belleza que para tal fin llegan a Trujillo desde distintos lugares de América. Así, la veintena de soberanas puede estar a las diez de la mañana en la inauguración del Campeonato de Caballos de Paso, en buzo, recibiendo homenajes y regalos de los Ganoza Pinillos, para volar a ponerse el sport elegante que exige el almuerzo imborrable ofrecido por el Big Ben de Huanchaco (donde vi a una miss sudamericana jurar su amor por la vida ante un cangrejo reventado); y enseguida, lavadita de dientes en el hotel de por medio, volver a la ropa deportiva para dar el guau de honor en un concurso de belleza canina y con las mismas volver al hotel para ponerse un rato bajo el chorro de la ducha porque a las diez en punto hay que estar, con todas las lentejuelas encima, entrando en disciplinada fila a la fiesta anual del Club Central, quizá el evento más pantorrilludo del calendario trujillano.
El Otro Festival, mientras tanto, sienta sus reales en los barrios nuevos de la periferia. Pocas veces he visto tanto entusiasmo, muslo y chela juntos como en la fiesta salsera que se celebró a la espalda del Ovalo Papal, donde la Progresiva del Callao, con excelente tensión, hizo resonar el piso de cemento de una descomunal losa deportiva, mientras debajo del tabladillo Koko Giles se fotografiaba con todo el respetable.

El autor de la nota tira lente a la Huaca de la Luna. Centro: Miss Brasil fue una de las reinas más aplaudidas. Una inquietante comparsa de veinte reinas acompaña todos los eventos del festival. Derecha: Cariñosa despedida al 49 Festival de la Primavera.

EL MOMENTO ESTELAR

Desde el día anterior la avenida España comienza a tomar un aspecto desconcertante: las familias de los barrios populares se dividen las veredas por metros y cada una instala sus sillas, sillones y hasta sus camas, para no perderse un solo detalle del corso de carros alegóricos. Sillas que normalmente sólo se ven dentro de la casa, de pronto salen con su intimidad a la mitad de la calle, sillones de terciopelo, banquitos, tronos con brazos tallados, bancas compuestas por tablones sostenidos sobre pouffes imitación Luis XIV, indican que algo grande está por comenzar.
A eso de las tres de la tarde se arrancan las primeras bandas con la impajaritable Marcha del Río Kwai. Las dos orillas de la avenida revientan de gente y yo no puedo sino recordar que al día siguiente será el simulacro que conjure al terremoto, ojalá no se adelante el desgraciado. Aparecen los carros alegóricos iniciales: el de una cadena de pollos congelados, con niños vestidos de pollitos; el de una empresa de telecomunicaciones, aire modernoso de por medio; el de un CEI, rebosante de mocosos disfrazados de elfos y gnomos, manteniendo el equilibrio con una mano mientras con la otra saludan temblorosamente. Ahí viene Wendy, con reja trujillana detrás y bandera del Perú. La sigue Cathy, sobre una doble cabina forrada en tela rosa. Detrás, un grupo folclórico colombiano y después, un dragón chino. El público enloquece: llegan las primeras waripoleras. Son dos gringas grandes como vikingas sobrealimentadas, con ese aire de energía y felicidad que suele dar el PBI más alto del mundo, haciendo piruetas con el bastón. Las niñitas las tocan como si fueran barbies encarnadas; los padres no pueden cerrar la boca; los muchachones de la estupenda banda del Colegio San Juan, desafinan un tanto al dengue audaz de sus piernotas.

Miss Honduras caracterizada de belleza trujillana

Siguen entrando las reinas (curioso hábito lingüístico este de escribir "Reyna" en los carteles de los carros alegóricos): ahora vienen las estelares: María Pía, Flavia, las chicas de Brasil, Ecuador, Guatemala, Argentina, Chile y Colombia. Entre carro y carro, más guaripoleras. Una asociación canina local se acerca con sus airdale terrier, doberman, chou chou, pastores belgas, dálmatas y gran daneses, presididos por una pomeránea color champán embutida en una carretilla, alegórica también. El carro premiado este año es ése del CEI con los gnomos y las elfas. Todo el mundo queda feliz. Flores por millones, escenarios móviles de cartón piedra y esa vivencia provinciana peruanísima que felizmente todavía es posible encontrar en algunos lugares de este país alucinado.


El Moche Azabache
Pedro Azabache (81), notable representante del indigenismo peruano, sigue viviendo y pintando en Moche.

Azabache al lado de un excelente estudio de academia, fechado en 1937.

"Váyase, usted está perdiendo el tiempo en la escuela", le dijo Sabogal un día; Pedro Azabache tenía 22 años y estudiaba el cuarto en Bellas Artes, "vaya a pintar a su tierra". Desde entonces hasta hoy Azabache pinta en su chacra de Moche, por las mañanas en su taller, por las tardes en el campo. Actualmente cuadros suyos figuran en las paredes de las casas trujillanas donde se valora lo propio; sin embargo, su pintura no es conocida en la proporción de su gran calidad.
Azabache siempre trabaja pintando del natural, tal como lo aprendió de Sabogal y Codesido, y cuando habla de ello suelta con total libertad ideas que hoy podrían sonar ingenuas: "en la naturaleza siguen estando las respuestas a todas las inquietudes del pintor y que si algún artista ya no quiere copiarla, que lo haga, pero nada lo disculpa de no saber pintar". El viejo espino del patio que ha pintado tantas veces está completamente carcomido pero aún sigue en pie. Dice Azabache que él se siente cómodo cuando se lo cataloga de peruanista. ¿Y eso qué es?: "¿Peruanista?, pintar el Perú con nuestra sensibilidad, nuestros colores...".


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