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ARTÍCULO
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4
de Noviembre de 1999 |
INFORME ESPECIAL
DESDE SATIPO
A la Caza de Sendero
Ejército
continúa operativo "Aniquilación" para capturar a huestes
senderistas. Al cerco militar se suma el cerco informativo.
Tres
mil efectivos, helicópteros, puestos de vigilancia, control militar
en casi todos los pueblos del valle del Ene. A un mes del derribamiento
de un helicóptero MI-17 en la zona de Alto Anapati, el pasado 2
de octubre -perpetrado, presuntamente, por las columnas senderistas dirigidas
por "Alipio" o "Artemio"-, los operativos continúan con fuerza
y los dirige nada menos que el general Luis Alatrista, jefe de la División
de Fuerzas Especiales (DIFE), lo que da una idea de la importancia de
ellos. CARETAS estuvo allí y fue testigo de la tensión que
se vive en esta zona que, a comienzos de esta década, fue escenario
de continuas incursiones armadas y tierra propicia para campamentos sediciosos
(como el de la foto con que abrimos este informe) y que aún hoy
muestra signos de estar atrapada en la espiral de la violencia política.
No por gusto la llamaban "Vietnamito".
Escribe
MANUEL ERAUSQUI
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| Campamento
senderista fotografiado por el corresponsal de la revista alemana
Der Spiegel, Thomas Muller, desde un helicóptero del Ejército
Peruano, en diciembre de 1996, cerca de donde actualmente se produce
el operativo "Aniquilación".
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HELICOPTEROS del ejército,
plenamente artillados, alzan vuelo en una búsqueda sin cuartel
contra las huestes de "Alipio" y "Artemio" por toda la selva de Junín.
El fuerte operativo puesto en marcha a lo largo del río Ene y el
incremento de tropas a 3,000 efectivos militares, según versiones
castrenses, convierten a este cerco en uno de los más grandes realizados
hasta ahora.
En la inmensidad del monte, Sendero ha mantenido una lógica de
escape trepando a mayores alturas, donde su ubicación se hace más
difícil y donde puede evitar los mosquitos que transmiten malaria
o la fiebre amarilla (o parasitan el agua). La otra opción de fuga
consistiría en ingresar, disgregados de uno en uno, a los poblados
del río Ene, fingiendo ser campesinos. Total, ellos también
pueden tener documentos y evadir el estricto control militar que ahora
está en casi todos los pueblos.
Ante la necesidad imperiosa de obtener resultados, el general Luis Alatrista
Rodríguez, jefe del operativo denominado "Aniquilación",
ha instalado en la mayoría de los caseríos puestos de vigilancia
para controlar las entradas y salidas de todos los poblados del Valle
del Ene. Las fuerzas del orden no perdonan a nadie la presentación
de documentos. El no tenerlos cuesta el encierro indefinido en un cuartel.
El general Alatrista se ha convertido en el hombre fuerte en esta complicada
y convulsionada zona, incluso quitándole capacidad de decisión
al general Juan Javier Lira, jefe político militar de esta región.
De rostro adusto y de un carácter enérgico, Alatrista, instalado
en la base de Mazamari, corre todos los días a las seis de la tarde
en la pista de aterrizaje de la base de Mazamari una media hora. Custodiado
por un soldado, evita todo tipo de contacto con la prensa y ha sumido
a toda la base en un hermetismo total. CARETAS intentó conversar
con él, pero el diálogo fue inútil. Abordado al final
de sus ejercicios, se mostró furioso y se rehusó a declarar.
Apenas hizo un gesto y dijo, al paso "hablen con mi comando en Lima".
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| General
Luis Alatrista, jefe del operativo Aniquilación,
en discreto descenso. La versión sobre su secuestro ha sido
descartada |
Perteneciente a la promoción 1972 de infantería del Ejército,
Alatrista fue comandante del batallón Nº. 19 en la guerra
del Cenepa. En 1996 formó parte del operativo Chavín de
Huantar, al año siguiente ascendió a general y en 1998 fue
nombrado jefe de la DIFE. Hoy es quien marca el derrotero de este operativo
que por el momento no tiene resultados.
Los cielos de esta zona se ven ahora surcados por helicópteros
artillados con proyectiles antipersonales (rockets), listos para atacar
a los subversivos. Según el general (r) Walter Ledesma, estos pueden
actuar en un lugar tan complicado como éste y los proyectiles tienen
un alcance de 100 a 500 mts, "pero la tupida vegetación de la selva
limita la onda explosiva".
Las columnas de Sendero Luminoso no pasarían de 300 hombres, quizás
no todos con armas. La impresión de tener un mayor número
de gente en sus filas se debe al secuestro de pobladores, utilizados como
agricultores en los provisionales campamentos que tienen en los montes.
Estos, además, servirían de carne de cañón
en una eventual confrontación con efectivos militares.
A pesar de estar en inferioridad numérica, SL sigue siendo sumamente
escurridizo. La lógica de los sediciosos, como después del
ataque perpetrado el 2 de octubre pasado en Alto Anapati, consiste en
huir divididos en grupos, camuflarse en diferentes puntos de la selva
y esconder sus armas para pasar como simples campesinos, lo que los hace
inubicables.
Aunque en menor intensidad, estos movimientos no son nuevos en la zona.
En años recientes había campamentos senderistas bien instalados
en la zona y se le llamaba incluso "Vietnamito", debido a los continuos
combates que allí se suscitaban. Las incursiones violentas a los
pueblos se dieron hasta, más o menos, 1993, pero hasta 1996 todavía
se encontraban algunos enclaves subversivos.

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| Golpes
y contragolpes. Un herido llega a la base de Mazamari, al parecer
luego de un enfrentamiento. Derecha: un cohete rocket listo para artillar
un helicóptero. |
El fotógrafo alemán Thomas Muller, corresponsal de la
revista Der Spiegel, llegó incluso a fotografiar campamentos subversivos,
a fines de 1996 (ver foto de apertura). La repentina incursión
del MRTA en la residencia del embajador japonés hizo que dichas
fotos no fueran publicadas en ese momento, cosa que CARETAS hace ahora
en exclusiva. Masacres como las del poblado de Tsiari, en abril de 1993,
donde SL se ensañó con 120 nativos asháninkas, a
quienes victimó a machetazos, o el ataque a la plaza de armas de
Mazamari, también en 1993 (noviembre), son cosas del pasado. Pero
el fuerte despliegue de tropas y el rumor de enfrentamientos han revivido
los recuerdos y ha provocado que muchas comunidades del río Ene
dejen sus hogares, presas de cierta paranoia de guerra.
T oda la zona del Valle del río Ene, al margen del problema de
la presencia senderista, se encuentra en extrema pobreza y tiene una tasa
de analfabetismo del 66 por ciento, manifiesta la doctora Ada Chueca,
funcionaria del Centro Amazónico de Antropología y Aplicación
práctica (CAAAP).
Los problemas de estos pobladores no quedan allí. Hay numerosas
enfermedades, varias de ellas mortales. Los centros de salud, en su mayoría,
no tienen personal suficiente ni medicinas apropiadas. Hasta ahora, las
tropas del general Alatrista no ponen punto final a una guerra circunscrita
a la agreste selva central, donde las temibles emboscadas senderistas
todavía acechan.
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Senderos
de Fuga
Las columnas
subversivas tendrían varias rutas de escape. Una por Otuto
y Pucutá, para llegar a Huancayo. Otra por el río
Ene, cruzando el Cañón del Diablo, hacia una selva
más tupida. Obsérvese el cerco militar tendido en
la zona.
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