Edición Nº 1592


 

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    ARTÍCULO

    4 de Noviembre de 1999

    Escribe EL MARQUES DE
    VALERO DE PALMA

    La Corrida del Valor
    Torería por litros en una tarde sólo para valientes. La inmensa torería de Barrera, la digna despedida de Campuzano y la recuperación de El Juli.


    Vicente Barrera, el nuevo Torero de Lima, entrega triunfal. Derecha, a un milímetro de la desgracia.

    VICENTE Barrera, recién llegado a la conferencia de prensa y asediado por jovencitas, posaba con ellas (enterito y campante) en un eterno rosario fotográfico a la entrada del Hotel Country. Breves momentos antes había estado con Tomás Campuzano en su habitación constatando (el torero estaba en shorts) que la herida en el muslo era un rasguño propiciado por una banderilla al caer desde las alturas encima del toro. También acababa de despedirme de El Juli que, impávido, se volvía a España para ponerse en manos de su médico, ya que había recibido por fax los análisis que diagnosticaban un principio de hepatitis. Todo esto sucedía hora y media después de la corrida. Y al salir del Country pensaba en lo acaecido en la tarde y lancé un soplido de alivio al comprobar que los toreros son seres especiales que acarician la muerte y salen ilesos como si guardaespaldas celestes los protegieran milagrosamente. Miré hacia el cielo y no habían estrellas. El pardo resplandor de la urbe las ocultaba.
    Esta corrida fue una antítesis o un contrapunto de la anterior. En la primera de feria hubo toros imbéciles, capidisminuidos, perritoros que no trasmitían ninguna señal de peligro. En ésta hubo toros difíciles, extremadamente difíciles, complicadísimos y el aleteo de la muerte sobrevoló la plaza en muchos momentos. En la primera El Juli no ejerció de El Juli y en la segunda El Juli tuvo momentos de El Juli excepcional y justificó la largura de su capa. En esta segunda Vicente Barrera escribió una página de valor inconmensurable para los anales de la historia de Acho y la despedida de Tomás Campuzano fue emotiva y extraordinariamente torera derrochando valor a raudales en su último toro.

    Campuzano cogido por Ribereño, 542 kilos. La caída, de cabeza, fue peligrosísima. No necesitaba jugársela de la forma en que lo hizo, y su torería conmocionó a los tendidos. Derecha, Barrera de nuevo en el aire.

    Pero vayamos por partes. Tomás Campuzano, en su primer toro, brindado a mi admirado amigo Angel Parra, cumplió. Cumplió, de cumplir, de no hacer nada feo y también de no hacer nada connotado y extraordinario, aunque estuvo por encima del toro que desarrollaba peligro. Sin demasiada historia. Punto. Pero en su segundo toro aparte de lancear con finura no exenta de calidad (siempre fue éste, Tomás Campuzano, un gran torero de capa) hizo una faena de muleta corajuda, vibrante ante el peligro y llena de hombría y valor. Era el último toro de su vida torera y no quiso despedirse de su profesión sin tocar pelo. Ya desde la salida de caballos y antes del brindis a su hermano y mozo de espadas, último brindis de su carrera, se vio, se trasuntaba, que el toro desarrollaba peligro. Esto también lo vio Tomás Campuzano y supo claramente que había que jugarse la vida. Son decisiones que puede o no puede tomar el torero. Pero lo maravilloso de este formidable ballet de urgencia y presencia con la muerte que es el toreo está en ese olvido de sí mismo y en ese cruzar la barrera del conservadurismo para lanzarse a la aventura de un peligro cierto y hasta mortal en aras del pundonor, de la entrega y de la incertidumbre de la propia vida. Un torero con la trayectoria de Campuzano no necesitaba jugársela de tal forma como lo hizo. El toro se le cernía y en vez de taparse intentó torear a ley sufriendo una aparatosísima cogida que lo levantó por encima del toro cerca de dos metros, cayendo encima de éste y rebotando frente a las astas y librándose por milagro divino de una muerte cierta volvió a la carga encorajinado y en vez de tomar precauciones intenta y consigue el toreo estilístico con naturales con los pies juntos de la escuela sevillana que hacen que los semblantes de la concurrencia palidezcan.

    El pitón de Eutero rompió la taleguilla de Barrera, y felizmente no fue más allá. El valenciano confirmó su consideración a nuestro coso de Acho exponiendo todo. Derecha, El Juli, con una hepatitis encima, se quitó el clavo con una afición que ya es suya.

    La última estocada de la vida torera de Tomás Campuzano fue la estocada de la tarde. Y tocó pelo. Oreja grande. Orejaza. Y para el baúl de los recuerdos la emotividad de las lágrimas en un paseo triunfal ante un público enardecido, agradecido, caballeroso y vibrante ¡Torero! ¡Torero para siempre en el recuerdo de los limeños!

    Vicente Barrera, el sucesor de Manzanares como torero de Lima, propició una de las faenas más difíciles de titular que he visto en mi vida. ¿Qué adjetivo sería el mejor para describirla? Pienso que "escalofriante". Pues fue escalofriante desde todo punto esta faena del valenciano, la más arriesgada de toda esa concatenación de faenas valerosas que ha desarrollado en Lima este singularísimo torero. Se jugó la vida. Sin paliativos. Absolutamente se la jugó. Y en sus dos toros.
    Pongamos aquí un breve paréntesis ante la angustia, pues siento angustia al rememorar lo trascendido por Vicente Barrera en esta tarde. Un paréntesis de cabestros de toreo bufo. Le salió un primer toro que se atizó sendos encontronazos contra dos burladeros quedando semiparalítico y que, además, estaba siendo muy justamente protestado por su falta de presencia. Lo devuelven al corral. Salen los cabestros. Hace sol y cierto calor en la plaza. El toro no quiere salir. Los cabestros tampoco. Cerdean como chanchitos en corral. Son seis. Luego son siete los problemas. Siete que se niegan a salir. Digo que hace calor y la primavera estalla con pujanza. Es la estación de las flores y de la renovación de la vida. Uno de los cabestros quiere montarse una vaca. El espectáculo de los seis problemas añadidos girando frente a la puerta de toriles, en círculo de coreografía de ballet, con un sobresaliente enamorado enarbolando la bandera del amor, es apoteósico, novedoso y creo que jamás visto en la historia de la tauromaquia. Pues así sucedió. Apuntémoslo en nuestra memoria.
    Con el sombrero hace historia Vicente Barrera. Es un toro difícil al que Barrera lancea a la verónica con primor y extraordinario buen gusto. El toro llega a la muleta enrevesado y complicadísimo. Se vence. Barrera lo ve. Inteligentemente quiere ahormarlo con pases de castigo rodilla en tierra. Pases por bajo. Para contenerlo. Para enseñarle a beber muleta y el toro lo prende. Lo voltea. Lo lanza al aire, como pelele goyesco. No lo mata de milagro. La decisión del valor es instantánea. Va a torearlo a ley. Por la derecha. Y se hace con él porque lo torea formidablemente pero sin hacerse con él (valga la redundancia) porque el toro se cuela como un asesino chavetero. Dos cogidas más y entre ellas siempre la decisión sibilina, enroscada en la mente, de jugarse la vida y triunfar. Estocada entrando a por uvas. Una oreja. Inmerecida. Debieron ser dos. Claramente dos. Una la del arte y estar por encima del toro y otra la del valor inconmesurable, ya que el aleteo de la muerte sobrevoló Acho en esos momentos.
    El quinto toro se las traía. Se veía venir nuevamente la tragedia. Y llegó. Pocas veces me he puesto yo tan nervioso, sabiendo de antemano que una gran tragedia podía entristecer esta feria del Señor de los Milagros. Y llegó la cogida escalofriante, que no la tragedia, que me desdigo. Que gracias a los guardaespaldas celestes hoy saboreamos con placer una corrida tan emotiva. Extraordinario pundonor. Pinchazo y gran estocada. Y una oreja muy merecida que abre la puerta grande a este torero con personalidad especial de Manolete redivivo pero superior al cordobés.

     

    Derechazo de pintura. Barrera repite en la quinta de abono, el 21 de noviembre, junto con Manuel Caballero y Rafael Gastañeta. ¿Escapulario en juego?


    El Juli fue El Juli. Quiso ser El Juli. Especialmente más que elegante pero ortodoxo, largo, y buen torerito siempre ya que tiene muy pocos años. El Juli, ahora lo sabemos, no anda bien de salud. El Juli no se queja, no dice nada, pasa por su vida torera resistiendo todos los embates. Senequista. Trágico en su sencillez. Acomodado a las espinas de la profesión. Sin darle importancia a nada. Impávido. Niño robótico. Maquinita de torear. Niño lindo para los públicos. Imperturbable. Venciendo la lectura de los días. Sin quejarse. Otro gran valiente.
    Otro torero que decidió su destino esta tarde. La tenía difícil después del tremendo empujón de Barrera en su escalofriante primer toro. La decisión de ser torero importante con estilo propio aunque sin dulzuras canónicas le hizo dar el paso de la grandeza. Y El Juli, con su procesión por dentro, ejerció de El Juli. Hizo de las suyas. Levantó la plaza con su toreo intuitivo, dinámico, enlazado de pases diferentes en el tercio de capa. Casi tan sorpresivo como lo vimos el año pasado. Magnífico tercio de banderillas. Y la plaza en pie nuevamente. Muletazos de rodillas. Y una faena extraordinariamente voluntariosa con un toro que se opaca y va a menos ante un torero que necesita codicia de toro para poder inventar su toreo y que queda un tanto en evidencia de edad cuando hay que torearlo en corto. Agarró una buena segunda estocada y le dieron la oreja.
    Variado de capa en su segundo toro y nueva lucha contra un toro que no quería dejarse torear. Pero El Juli le tiene cogida la muerte al toro y de un certero estoconazo mandó al desolladero a este reservón casi intoreable. El Juli pasó por Lima sin suerte con sus toros. Pero en esta corrida del valor puso su decisión en juego. Tres valientes. Uno a palo seco (Barreda). Otro para cerrar con broche de oro su trayectoria (Campuzano). Y un enfermo que luchó contra sí mismo y ganó.

     

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