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4 de noviembre de 1999 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
La Mentira De Las Verdades
LA biografía oficial del ex presidente Reagan, Dutch.
A Memoir of Ronald Reagan, escrita por Edmund Morris y recién
publicada en los Estados Unidos, provoca en estos días una efervescente
polémica -donde voy, aquí en Washington DC, es el eje de
todas las conversaciones- que cualquier crítico literario más
o menos atinado zanjaría en un minuto. Pero como quienes polemizan
son comentaristas políticos, o políticos profesionales,
la controversia no terminará nunca y dejará flotando un
aura entre ominosa y confusa sobre uno de los libros más esperados
de los últimos años.
Nacido en Kenya en 1940 y venido a los Estados Unidos en 1968, Edmund
Morris ganó el prestigioso Premio Pulitzer y el American Book Award
en 1980 con su libro sobre The rise of Theodore Roosevelt, que
fue unánimemente elogiado como un modelo de biografía, por
su escrupulosa documentación, su fidelidad histórica y lo
animado de su relato. Por eso fue elegido en 1985, entre una miríada
de historiadores y publicistas, para escribir la biografía de Reagan.
El Presidente le abrió sus archivos y su correspondencia, se sometió
una vez por semana a sus interrogatorios en la Casa Blanca, le permitió
acompañarlo en numerosos viajes al extranjero y asistir a muchas
sesiones de trabajo en el Oval Office (con exclusión de
las concernientes a la seguridad nacional). Nancy, la esposa de Reagan,
y sus parientes, así como todos los colaboradores directos le facilitaron,
también, entrevistas y testimonios. La editorial Random House pagó
a Morris tres millones de dólares como anticipo por el libro que
acaba de aparecer.
Los catorce años que le ha tomado escribirlo fueron de intenso
trabajo, pero, también, de dudas, angustias y frustraciones. Pese
a la riqueza del material, a los seis años de tarea, Morris confesó,
en un simposio, que su personaje era "el hombre más misterioso
que jamás he conocido. Es imposible entenderlo". En esto, no hacía
más que confirmar lo que han dicho casi todos los periodistas e
historiadores que lo trataron o escribieron sobre él: que, detrás
de la risueña cortesía y las anécdotas con que toreaba
sus preguntas, Ronald Reagan siempre los dejó con la desmoralizadora
sensación de no haberse enterado de nada verdaderamente importante
sobre la intimidad de su interlocutor. Morris había centrado su
investigación en torno a esta pregunta crucial: "¿Cuánto
sabía Dutch (el apodo de juventud de Reagan) de lo que hacía?".
Incapaz de averiguarlo, pese a toda la masa de datos acumulada, en 1994,
el año en que, luego de despedirse de sus conciudadanos con una
carta pública en la que revelaba el avance del Alzheimer, el ex
Presidente se convertía en un muerto en vida, Morris cayó
en una profunda depresión. Durante muchos meses padeció
un bloqueo psicológico, que lo incapacitó para escribir
una línea.
Superó esta crisis -dice- cuando encontró una fórmula
para romper aquella frontera que lo mantenía a distancia de su
personaje, y poder acercarse a él, e incluso entrar en su vida
afectiva y psicológica, una receta o método que consultó
con sus editores, y que éstos, luego de algunas reticencias, terminaron
por aceptar. ¿En qué consistía? En introducir, en
esta biografía, dos o tres personajes ficticios -el propio Edmund
Morris, entre ellos-, supuestos compañeros, amigos, contemporáneos
o próximos a Reagan, que, dando un testimonio directo y personal
de hechos absolutamente fidedignos relativos a la vida privada o pública
del ex Presidente, romperían la frialdad e impersonalidad del dato
escueto, y lo impregnarían de calor humano, de la palpitante autenticidad
de lo vivido.
En el curso de la polémica en torno a si esta manera de proceder,
la de prestarse los recursos de la ficción en una biografía,
es legítima o intolerable en un ensayo histórico, Morris
ha insistido, enfáticamente, que en su libro no hay un solo episodio,
por nimio y transeúnte que parezca, que no sea verídico,
y verificado por él hasta la saciedad, como atestigua su voluminosa
bibliografía. De lo cual, concluye, se desprende que el principio
básico de toda investigación emprendida por un historiador,
la estricta fidelidad de su relato a lo ocurrido y comprobado, ha sido
respetada por él. A su juicio, la introducción de narradores
ficticios en su libro no altera la verdad histórica, sólo
la colorea y humaniza.
Edmund Morris sabe mucho de historia, pero, me temo, no sabe gran cosa
de literatura, dos disciplinas o quehaceres que aunque a veces se parezcan
mucho, son esencialmente diferentes, como la mentira y la verdad. La historia
cuenta (o debería siempre contar) verdades, y la ficción
es siempre una mentira (sólo puede ser eso), aunque, a veces, algunos
ficcionistas -novelistas, cuentistas, dramaturgos- hagan esfuerzos desesperados
por convencer a sus lectores de que que aquello que inventan es verdad
("la vida misma"). La palabra `mentira' tiene una carga negativa tan grande
que muchos escritores se resisten a admitirla y a aceptar que ella define
su trabajo. Sin embargo, no hay manera más justa y cabal de explicar
la ficción que diciendo de ella que no es lo que finge ser -la
vida-, sino un simulacro, un espejismo, una suplantación, una impostura,
que, eso sí, si logra embaucarnos y nos hace creer que es aquello
que no es, acaba por iluminarnos extraordinariamente la vida verdadera.
En la ficción, la mentira deja de serlo, porque es explícita
y desembozada, se muestra como tal desde la primera hasta la última
línea. Ésa es su verdad: el ser mentira. Una mentira de
índole particular, desde luego, necesaria para todos aquellos seres
a los que la vida tal como es y como la viven no les basta, porque su
fantasía y sus deseos les piden más o algo distinto, y,
como no pueden obtenerlo de veras, lo obtienen de mentiras,
gracias a ese delicado y astuto subterfugio: la ficción. Es decir,
la vida que no es, la vida que no fue, la vida que, por no serlo y por
quererla, la inventamos, y la vivimos y gozamos en ese sueño lúcido
en que nos sume el hechizo de la buena lectura.
Las técnicas con que se construye una ficción están,
todas, encaminadas a realizar esa operación que es un motivo recurrente
de los cuentos de Borges: contrabandear lo inventado por la imaginación
en la realidad objetiva, trastrocar la mentira en verdad. Y los recursos
primordiales de toda ficción, para que ésta simule vivir
por cuenta propia y nos persuada de su `verdad', son el narrador y el
tiempo, dos invenciones o creaciones que constituyen algo así como
el alma de toda ficción. El narrador es siempre un personaje inventado,
sea un narrador omnisciente que emula a Dios y está en todas partes
y lo sabe todo, o sea un narrador implicado en la acción, y, por
lo tanto, de una perspectiva limitada por su experiencia a la hora de
dar un testimonio. En todo caso, del narrador de sus movimientos
en el espacio, el tiempo y los planos de la realidad depende todo
en una ficción: la coherencia o la incoherencia del relato, su
autonomía o dependencia del mundo real, y, sobre todo, la impresión
de libertad y autenticidad que transmiten los personajes o su incapacidad
para engañarnos como tales y aparecer como meros muñecos
sin libre albedrío, a los que mueven los hilos de un titiritero
y hace hablar un mismo ventrílocuo.
El narrador no es separable de la ficción, es su esencia, la mentira
central de ese vasto repertorio de mentiras, el principal personaje de
todas las historias creadas por la fantasía humana, aunque en muchas
de ellas se oculte y, como un espía o un ladrón, actúe
sin dar la cara, desde la sombra. Inventar un narrador es inevitablemente
mentir, aunque en su boca sólo se pongan verdades, porque las verdades
históricas los hechos fehacientes y concretos se viven,
no se cuentan, no tienen narradores, existen independientes de las versiones
que sobre ellos puedan rivalizar, en tanto que los hechos de las ficciones
sólo existen en función y de la manera que determina quien
los cuenta. Por eso, el narrador es el eje, la columna vertebral, el alfa
y el omega de toda ficción. Inventar un narrador -una mentira-
para contar las verdades biográficas, como ha hecho Edmund Morris
en su biografía, es contaminar todos esos datos tan laboriosamente
recolectados en sus catorce años de esfuerzos, de irrealidad y
fantasía, y hacer gravitar sobre ellos la sospecha (infamante,
tratándose de un libro de historia) de la adulteración.
Inventar un narrador es, por otra parte, desnaturalizar sutilmente la
razón de ser de una biografía, que se supone debe estar
centrada sobre la vida y milagros del biografiado. Porque el narrador
los narradores pasan a ser los personajes centrales de la
historia, como ocurre siempre en las ficciones: esa egolatría está
prohibida a los historiadores esclavos de las verdades de lo sucedido,
es privilegio de los propagadores de mentiras, de los irresponsables narradores
de irrealidades (que, a veces, parecen muy realistas). "Soy el escritor
más vilipendiado del mundo", le oí decir la otra noche al
vapuleado autor de la primera biografía oficial de Ronald Reagan.
"¿Qué les he hecho para que me maltraten así?". Les
ha dado usted gato por liebre a sus lectores, amigo Edmund Morris. Esperaban
una historia verídica, atiborrada de revelaciones y exactitudes,
una biografía que, por fin, les revelara firme, contundente
como una roca, una fecha o una enfermedad la personalidad secreta
de esa inapresable figura que es todavía Ronald Reagan un
actor, al fin y al cabo, y usted, con la excelente intención
de endulzarles y amenizarles la lectura de esos áridos pormenores
que conforman una vida pública, los impregnó de dudas y
sospechas sobre su integridad intelectual, los sacó de este mundo
y los catapultó a la irrealidad, a la mentira de las ficciones.
No se puede meter un fantasma como polizonte de la realidad sin que ésta
se vuelva fantástica. Mentir para decir verdades es un monopolio
exclusivo de la literatura, una técnica vedada a los historiadores.
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© Mario Vargas Llosa, 1999.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SA, 1999.
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