Edición Nº 1593


 

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    11 de noviembre de 1999
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI

    Resignación

    SEGUN algunas empresas encuestadoras, el candidato-Presidente encabeza las preferencias electorales. Sin embargo, Alberto Fujimori no suscita el más mínimo entusiasmo en ningún sector de la población, excepto entre el puñado de personas que ha hecho mucho dinero durante su gobierno. ¿Cómo entender esa aparente paradoja?
    En realidad, Fujimori nunca ha motivado emociones ni arrebatos de fervor en la ciudadanía, salvo quizás después de su triunfo en 1990, cuando los que odiaban o temían a Mario Vargas Llosa salieron jubilosos a festejar su triunfo. En la reelección de 1995, a pesar que se produjo por un margen impresionante, nadie salió espontáneamente a las calles a celebrar. Tampoco después de las elecciones del CCD en noviembre 1992, ni del referéndum de octubre de 1993.
    Eso no es normal en ninguna democracia latinoamericana. Nunca fue así en el Perú y no lo ha sido en las recientes elecciones en Argentina y Uruguay, donde los partidarios de Fernando de la Rúa y Tabaré Vásquez han ocupado calles y plazas festejando los triunfos de sus favoritos.
    La explicación de esta apatía no radica solamente en la falta de carisma de Fujimori y sus nulas cualidades oratorias sino, probablemente, en que a excepción de 1990, ninguno de sus triunfos electorales ha sido auténtico.
    Todos han sido impuestos y manipulados en un ambiente de temor y desconfianza.
    No es que no haya tenido o no tenga ningún respaldo entre la población. Lo tiene. Pero sobre ese apoyo auténtico, real pero fluctuante y seguramente minoritario, hay otro obtenido por la fuerza y la manipulación. En amplias zonas provincianas y rurales, con experiencias de violencia y abusos, la sola presencia de los militares y sus apéndices, los comités de autodefensa, imponen una orientación a los votantes.
    Los regalos de alimentos, para una población que depende literalmente de ellos para lograr sobrevivir a duras penas cada día, es otro poderosísimo instrumento. Sobre todo si están en manos de gente absolutamente inescrupulosa, que no vacila en usarlos sin ningún reparo para sus fines proselitistas. Y en este caso se trata de aproximadamente un 15 % ó 20 % en extrema pobreza y un 50 % en situación de pobreza. No son guarismos menores.
    Los estudios de expertos del Banco Mundial, a los que han hecho referencia recientemente el diario El Comercio y el congresista Javier Diez Canseco, muestran claramente la relación entre los gastos de Foncodes y los intereses electorales de Alberto Fujimori. A lo cual hay que añadir la omnipresencia de los servicios de inteligencia y sus múltiples tentáculos, que imponen un miedo a veces impalpable, pero muy real en todos los estratos de la sociedad.

    El cuadro se completa con las campañas de demolición de los adversarios electorales del candidato Presidente, desde las carátulas de los pasquines de sexo y violencia, hasta la persecución de Luis Castañeda y Alberto Andrade, que ya prácticamente no pueden hablar en una plaza, visitar un pueblo o recorrer un mercado sin encontrar un grupo de contramanifestantes que los apedree y los abuchee.
    Eso, por supuesto, es obra de los servicios de inteligencia. Porque tanto Castañeda como Andrade son personajes que no suscitan odios espontáneos ni fuertes animadversiones en la población. Puede haber gente que no esté de acuerdo con ellos o no los apoye, pero a nadie se le ocurriría salir a tirarles piedras o tomates. Salvo que esté contratado para ello.
    Por supuesto que cada vez que sucede eso, la Tv. controlada por el gobierno se encarga de difundir el hecho. Así, cuando Castañeda y Andrade logran unos segundos en la Tv., es en medio de una feroz batahola. De esa manera, no sólo se les desprestigia, sino que se va creando una asociación en la mente de la gente: Castañeda y Andrade = caos y violencia. Al mismo tiempo, se transmite la imagen de Fujimori = orden y tranquilidad.
    Por último, se publican las encuestas, unas reales, otras fabricadas, que ponen al candidato-Presidente a la cabeza. Entonces todos sus incondicionales aparecen inmediatamente diciendo que no hay vuelta que darle, que el triunfo de Fujimori está garantizado. En suma, lo que buscan con toda esta gigantesca maquinaria no es ganar la adhesión ni el entusiasmo de la gente, que saben no van a lograr, ni les importa. Lo que quieren es imponer a una masa resignada el "hecho" de un supuesto triunfo imparable de Fujimori. Intentan hacer creer a la población que nada se puede hacer contra esa aplanadora, ese Terminator de mil cabezas sin corazón ni sensibilidad, que aplastará a todo aquel que se le cruce en el camino.
    Al mismo tiempo, tratan de desmoralizar a sus rivales, de tal manera que se sientan derrotados de antemano.
    Es decir, las típicas armas de toda dictadura. Armas eficaces, sin duda, pero siempre derrotadas, a fin de cuentas.

    Email:frospig@amauta.rcp.net.pe

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