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2 de diciembre de 1999 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
El
Gigante y Los Enanos
QUIENES están interesados en conocer las grandezas y miserias
del periodismo en una sociedad industrial moderna, deben precipitarse
a ver The Insider, una formidable película dirigida por Michael
Mann, e interpretada por Al Pacino y Russell Crowe, que acaba de estrenarse
en los Estados Unidos. El guión, escrito por el propio realizador
y Eric Roth, está basado en un artículo periodístico,
aparecido en Vanity Fair, revelando la historia del Dr. Jeffrey Wigand,
un científico y director de investigaciones de una importante empresa
fabricante de cigarrillos, que fue despedido de ella cuando sus escrúpulos
morales hicieron temer a sus empleadores que Wigand hubiera dejado de
ser un colaborador confiable.
No se equivocaban. Pese a estar legalmente maniatado por un contrato severísimo,
que le prohibía revelar un solo dato de lo que había conocido
en el seno de la empresa, so pena de multas y procesos criminales, y luego
de una verdadera odisea para sobrevivir a las amenazas y presiones de
todo orden con que los siete grandes conglomerados (conocidos como Los
Siete Enanos) trataron de silenciarlo, el Dr. Wigand testificó
ante los tribunales que aquellas compañías habían
aumentado las dosis de nicotina en los cigarrillos, a sabiendas de que
esta sustancia era adictiva, y su testimonio fue objeto de uno de los
más sonados escándalos periodísticos que haya vivido
Estados Unidos. The Insider describe, con hipnótica eficacia, todas
las interioridades de este asunto, que trasciende largamente el problema
del tabaco e incide sobre el tema, aún más grave, de las
posibilidades de la supervivencia de un periodismo independiente y crítico
en la era de las todopoderosas corporaciones multinacionales.
El héroe de The Insider no es Jeffrey Wigand, a pesar de que la
película revela el ilimitado coraje y la resistencia a la adversidad
de que hizo gala durante todo este proceso, que destruyó su familia
y casi lo lleva a la cárcel, sino Lowell Bergman, un productor
de 60 Minutes, programa periodístico de la CBS, que fue el factor
determinante, gracias a su equipo de investigación, para que el
científico se animara a emprender la quijotesca batalla contra
Los Siete Enanos.
60 Minutes no es un programa de informaciones entre otros. Desde que apareció,
en 1968, bajo la dirección de su creador, Don Hewitt, quien todavía
sigue dirigiéndolo, y con un trío de presentadores entre
los que figuraba Mike Wallace, ha batido todos los récords de audiencia
de los informativos, y todavía ahora, treinta y un años
después, sigue figurando entre los más populares e influyentes
de la televisión norteamericana (unos treinta millones de televidentes
como promedio). Desde la primera vez que lo vi, a fines de los sesenta,
quedé impresionado con su rigor documental, penetración
crítica y excelencia visual, y desde entonces, cada vez que he
venido, de paso o por temporadas, a los Estados Unidos, me las he arreglado
para reservar los domingos, de siete a ocho de la noche, a fin de no perderme
el programa. Y nunca, en todos estos años, me he sentido defraudado
por uno solo de ellos (no exagero). El formato de 60 Minutes es muy simple.
Tres pequeños temas o asuntos de trece minutos y medio cada uno,
y, al final, un comentario libre de dos o tres minutos del periodista
Andy Rooney. Lo verdaderamente notable del programa no es tanto la maquinaria
de investigación de sus reporteros, que le permite hacer cada semana
sorprendentes revelaciones, desbaratar poderosas operaciones políticas
o financieras, documentar gravísimas acusaciones, sino que sea
capaz de desarrollar cada uno de sus temas en el reducidísimo espacio
de apenas trece minutos y medio, en el curso de los cuales el espectador
tiene la impresión de haber sido informado de lo esencial del asunto
tratado.
De la enfermiza, enloquecedora verificación a que someten los temas
que tratan puedo dar testimonio personal, pues yo fui uno de sus entrevistados
(iba a decir de sus víctimas). Nunca imaginé, cuando accedí
a aparecer en 60 Minutes, en 1989, lo que me esperaba. Una productora,
rodeada de un equipo de investigadores, desembarcó en Lima, y durante
dos semanas sometió a mis familiares, amigos y enemigos, y toda
clase de gente capaz de dar informes sobre mi persona, a una verdadera
inquisición sobre mi pasado, presente y futuro, y filmó
no sé cuántos rollos de películas sobre todos los
lugares relacionados con mi vida, de modo que cuando el periodista Ed
Bradley me entrevistó, un mes más tarde, en mi biblioteca,
estaba mejor informado sobre mi persona que yo mismo. Para esos trece
minutos y medio que me dedicaron habían invertido más trabajo,
tiempo y dinero que para un largometraje.
Lo increíble es que tomando tantas precauciones, 60 Minutes haya
podido cometer errores y tenido que excusarse por ello ante su público.
Hasta donde sé, ha ocurrido un par de veces: con motivo de un documental
sobre el narcotráfico en Colombia, al que dio crédito y
que resultó falsificado, y con una acusación al Pentágono,
relacionada con Vietnam, que también se demostró ser falsa.
Pero, sólo dos fallas de envergadura en más de treinta años
es una credencial bastante decente.
No son sólo los vastos recursos económicos, ni el talento
profesional de sus reporteros, presentadores y productores los que garantizan
el éxito de un programa así. Es, ante todo, la libertad
de que goza, el poder permitirse, en su trabajo informativo, enfrentarse
a grandes intereses sin ser mediatizado ni silenciado. Esto no es nada
fácil, desde luego, ni siempre ha sido así, como muestra
The Insider. Cuando el productor Lowell Bergman descubrió el caso
del científico Jeffrey Wigand, y diseñó una estrategia
para que éste pudiese dar ante las cámaras su testimonio
sobre el cinismo y la hipocresía delicuenciales de los ejecutivos
de Los Siete Enanos, quienes habían jurado ante una comisión
del Congreso, en Washington, ignorar por completo que la nicotina era
adictiva, tuvo el apoyo entusiasta de todo el equipo de 60 Minutes, incluido
el de Don Hewitt y de Mike Wallace. La explosiva entrevista se grabó,
a la vez que Wigand, pese a las amenazas legales de los abogados de las
compañías afectadas -los mejores del país, qué
duda cabe- testificaba, de manera privada, ante un juez de Mississipí,
lo que lo liberó de la obligación de "confidencialidad"
de su contrato.
Entonces, las presiones de Los Siete Enanos arremetieron contra 60 Minutes,
a través de la compañía madre, CBS, para impedir
que la entrevista al Dr. Wigand se difundiera. Los abogados de la casa
aseguraron a los ejecutivos que si el programa pasaba como estaba editado
por Lowell Bergman y Mike Wallace, los fabricantes de cigarrillos entablarían
un juicio que podría costar billones de dólares, y que,
como consecuencia, CBS podía terminar siendo absorbida por Los
Siete Enanos. Los directivos de CBS entonces ordenaron que la entrevista
al científico fuera recortada a fin de evitar el riesgo legal.
Sus órdenes fueron acatadas, aunque a regañadientes, por
Don Hewitt y Mike Wallace. Mientras tanto, Los Siete Enanos preparaban
la descalificación moral de Wigand, filtrando a los medios de prensa
un expediente preparado por investigadores profesionales sacando a la
luz una vida familiar traumática, crisis psicológicas, un
matrimonio fracasado y menudas sordideces que apuntaban a una personalidad
tornadiza e insolvente.
Quien salvó a Wigand de morir aplastado por el descrédito,
y a 60 Minutes del deshonor y de ser cómplice de una flagrante
conspiración contra la libertad de expresión fue el oscuro
periodista y productor del programa Lowell Bergman. ¿Cómo
lo hizo? Aprovechando esa maravillosa herramienta de una sociedad democrática
que es la competencia. Filtró la información sobre lo que
ocurría a dos grandes diarios neoyorquinos, The New York Times
y The Wall Street Journal, quienes, después de hacer sus propias
verificaciones, revelaron el testimonio de Jeffrey Wigand, la campaña
de desprestigio contra éste financiada por los fabricantes de cigarrillos
y las presiones a las que 60 Minutes se había rendido. Hecho público
el escándalo, la CBS no tuvo más remedio que dar marcha
atrás, y pasar, de nuevo, pero ahora completo, el programa sobre
Wigand y los fabricantes de cigarrillos.
Convertido por un día en un verdadero gigante moral, Lowell Bergman
derrotó a los poderosísimos Siete Enanos, a quienes, además,
como consecuencia del testimonio devastador del Dr. Wigand, la acción
judical en su contra les costó la astronómica suma de 246
mil millones de dólares. (Pero ahí están todavía,
en pie, y ganando siempre mucho dinero). Sin embargo, la decepción
con el programa en el que había trabajado catorce años lo
llevó a apartarse de 60 Minutes y a desaparecer en un oscuro programa
de la televisión pública donde ahora trabaja. El Dr. Wigand
regresó también a la oscuridad: es un empeñoso profesor
de química en un colegio secundario de una remota provincia del
medio Oeste.
El final de esta historia, aunque a simple vista es feliz, nos deja un
sabor agridulce en la boca. La pregunta es: ¿y si un periodista
de la calidad ética de Bergman no hubiera estado allí, qué?
Los Siete Enanos se hubieran salido con la suya. Y la siguiente pregunta
es: ¿en cuántos casos que nunca sabremos ocurrió
así? Y todavía esta otra: ¿hasta cuándo podrá
haber un periodismo independiente y crítico en este mundo en el
que los grandes conglomerados económicos acumulan a veces más
poder que muchos Estados reunidos?
¿Llegarán en el futuro próximo los intereses de las
grandes empresas a conseguir aquello que los formidables Estados totalitarios
se propusieron y fueron incapaces de lograr, un mundo enteramente robotizado
e imbecilizado por la desinformación? No tengo respuesta para esta
pregunta, sólo la angustiosa sospecha de que ella planeará,
siniestra, cada vez más cerca de nuestras cabezas, en los años
venideros.
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© Mario Vargas Llosa, 1999. ©Derechos
mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País,
SA, 1999.
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