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ARTÍCULO
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30
de Diciembre de 1999 |
Partió Oscar
Vivió a toda marcha.
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Oscar
Dufour, el amigo, vendedor y seductor en acción.
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HASTA la semana pasada, en el segundo piso del edificio de la
agencia Interandina se escenificaba una cotidiana comedia teatral que
parecía de duración indefinida, o quizás se desarrollaba
una serie de suspenso en la que empresarios, políticos, periodistas,
publicistas y demás miembros de la fauna limeña salían
y entraban por diferentes puertas sin llegar a la beligerancia a pesar
de algunas alergias y antipatías puntuales, mientras que Oscar
Dufour, anfitrión y maestro de ceremonias singular animaba el ambiente
desde su escritorio semicircular provisto de luces halógenas, un
banco de teléfonos respetable y una trituradora de documentos silenciosa,
generando entre propuestas, artes, números y a veces whisky y pizzas
de emergencia, un buen ambiente que terminaba haciendo reír a carcajadas
a todo el mundo.
Cuando el miércoles 22 Oscar Dufour falleció repentinamente,
en la cumbre de su vida vertiginosa, la suma de amigos que había
acumulado se hizo quizás más evidente que nunca en la multitud
acongojada que acudió a su sepelio.
Había llegado al Perú de Buenos Aires en los años
'70 para trabajar en un canal de televisión, pero poco después
ingresó a Interandina, se hizo socio y se nacionalizó peruano,
y eventualmente quedó de amo y estrella de una agencia en la que
reunió un equipo talentoso y convirtió no sólo en
un servicio de publicidad, sino de relaciones públicas y políticas,
de conciliación de posiciones imposibles, de diversidad empresarial,
de exploración gastronómica, de galanteo amistoso, de discusión
automovilística, de recapitulación de bromas, y de intercambio
de informaciones y enlaces.
Era tan divertido todo eso que no pocos caían en Interandina pretendiendo
que tenían algún asunto urgente, pero en realidad iban a
pasar un buen rato mientras Dufour barajaba tres llamadas telefónicas
e intercambiaba las últimas.
Curtido en la lucha por la vida en una actividad incierta, y sobreviviente
de épocas de vacas flacas (que pueden haber sido más periódicas
de lo que uno supone), Oscar apostaba a ganador y tenía una genuina
vocación por encontrar soluciones para quienes andaban en problemas.
Numerosos medios de comunicación de diferentes y antagónicas
tendencias políticas le deben mucho a Dufour, porque él
estuvo centralmente involucrado en un esquema de salvataje que hace unos
años resguardó la independencia periodística.
Su vocación servicial y el apego cariñoso a sus amigos lo
llevó a perjudicar sus relaciones con sectores políticos
poderosos, que insistían en la marginación de los críticos,
pero Dufour persistía como un sonriente equilibrista entre viajes
a Las Vegas y Buenos Aires, Miami y Nueva York para visitar a clientes
y disfrutar afanosamente de la vida.
Estuvo involucrado en múltiples negocios y proyectos, algunos como
el Daytona Park y el plan de convertir el palacio Marsano en un casino
gigante, y también en una serie de obras de bien social, mientras
seguía la carrera automovilística de su hijo Oscar Dufour
Catanio con el entusiasmo de un hincha y la sapiencia de un mánager,
apostándose en la ruta, gestionando auspiciadores. El mismo, por
cierto, manejaba sus autos (una camioneta blindada, un BMW especial) con
la impetuosidad de un piloto de fórmula uno. No tenía tiempo
que perder.
Dufour deja varias viudas y unos hijos muy especiales, fuertes y atractivos:
María Elena, Oscar, María del Pilar, Jean Pierre, Miyandu
y Jean Paul.
En los momentos más dramáticos del sepelio, Oscar Jr., 27,
mostró un temple y hombría excepcionales, consolando y serenando
a sus hermanos, pronunciando unas palabras particularmente hermosas en
la tumba de su padre, y pidiendo que no lo despidieran con lágrimas
sino con un aplauso. Y todos, con lágrimas en los ojos, le dimos
un largo, largo aplauso, en realidad, lo seguimos aplaudiendo. (EZG).
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Otra persona que quiso mucho a Oscar Dufour alcanzó estas líneas
a CARETAS:
"Donde llegaba Oscar se daba una explosión de energía
con ese maravilloso carisma que podía inyectarnos con sus bromas,
entusiasmo, buen humor y alegría. Un hombre que marcó nuestras
vidas con su calidez, su genuino interés en cada uno de nosotros
y su enorme capacidad de dar. Alguien que nos hacía creer que lo
imposible no existía porque él lo podía lograr, el
amigo al que buscamos cuando tenemos un problema o queremos un consejo
no sólo por su inteligencia y sensibilidad, sino porque nos hacía
sentir que disfrutaba cuando podía ayudar y siempre podía.
Un punto de referencia, un líder, un hombre fuerte y bueno, protector
y tierno. Qué difícil es estar sin él".
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