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30 de Diciembre de 1999 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
Madre
Rusia
SI algo muestran las elecciones legislativas recién celebradas
en Rusia es que, aunque el régimen soviético se desplomó
por descomposición interna hace algunos años, pasará
todavía mucho tiempo antes de que la cultura democrática
eche allí raíces y el país pueda llamarse moderno.
Cierto, tiene cohetes y bombas atómicas, como recordó al
mundo Boris Yeltsin en su reciente visita a Beijing, pero los resortes
psicológicos y las costumbres políticas que movilizan a
inmensos sectores de su población responden todavía a la
antigua tradición de despotismo y pasiones irracionales -dogmatismo,
nacionalismo- que ha documentado tan bien su riquísima literatura.
No de otro modo se explica el notable éxito del partido político
Unidad, fabricado hace apenas tres meses por el primer ministro Vladímir
Putin, que se presentó sin programa, sin idea ni propuesta alguna
-salvo la, tácita, de defender los intereses del clan Yeltsin contra
los severísimos cargos de corrupción cuando éste
ceda la Presidencia a su sucesor-, y que ha obtenido el 24% de los votos,
unos 78 escaños en la Duma (Cámara baja del Parlamento ruso).
Sumados a la treintena de parlamentarios de la Unión de Fuerzas
de Derecha, a los de Nuestra Casa es Rusia de Víktor Chernomirdin
y a un puñado de independientes -como los multimillonarios Boris
Berezovski y Román Abramóvich, que compraron sus escaños
en localidades apartadas a fin de obtener inmunidad contra la persecución
judicial- Unidad tendrá ahora mayoría y los comunistas de
Guennadi Ziugánov (111 escaños) ya no podrán obstaculizar
los proyectos e iniciativas del gobierno como lo han hecho en la legislatura
actual.
Estados Unidos y algunos países europeos han recibido con débil
optimismo este resultado electoral ruso, argumentando que, después
de todo, hubiera sido peor que los comunistas incrementaran su caudal
de votos, y que, tal vez, el probable sucesor de Yeltsin, Vladímir
Putin (a menos que, en un nuevo impromtu, aquél lo destituya como
hizo con sus antecesores Serguéi Stepashin y Yevgueni Primakov),
contando con una mayoría parlamentaria estable, podrá hacer
por fin las indispensables reformas que saquen a Rusia de la anarquía,
el desbarajuste económico, la corrupción y la violencia
social en que se halla inmersa, y establecer una colaboración fecunda
con el Occidente.
Creo que ésta es una ilusión, porque quien ha triunfado
de veras en estas elecciones no es el ex espía de la KGB y cinturón
negro de judo Vladímir Putin -no se sabe mucho más de él-,
sino el chauvinismo y el espíritu de revancha de un pueblo humillado
y desconcertado por las catástrofes económicas y sociales
que se abaten sobre él -caída brutal de los niveles de vida,
desempleo, reinado de las mafias y los gánsters, y conciencia de
una progresiva desintegración del país-, al que el avance
a sangre y fuego del Ejército ruso sobre las poblaciones de Chechenia
y los bombardeos despiadados sobre Grozni han dado una suerte de transitorio
desagravio.
Ahora resulta clarísimo, para quien todavía no se había
enterado, que la guerra de Chechenia era, pura y simplemente, una estrategia
electoral, destinada a subir los bonos políticos del desconocido
elegido por Boris Yeltsin para sucederlo y guardarle las espaldas. Ha
funcionado a la perfección, en efecto. Putin es ahora una figura
popular, aureolada por la mitología de un duro, un hombre de acción
capaz de enfrentarse a los enemigos y arrasarlos. Con excepción
de uno solo, todos los partidos y bloques políticos que participaron
en las elecciones legislativas rusas, de comunistas a ultranacionalistas,
han apoyado -y con verdadero frenesí patriotero- la acción
armada contra Chechenia, lo que, si los números electorales hablan
con claridad, significa que por lo menos cuatro quintas partes del electorado
participan de lo que sólo cabe llamar un desvarío colectivo
nacionalista.
En efecto, la acción militar rusa contra Chechenia, no importa
cuánto cueste y dure, está condenada a mediano plazo al
fracaso. El Ejército ruso puede tomar Grozni y ocupar el país,
pero mantener a Chechenia dentro de Rusia está fuera de sus posibilidades
logísticas. Ni económica ni militarmente puede Rusia, en
medio de la debacle de su sistema productivo -y que la invasión
va a agravar, qué duda cabe-, pagar el altísimo costo que
significaría eternizarse, a manera de potencia colonizadora de
ocupación, en un país hostil, y donde, sobre todo a partir
de los últimos sucesos, no debe quedarle ya un solo partidario.
Chechenia es un país pobre y atrasado, pero, paradójicamente,
la pobreza y el atraso, como lo demostró Afganistán y, más
recientemente, Timor Oriental, pueden ser un potente combustible de la
resistencia independentista. La acción militar pro V1adímir
Putin no va a acabar con las aspiraciones hacia la independencia de los
chechenos; pero, en cambio, sí puede fortalecer al extremismo fundamentalista
islámico, con las gravísinas consecuencias que ello tendrá,
no sólo para Chechenia, sino para toda la región.
El único partido que analizó con sensatez esta realidad
y trató de alertar a la opinión pública contra estos
riesgos, y pidió un alto de la invasión y una negociación
política con el gobierno checheno, fue Yábloko, del liberal
Grigori Yavlinski. Su lucidez y valentía para ir contra la corriente
demagógica, ha sido penalizada con un miserable 6% de los votos
(unos 22 escaños). De esa pequeña minoría de genuinos
demócratas y modernizadores depende ahora, en el seno de la Duma,
la voz de la razón, en la desamparada Rusia. No será mucho
lo que podrán hacer, desde luego, ni para poner fin a los infinitos
sufrimientos que causa la guerra de Chechenia, ni para convencer a la
opinión pública rusa de que sus desgracias económicas,
el embrollo de su vida política, la ineficiencia de sus servicios
y la cancerosa criminalidad, no son resultado de una conspiración
del odiado Occidente contra la Madre Rusia, sino una consecuencia directa
de setenta y cuatro años de totalitarismo, que, como una aplanadora
mortífera, aniquiló de raíz la modernidad, instituyendo
el oscurantismo intelectual, acabando con la propiedad y la empresa privada,
con la iniciativa individual y el mercado, y sometiendo a la sociedad
civil a una tutoría estatista aletargadora, de la que aún
no acaba de sacudirse.
Que haya elecciones libres y libertad de prensa, como ocurre en Rusia,
es un buen comienzo, pero nada más, en el camino de la democracia.
En verdad, ésta existe de veras cuando pasa de las leyes y los
reglamentos oficiales, a las costumbres de la gente común, a los
reflejos naturales de los ciudadanos a la hora de actuar en el espacio
cívico. La confianza es lo esencial: en las autoridades, en la
moneda, en las leyes, en las instituciones. ¿Cómo confiarían
los ciudadanos rusos en alguna de estas cosas? ¿Cómo creerían
que las herramientas del progreso económico son las empresas privadas
y los mercados libres? Ellos que han visto a los antiguos comisarios y
apparatchiks apoderarse de las empresas públicas y saquearlas,
para luego cerrarlas o malvenderlas; que asocian la idea de empresa privada
a los formidables monopolios erigidos por las mafias en complicidad con
el poder político, cuyos dueños compran escaños para
inmunizarse contra toda acción penal; que ven a su alrededor, como
en un sistema de vasos comunicantes, crecer la pobreza de los más
y la riqueza de los menos, ¿cómo no estarían dispuestos
a abrir los oídos a las prédicas xenófobas de un
Vladímir Zhirinovski o a los cantos de sirena marxistas-leninistas
de Ziugánov? ¿Y por qué creerían que los países
occidentales tratan de ayudar a Rusia a salir adelante si se enteran de
que millones -acaso billones- de esos dólares que vienen a ayudarlos
sólo hacen una escala en Moscú, para desviarse luego a las
cuentas que tienen en Suiza los jerarcas que los gobiernan?
Se entiende que para tantos rusos la política y la economía
sean algo tan sucio, inservible e incomprensible, que, en vez de esforzarse
por entenderlas y cambiarlas por las vías racionales y pacíficas
de la acción cívica, se refugien en los viejos ídolos
familiares: la Patria con mayúscula, los enemigos exteriores, el
hombre fuerte, la religión y las acciones armadas. No es que carezcan
de intelectuales y políticos lúcidos y respetables. Una
de las más inteligentes explicaciones de la tragedia rusa se la
escuché en Berlín, hace un año, a Grigori Yavlinski,
precisamente. El problema es que los llamados a la razón y al sentido
común son desoídos y, en cambio, en la situación
de behetría que se encuentra Rusia, prevalecen los atizadores del
resentimiento y la pasión. ¡Pobre Madre Rusia! Para entenderla,
antes que a los analistas y expertos, hay que seguir leyendo a Fiodor
Dostoievski: Los demonios es una novela de absoluta actualidad.
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© Mario Vargas Llosa, 1999.
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a Diario El País, S.A., 1999.
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