Edición Nº 1601

 

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    ARTÍCULO

    13 de Enero de 2000

    La Muerte del Hijo
    Extracto de minuciosa biografía de quien durante diez años gobernó Argentina en base al pragmatismo y la amoralidad. Aquí, luto y política en Los Olivos.

     

    Tortuosa relación con el padre, una hermana no reconocida, amantes y novias por doquier, matrimonio forzado con Zulema, especial relación con Zulemita, un hijo no reconocido: Tales son sólo algunas de las variantes que operaban detrás de un Presidente y sus actos de gobierno, de los que ahora brotan verdaderos geisers de corrupción e intriga. La autora (derecha) desnuda la vida privada de un hombre público para quien el poder fue una adicción.

    Hace once años, desde la campaña electoral de 1988, la periodista Olga Wornat -como millones de otros argentinos- fue seducida por la personalidad de Carlos Saúl Menem. Ya en la presidencia, su naturaleza ultrapragmática y amoral perfiló una manera de ser y de hacer que se autoconsideraba inimputable: el menemismo. En la vida pública y la vida privada se entrelazaban en hechos de impacto nacional. Wornat fue testigo de excepción de esta doble dimensión del régimen y al cabo de 300 entrevistas y 3 años de redacción, publica "Menem - La Vida Privada", biografía que ya lleva más de 90 mil ejemplares vendidos y que le ha costado amenazas, golpizas y un secuestro. Los paralelismos con el régimen fujimorista son obvios, y la autora contempla presentar su libro en Lima este verano. Al morir Carlitos Junior, Wornat fue la única periodista a quien le fue permitido entrar a Los Olivos. Durante tres días tomó notas a escondidas. Aquí, un extracto que retrata un entorno presidencial que -ni ante la más dura desgracia- deja de hacer política.

     

    Profunda indagación en un poder privado y público.


    CARLOS Menem quiere estar solo. Tiene los ojos enrojecidos. Le pide a Ramón Hernández, su secretario privado, que lo acompañe hasta la residencia. Necesita salir del tumulto. Los abrazos y los saludos de condolencias lo ahogan. Siente que la tierra se abre bajo sus pies. Cientos de manos lo tocan. Mientras, en la sala contigua permanece desde hace varias horas el féretro cubierto por un manto negro con la media luna y la estrella islámica. El olor de las flores lo marea. Los alcahuetes de siempre lo abrazan y lo besan. Eufóricos, le cuentan que afuera hay miles de pobres que hacen cola para entrar. En el aturdimiento puede distinguir a sus adversarios políticos y a sus amigos. Los grandes empresarios. Los personajes de la farándula.
    Graciela Fernández Meijide, Octavio "Pilo" Bordón y Chacho Alvarez se apretujan junto a Santiago Soldati, Amalita Fortabat, Jorge Antonio, Francisco Macri, Andrea del Boca, Ramón "Palito" Ortega, Graciela Borges y Susana Giménez.
    Todos lloran y se disputan un lugar a su lado.
    El sólo quiere estar lejos. Piensa un segundo y mira la puerta cerrada de la sala que alberga sus desdichas. Hombres y mujeres de distintas edades, algunos con sus hijos en brazos, giran alrededor del ataúd en medio de la capilla ardiente atiborrada de flores. Se detienen un momento, besan el cajón con los dedos, se persignan y se alejan con la cabeza baja. Puede sentir el susurro de sus voces ásperas. Esa noche, la más larga de su vida, toma conciencia de que ese lujoso féretro de cedro, con seis manijas doradas, guarda los restos destrozados de su hijo.
    Es la medianoche del 15 de marzo de 1995 Carlos Menem, tambaleante y ayudado por su secretario, camina los pocos metros que lo separan de la casa principal. El jardín está envuelto en una media luz aterradora. Todo allí es aterrador. Las sombras de los árboles se recortan contra el cielo plomizo. Las aguas de la piscina reflejan figuras y oscuros presagios. Sube las escalinatas blancas del chalet en penumbras y se dirige hacia el Salón Blanco. El mismo living que sirve de escenario a las tertulias nocturnas con adulones, amigos y algún empresario que pide favores. Le dice a Ramón que no encienda las luces. Desde allí escucha los gemidos de Zulema, que bajan desde su dormitorio.
    -Menos mal que está dopada -dice casi en un murmullo. Zulema en su dormitorio. "Qué absurdo", piensa al pasar. Hace un gesto con la cabeza tratando de evitar que su mirada siga las escaleras que conducen hacia la habitación del primer piso.
    Busca su sillón de siempre. No siente sus piernas ni sus manos. Tiene la sensación de flotar en el espacio de otro tiempo. Toma el celular y disca un número de teléfono. "Apagado o fuera del área de cobertura" le dice una voz femenina del otro lado. Insiste, pero del otro lado siempre aparece la misma voz. Y Carlos Menem se niega a aceptar esa realidad, cruel como el espanto. El, que lo tenía todo. El dueño del poder y la gloria. El, que llegó de la nada. El hombre "predestinado a triunfar", como decía doña Mohibe, su madre.
    -Ramón, llamálo al Carlitos. Buscálo, que debe andar por ahí. El movicom no contesta, pero seguro que anda por ahí...
    -Jefe, tranquilo. Por favor... Carlitos está muerto.
    -No, Ramón, no puede hablar, no escucha el teléfono. Traélo a Carlitos, Ramón... Traélo, por favor.

    Zulema fue tildada de loca cuando, desde un inicio, habló del asesinato de su hijo.


    El secretario lo observa con preocupación.
    Todo parece derrumbarse en esa habitación en la que la noche anterior reían y comían pizza con champán. Sus pensamientos pasaban de una cosa a la otra a la velocidad de la luz. Había logrado lo único que ambicionaba: la reforma de la Constitución y la posibilidad de ser reelecto. Era el candidato del peronismo y su intuición le decía que iba a ganar otra vez. Había conseguido lo que muchos creían un imposible. Como siempre, el mundo de la política se rendía a sus pies.
    Apenas veinticuatro horas antes, en ese mismo lugar, la vida le sonreía y él se sentía invulnerable.
    Se queda varios segundos en silencio, hasta que un gemido asciende despacio desde sus entrañas. Su cuerpo se sacude en espasmos y sollozos. Se tapa el rostro con las dos manos y llora como nunca en la habitación a oscuras. Su secretario, en un gesto protector, le pasa las manos sobre los hombros.
    -No quiero vivir, Ramón. No quiero vivir después de esto. Traéme la pistola, que me pego un tiro... ¡Yo tengo la culpa de todo!
    El parte médico era inapelable: Carlos Menem junior había muerto a las tres y diez de la tarde del 15 de marzo de 1995. Tenía veintiséis años y hacía muy poco que había reanudado con su padre una relación enturbiada por las peleas familiares.
    Paradójicamente, el día anterior Carlos Menem se había realizado un chequeo en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires, a un año y medio de una operación en la arteria carótida.
    -Todo salió bárbaro. Estoy diez puntos -dijo a los periodistas que lo esperaban en la puerta.
    Se sentía en su mejor momento y nada le importaba más que el poder que iba a conservar después de las próximas elecciones presidenciales de mayo. El Pacto de Olivos había permitido sellar un acuerdo con Raúl Alfonsín y reformar la cláusula de la Constitución que impedía su reelección. Aquella mañana primaveral del 4 de noviembre de 1993 brillaba en su vida como una moneda de oro: en el pico más alto de su popularidad, con tres elecciones ganadas al hilo, era el dueño de haber despojado al radicalismo de su dominio sobre la Capital Federal y el plan económico caminaba sobre ruedas. En la casa del ex canciller radical Dante Caputo, a dos cuadras de la residencia presidencial de Olivos, Carlos Menem y Raúl Alfonsín habían pateado el tablero de la política argentina.
    La sorpresa también había alcanzado a su hermano, Eduardo Menem, y al secretario general de la presidencia, Eduardo Bauzá. El plan perfecto. De un zarpazo había dejado fuera de carrera a Eduardo Duhalde, que se enteró de la novedad del convenio recién cuando llegó a jugar tenis a Olivos, sonriente, vestido de short, zapatillas y con la raqueta en la mano. Nunca disfrutó tanto del éxito de una estrategia como cuando vio el rostro desencajado de su antiguo compañero de fórmula.

    Los tiempos felices. Los Menem Yoma antes de ser devorados por los afanes políticos.


    -Eduardo, ¿qué hacés vestido así? Vamos, apuráte que Alfonsín nos espera...
    Carlos Menem despreciaba a Eduardo Duhalde y, por sobre todas las cosas, le tenía desconfianza. Presentía que detrás de aquella mirada esquiva y aquellos silencios se escondía la semilla de la traición. Conocía Carlos Menem recuerda el interminable viaje en helicóptero desde casa de gobierno. Esa mañana se encontraba reunido con Gustavo Beliz, Claudia Bello, Jorge Arguello y otros integrantes de la lista verde del PJ, que había obtenido la minoría en las elecciones internas en la Capital Federal. Los músculos de su cara se endurecieron al oír la noticia. Los pies no le alcanzaron para llegar hasta la máquina, mientras Hugo Anzorreguy -jefe de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE)-, Ramón Hernández y Alejandro Tfeli hacían esfuerzos por disimular el pánico. Sus intentos de abrir la puerta de la nave en pleno vuelo y lanzarse al vacío. Sus manos tironeando las manijas y las fantasías de morir junto a su hijo. El abrazo oportuno de su secretario privado. El miedo. Aquel aterrizaje en medio del diluvio en el campito de la Virgen del Rosario.
    Ahora él está ahí, tirado en la penumbra del living de todos los días. Sumergido en sus pesadillas. Las llamas del infierno le queman las entrañas. Las mismas que Zulema le vaticinó durante años. El castigo de Dios.
    Y aquel interrogante vacío.
    -Zulema, ¿cómo querés que lo enterremos? -preguntó con un hilo de voz a su ex mujer.
    -Te pido por favor que lo hagan por el rito musulmán. Mi hijo era musulmán y quiero que respeten sus creencias... Menem, te pido por lo que más quieras que respeten la religión de mi hijo.
    El ataúd con el cadáver de Carlos Saúl Menem fue trasladado en una ambulancia directamente desde San Nicolás hasta el edificio del Centro Islámico. El urólogo Alejandro Tfeli (en realidad T'faili) acompañó el cuerpo desde que le quitaron el respirador artificial hasta su colocación en el cajón. Era la tarde del 15 de marzo de 1995 cuando el cortejo fúnebre estacionó en la avenida San Juan 3053 y descendieron el féretro en medio de una nube de fotógrafos, curiosos y custodios.
    En la sala principal del subsuelo se acomodaron los integrantes de la familia Yoma, Tfeli, Same El Kadre y sus hombres del Centro Islámico y un religioso convocado para la ceremonia. El aire de la habitación en penumbras era oprimente, dominado por un penetrante olor a muerte. Las miradas enrojecidas resbalaban sobre el cajón, en el medio del cuarto despojado.
    -No se puede abrir. El cadáver está destruido -advirtió Tfeli, en árabe.
    Los integrantes del Centro recibieron indicaciones en voz baja del médico presidencial y, obedientes, cubrieron el féretro con un manto negro en el que se destacaban los símbolos religiosos. Amira Yoma, compungida, abrazó a su novio, el periodista Jorge "Chacho" Marchetti. Ultimamente, la suerte no parecía estar de parte de la pareja, que ya había debido posponer en dos oportunidades el enlace. Y ahora otra vez. Mientras hablaba por el celular con una amiga, la hermana menor de los Yoma se lamentaba llorosa:
    -¡Qué desastre! Pensar que toda la prensa estaba pendiente de mi casamiento. Era la fiesta del año y ahora la tengo que suspender...
    Emir Yoma, con los ojos hinchados, se acomodó junto a su hermana Delia y su sobrino Yalal Nachrach. Observaban impávidos el escenario inmóvil, helados por la tragedia. Según la religión musulmana, cuando alguien se muere, su cadáver debe ser lavado cuidadosamente con agua por un religioso. Mientras esta operación se realiza, el hombre pronuncia una azala u oración para que el alma del difunto se prepare para llegar a Dios. El paso posterior consiste en envolver siete veces al muerto con un cafan o tela, dejando libre la cabeza. Al muerto se lo deposita directamente en el piso de cemento de la fosa, apoyado sobre el costado derecho de su cuerpo. El sepulcro se cierra con una plancha pesada de cemento. Y nada más. En el caso de Carlitos esta ceremonia no se pudo realizar por el estado de destrucción del cadáver y porque -según explican los entendidos- la religión musulmana prohíbe expresamente tocar el cuerpo de quien ha sido muerto con violencia.
    Emir Yoma cerró los ojos. Pensó en Zulema y un líquido amargo le inundó la boca. Pensó en Lucho, el mejor amigo de su sobrino. Recordó que lo había llamado desde San Nicolás para pedirle que entrara cuanto antes al departamento de Carlitos y retirara el contenido de la caja fuerte que estaba al lado de la cama. "Sacá todo sin que se entere Zulema y avísame", le dijo al joven, minutos después de que Carlitos dejara de respirar.
    "¿Habrá sacado todo?", se preguntó.
    Abrió los ojos y se vio envuelto por la cerrazón de la sala. El cajón cerrado, el aire denso. Ayudó a meter el féretro en la ambulancia. Salió a la calle y miró el cielo cargado de nubes. Los curiosos se apretujaban, la morbosidad en sus miradas.
    Supo en ese instante que ellos los Yoma y los Menem- nunca más volverían a ser los mismos.
    Carlos Menem mira el vaso de agua en sus manos. Alejandro Tfeli le mete en la boca un Rohipnol, el hipnótico que toma todas las noches. Necesita dormir. La casa sigue a oscuras y el silencio se quiebra por los gemidos de Zulema, que duerme en su cama, abrazada a su hija. Antes que el sopor atenúe sus sentidos, se levanta y sube las escaleras alfombradas. Necesita cerrar los ojos y soñar que está lejos de allí y que nunca va a despertar, que todo sigue igual que antes. Desde lejos le llegan los murmullos de la muchedumbre que hace cola para tocar el cajón envuelto en la bandera negra. Es de madrugada y sus hombres hacen guardia. Temerosos, intrigantes, toman champán Chandon y comen bocaditos. Imaginan estrategias absurdas o posibles. Desde el chalet a oscuras puede adivinar sus conversaciones sin temor a equivocarse.
    -¿Cómo vamos a hacer para sacarlo a Carlos de esto? Tiene que salir a hacer campaña... -se preocupa el sindicalista Jorge Triaca.
    -No sé cómo lo vamos a sacar, pero aunque sea en silla de ruedas va a tener que salir. Yo estoy juntando a los muchachos para que mañana, cuando pase la caravana para el cementerio, estén a los costados del camino con banderas. Ya vas a ver cuando este hijo de puta vea los carteles que dicen "Carlitos, mártir del peronismo". Hay que aprovechar esta desgracia. El pibe está muerto y nosotros estamos vivos. Dejémonos de joder. Como sea, hay que ganar las elecciones -responde con su vozarrón el sindicalista Luis Barrionuevo.
    Todos asienten con la cabeza. El aire de la madrugada trae extraños olores del jardín.
    -Ya saben cómo es Carlos, a la larga siempre sale -dice Miguel Angel Vicco, ex secretario privado de Menem, por esos días sobreseído del escándalo de la leche podrida-. Pero esto es más jodido. Es el hijo, che... Lo peor de todo va a venir cuando Zulema reaccione. A mí me parece que acá se va armar un quilombo...
    Emir Yoma, virtual ministro sin cartera y asiduo involucrado en las tortuosidades de la familia, guarda silencio. Un mozo, con los ojos llorosos, interrumpe la charla con una bandeja. Hay copas de champán y otras de vino.
    -Quilombos hubo siempre. Ya van a ver cómo se pone mañana cuando vaya al cementerio y vea los carteles. Y bueno, a lo mejor la muerte del pibe sirve.... Hay que esperar que pasen unos días. Cuando Carlos salga a la calle y la gente lo vea, se va a compadecer y lo va a votar -remató Barrionuevo, el hombre que se hiciera famoso con la frase "Hay que dejar de robar por dos años" y que un año antes protagonizara junto a Enrique "Coti" Nosiglia, el Pacto de Olivos, la movida política más importante de los últimos años.
    La luz del amanecer se filtra por los grandes ventanales de la residencia. Las ánimas que se apoderaron de su alma y de su cuerpo se resisten a abandonarlo. Las puede ver y siente pánico. Todavía cree que en cualquier momento sonará el teléfono y será su hijo. Que es mentira que está muerto.
    Carlos Menem se levanta, toma la pastilla para la diabetes que le alcanza Tfeli y se mira en el espejo del dormitorio. El cristal le devuelve, detrás de él, la imagen desdibujada por las sombras de su ex mujer y su hija, que duermen abrazadas en su cama.
    Mira sus manos manchadas por la vejez; en la izquierda, el anillo con la piedra negra que le dio su madre antes de morir, y que él nunca se quitó. La piedra sagrada con poderes mágicos que perteneció a su tío, un hombre importante de Damasco. Un Akil, la rama aristocrática de la familia. Mientras su secretario privado lo viste, revuelve sus recuerdos, sus culpas. Mira las manos morenas de Ramón, que le calza las medias de hilo de seda. Más allá, los zapatos negros lustrosos.

     

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