Edición Nº 1601

 

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    13 de Enero de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    ¿Mejor o Peor?

    LA desmedida cantidad de postulantes presidenciales ha llevado a algunos analistas a pronosticar el inevitable triunfo del candidato-presidente en la primera vuelta. En realidad, no es claro que eso signifique una peor situación de la oposición con relación a lo que ocurría en semanas anteriores.
    Es cierto que lo ideal hubiera sido una lista unitaria de los principales candidatos -Luis Castañeda, Alberto Andrade y Alejandro Toledo-, pero siempre y cuando la alianza se concretara con la suficiente anticipación. Dado que eso no ocurrió, juntarlos a último momento probablemente habría restado en lugar de sumar.
    Difícilmente hubieran podido realizar una campaña conjunta y posiblemente habrían dado una imagen más bien caótica y oportunista.
    Lo que sí pudo evitarse fue la participación de listas presidenciales de partidos de oposición sin chance alguna, que sólo contribuirán a la confusión, como las del Apra, UPP y Acción Popular. Ellos se justifican diciendo que si no hay un candidato unitario, también tienen derecho a postular. En realidad, a lo único que aspiran es a lograr más votos para sus listas parlamentarias y a sobrevivir como partidos.
    Sus argumentos son deleznables. Porque todos esos grupos coinciden en que lo fundamental es acabar con una dictadura que pretende perpetuarse indefinidamente en el poder. ¿Sus candidaturas presidenciales contribuyen a ese propósito? Obviamente no.
    Podían perfectamente haber lanzado listas parlamentarias, manteniendo sus legítimos objetivos de sobrevivencia política y satisfaciendo las aspiraciones de militantes y dirigentes, sin necesidad de embrollar más las cosas con fórmulas presidenciales.
    Porque no está demostrado en el caso de partidos que juegan a perdedor, que las candidaturas presidenciales tengan un efecto de arrastre. En las elecciones de 1995, todas las listas "chicas" que obtuvieron representación parlamentaria alcanzaron menos votos en sus candidaturas presidenciales que en las parlamentarias, con la excepción de Obras de Ricardo Belmont. Y agrupaciones como el FIM o el PPC, con sólo listas parlamentarias tuvieron, en ese lote, un resultado razonable.
    El supuesto inevitable triunfo de Fujimori en primera vuelta, es una idea que el gobierno ha logrado imponer y que sus ayayeros repiten sin descanso. Pero no hay nada que demuestre eso. Encuestas como las de las universidades de Lima y de Ingeniería le daban alrededor de 32% ó 33% en diciembre.
    En 1995, el candidato-presidente obtuvo 64%, en elecciones igualmente manipuladas, pero en una situación totalmente diferente. Baste señalar tres factores. Uno, en ese momento, la economía crecía al 13%. El último año probablemente ha decrecido 2% (nadie puede creer la extravagante cifra 3.3% de crecimiento anunciado por Fujimori).
    Según la encuesta de la UNI, el 51% cree que su economía ha empeorado después de una década de fujimorismo y el 19% que ha mejorado. El 70% cree que las posibilidades de un empleo estable han empeorado y el 9% que han mejorado. El 53% no cree que el candidato-presidente cumplirá su promesa de crear empleo y el 31% que sí.
    Y estos problemas económicos son los más importantes para la inmensa mayoría de la población. Es cierto que no necesariamente de esto se deduce que los electores voten contra el candidato-presidente. Pero es tangible que el terreno es muchísimo más favorable para la oposición que en 1995.
    En segundo lugar, hoy día hay una observación electoral, nacional e internacional, incomparablemente más estricta que en 1995. Los últimos informes de Transparencia sobre el padrón y de la Defensoría sobre el mitin de Castañeda en Chiclayo son un ejemplo.
    Por lo pronto, el candidato-presidente ya ha empezado a sentir el golpe, y está tratando de justificar el uso y abuso de los recursos estatales, cosa que no se molestó en hacer en 1995.
    Por último, Luis Castañeda es mejor candidato que Javier Pérez de Cuéllar y Somos Perú tiene mucho más organización que la UPP. Sin desmerecer un ápice las cualidades cívicas y profesionales del embajador, es claro que como candidato no sincronizaba con el Perú chicha de los 90. Y la UPP no tuvo, por ejemplo, la armazón de municipios y movimientos locales que ha logrado estructurar Somos Perú.
    Por supuesto, los servicios de inteligencia y las FF.AA., que están manipulando el proceso, pueden hacer también un fraude descomunal. Eso hizo otro dictador civil, Joaquín Balaguer, en República Dominicana en 1994. Y la comunidad internacional lo obligó a renunciar.
    Es insensato, pues, dejarse aplanar por la propaganda gobiernista y arrojar la toalla, como están haciendo algunos.



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