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13 de Enero de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
Oro
y Esclavos
EL 27 de diciembre, Alberto Fujimori anunció que, en vista
de que la oposición no presentaba una alternativa política
convincente, se resignaba a lanzar su candidatura para un tercer mandato
consecutivo en las elecciones del próximo abril. De inmediato,
el Colegio de Abogados, diversos partidos políticos y organizaciones
cívicas y de derechos humanos impugnaron este "nuevo golpe de Estado"
contra la Constitución -que prohíbe la reelección-,
pero el Jurado Nacional de Elecciones se apresuró a rechazar estas
tachas y a olear y sacramentar aquella candidatura que garantiza la longevidad
del régimen autoritario instaurado el 5 de abril de 1992 hasta
el año 2005, cuando menos. De este modo, aquél establecerá
dos récords: será la más larga dictadura sufrida
por los peruanos en el siglo XX y la inaugural del siglo XXI.
Así concluía un acto más de la operación política
iniciada años atrás por el gobierno con el objetivo de perpetuarse
en el poder, al mismo tiempo que, en vista del escaso apetito de la comunidad
internacional por las dictaduras, disfrazaba este acto de fuerza con formalismos
legales encaminados a revestirlo de legitimidad. De la larga secuencia,
señalemos algunos hitos: en 1996, la mayoría autómata
en el Congreso aprobó una "ley de interpretación auténtica
de la Constitución", que, en flagrante violación del texto
constitucional dictado por la propia dictadura, permitía la tercera
reelección de Fujimori. El Foro Democrático reunió
en 1998 más de un millón de firmas para convocar un plebiscito
y someter este asunto a consulta popular, pero el Congreso impidió
(inconstitucionalmente) su realización. Tres jueces del Tribunal
Constitucional que osaron impugnar la tercera reelección fueron,
manu militari, destituidos.
Al mismo tiempo, el régimen perfeccionaba su sistema de control
y manipulación del aparato informativo y continuaba, con notable
eficacia, la domesticación de la opinión pública.
Para ello, todos los principales órganos de comunicación
escrita fueron convertidos, mediante la intimidación o el soborno,
en voceros o instrumentos del gobierno, como Expreso, o puestos en atemorizada
sordina, como El Comercio, con la excepción del diario de centroizquierda,
La República, el semanario Caretas, y algún cotidiano de
restringida circulación, a fin de tener pruebas de que el gobierno
respeta la libertad de prensa. En el campo televisivo, el de mayor impacto
propagandístico, el avasallamiento ha sido total: en él
sólo se admite el servilismo abyecto. El caso más sonado
internacionalmente ha sido el del Canal 2, Frecuencia Latina, que, por
haber sacado a la luz algunos hechos luctuosos cometidos por el Servicio
de Inteligencia del hombre fuerte del régimen -Vladimiro Montesinos-,
fue arrebatado a su dueño, Baruch Ivcher, mediante triquiñuelas
legales (lo privaron de la nacionalidad peruana, enjuiciaron a su mujer
y a sus hijas y al abogado que las defendía, persiguieron y chantajearon
a sus colaboradores -por lo menos a una de ellas la torturaron- para que
declararan contra él y lo enfangaron en una campaña vertiginosa
de calumnias). Indiferente a las protestas múltiples que este atropello
motivó en el mundo entero, Canal 2 es ahora uno de los desaguaderos
informáticos de Montesinos.
Para evitar una segura condena por el caso Ivcher,el gobierno peruano
se retiró -pese a estar legalmente impedido de hacerlo- de la jurisdicción
de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con un pretexto mentiroso:
que este tribunal exigía la liberación de unos terroristas
chilenos juzgados y condenados por un tribunal militar peruano. (En verdad,
la Corte sólo había señalado que, en vista de las
condiciones anómalas de aquel juicio, aquéllos debían
ser juzgados de nuevo, de acuerdo a las normas aceptadas por los países
civilizados). La maquinaria propagandística del régimen
-dentro de la cual las oficinas encuestadoras son pieza clave- incrustó
en la opinión pública la idea de que el arbitrario retiro
del Perú de la Corte se justifica porque este tribunal es ¡cómplice
de los terroristas de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario
Túpac Amaru!
Parejamente al cerrojo echado sobre los medios existentes, el habilidoso
Montesinos propició la aparición de una miríada de
pasquines malolientes, que se venden a precio ínfimo y cuyos escandalosos
titulares a colorines destellan en los muros y quioscos, cuya función
es, de un lado, la deificación de la dictadura y sus sirvientes,
y, de otro, la descalificación y el linchamiento moral y político
de sus opositores. Amparados en la impunidad legal de que gozan -el Poder
Judicial fue puesto de rodillas e instrumentalizado por el régimen
desde los primeros días del golpe-, esas hojas, cuyos titulares
llegan a un vasto público popular, insultan, falsean, satanizan,
arruinan la reputación de todo lo que queda de limpio y de decente
en la política peruana, y, por supuesto, de este modo silencian
preventivamente a los pusilánimes, convirtiéndolos en cómplices
pasivos del régimen. La campaña de satanización más
reciente ha tenido como víctima a la congresista de oposición
Beatriz Merino, sin duda por ser una de las figuras más íntegras
y más inteligentes que ha pasado por ese innoble Congreso actual,
de soldaderas y domésticos sin honor y sin sesos.
En este contexto, que es todavía bastante peor de lo que todo lo
precedente podría sugerir, lo sorprendente no es que Fujimori se
disponga a pasar por el alegre trámite de una pantomima electoral
para continuar en el poder. Lo es, más bien, que tantos peruanos
no corrompidos ni asustados por el sistema de control de la sociedad instaurado
-a sangre, terror y dinero- por Vladimiro Montesinos y su testaferro presidencial
Fujimori, estén dispuestos a participar en la mojiganga electoral
que se avecina, y que, en la medida de sus limitadísimas posibilidades,
se movilicen detrás de las candidaturas de Alberto Andrade, y de
Luis Castañeda Lossio, o los demás candidatos de la oposición.
Su gesto es nobilísimo, desde luego, y también temerario,
pues saben a lo que se exponen: a ser investigados y esquilmados por la
SUNAT (el servicio de contribuciones es una de las más eficaces
armas de extorsión del régimen cara a las personas de ingresos
medio y alto), a ser objeto de abominables operaciones de vilipendio,
a perder sus trabajos o sus bienes, o, más expeditivamente, a ser
golpeados o asesinados por los escuadrones de la muerte, que arma y teledirige,
desde los sótanos siniestros de Las Palmas y el Pentagonito (Cuartel
General de las Fuerzas Armadas), el celebérrimo capitán
Vladimiro Montesinos, que, luego de ser expulsado del Ejército
y encarcelado por traidor y de ejercer como abogado de narcotraficantes,
ha pasado a presidir, en los hechos, por persona interpósita, los
destinos del Perú.
¿Hay, acaso, la menor posibilidad de que esas elecciones sean libres,
de que en ellas se exprese la voluntad popular de los peruanos? Nada quisiera
tanto como equivocarme, pero estoy seguro que no la hay, que los resultados
electorales de aquella mascarada ya están decididos por el verdadero
poder, que es el el Servicio de Inteligencia, ni más ni menos el
que en 1950, cuando el dictador Odría, para "legitimarse", compitió
en unas elecciones en las que, hombre precavido, hizo encarcelar previamente
a su único competidor. Un amigo que me escuchaba este razonamiento,
me repuso: "En un proceso electoral, siempre hay imponderables. Por más
purgado que haya sido por Montesinos, el Ejército está lleno
de oficiales profesionales que desprecian a semejante sujeto. Pueden darle
la espalda y dejar que las elecciones sean libres. Si es así, Fujimori
será barrido, porque dos tercios de los peruanos ya han abierto
los ojos y están hartos del régimen". La verdad es que depositar
las esperanzas en esta hipótesis me parece tan ingenuo como creer
que la democracia volverá al Perú gracias a un supuesto
cáncer en la lengua de Fujimori (he escuchado repetidas veces esta
profecía).
La democracia no volverá al Perú porque un grupo de militares
se cansen de Montesinos o porque una enfermedad anule a Fujimori, su hechura
y fantoche. Volverá cuando el disgusto y el hartazgo de la sociedad
peruana con el sistema autoritario que se ha instalado allí sean
irresistibles y el rechazo de la mentira, los atropellos, los robos y
los crímenes que comete el poder precipiten una movilización
tan poderosa que haga desplomarse todos los aparatos de control e intimidación
actualmente vigentes. Entonces, comenzará la previsible carrera
de las ratas, la dictadura perderá su base de sustentación
-el dinero y las armas- y se abrirá una nueva oportunidad para
la libertad y la legalidad en el Perú.
Que nada de ello está próximo, lo demuestra el formidable
despliegue de cómplices y reclutados entre la "elite" que el régimen
se ufana en exhibir, con la ingenua pretensión de mejorar su imagen
(Variopinta estrategia nacida de aquel dictum de Simone de Beauvoir: "Nadie
es un monstruo si lo somos todos"). Para acompañarlo en la plancha
presidencial, Fujimori ha elegido a Francisco Tudela, un diplomático
y víctima del secuestro colectivo perpetrado en la embajada del
Japón por el MRTA, que tenía fama de honesto. Si lo fue,
ya no lo es, ya encontró el precio de su integridad política,
como el canciller De Trazegnies, o el premier Bustamante, y un puñado
de otros que, en nuestro módico mercado intelectual, académico
o profesional, parecieron en algún momento respetables. Pero, es
un grave error del régimen creer que alquilando estos falsos prestigios,
se prestigia: en verdad, revela la pobre estofa de que está embutida
buena parte de la clase intelectual peruana, y lo barata que es.
En una de las más feroces diatribas que salieron de su pluma, Simón
Bolívar dijo que la sociedad peruana estaba hecha de "oro y esclavos".
Resumía así el asco que le dieron el servilismo y los halagos
con que lo abrumaron las ricas familias limeñas, que se echaron
a besarle los pies, con la misma unción que lo habían hecho,
antes, con San Martín, y, antes, con los virreyes españoles,
y la tristeza que le causó esa masa popular casi anulada por la
brutalidad de la explotación y los extremos de miseria en que vivía.
Desde luego que en la historia republicana del Perú hay muchos
ejemplos admirables de peruanos que, con sus ideas y sus acciones, o con
ambas conjugadas, han tratado de desaparecer esa atroz tradición
de sometimiento servil o pasividad resignada que es el caldo de cultivo
que ha hecho florecer a nuestras incontables dictaduras. Pero todos ellos
-un Bustamante y Rivero, un Belaunde Terry, para citar a dos entre los
últimos- fracasaron en su empeño de arraigar la democracia
-la civilización- en suelo peruano, y terminaron derrotados por
regímenes que restablecían aquella antiquísima herencia
autoritaria.
La dictadura actual es el último engendro de aquel linaje. No es
menos brutal que otras, pues tiene muchos muertos, torturados y desaparecidos
en su haber. Pero, ha refinado sus métodos, y, además de
la violencia física, emplea el "oro" de los ricos y de los que
enriquece en turbios negocios, a manos llenas, para autopromocionarse
y mantener anestesiada y sumisa -esclava- a una gran parte de la población.
Nunca en la historia del Perú la clase empresarial se ha consustanciado
tanto con una dictadura como con ésta, por miedo a Montesinos,
sí, pero, también, porque ese contubernio es el camino más
corto -en verdad, el único- hacia el éxito económico.
Y probablemente, nunca antes, pese a la gravísima crisis económica,
a la recesión, al desempleo, a las quiebras, a los abusos sistemáticos
contra los derechos humanos y a la falta total de garantías, ha
habido tantos peruanos resignados al oscurantismo político.
¿Los lúcidos y limpios, los que resisten, los que no se
han dejado engañar ni comprar ni asustar por el régimen,
deben aceptar participar en unas elecciones fraguadas de principio a fin
y en las que se les ha asignado el papel de comparsas? Yo pienso que no,
que deberían recusarlas en bloque, y dejar a Montesinos, Fujimori
y la canalla a su servicio la exclusividad del aquelarre.
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© Mario Vargas Llosa, 2000.
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