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ARTÍCULO
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3
de Febrero de 2000 |
Día
Que Estalló Lima
El 'Limazo'
Hace 26 años,
el 5 de febrero de 1975.
Escribe
ENRIQUE ZILERI GIBSON
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Arde
el Centro Cívico y amenaza al diario Correo entonces tomado
por el gobierno militar. A la derecha, un saqueador pierde un pie.
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Esta
semana, en la que invasiones de tierras promovidas por elementos del propio
gobierno han generado conatos de violencia masiva, coincide con el `Limazo'
de 1975 -esa orgía de vandalismo y saqueo desaforado que demostró
que las grandes ciudades de países como el Perú, en las que
el bienestar y la miseria contrastan dramáticamente, la química
social es inestable y el estallido siempre posible si se juega irresponsablemente
con las ilusiones legítimas de la gente.
EL 5 de febrero de 1975 empezó para mí con una llamada
telefónica a las 5 de la madrugada:
-¿Sabe usted que hay una revolución?- dijo una mujer anónima-.
¿Que en este momento el ejército está atacando al
cuartel de Radio Patrullas en la Victoria?
Me vestí apresuradamente y dirigí mi entonces muy trajinada
carcocha hacia la avenida 28 de Julio, escuchando los disparos a medida
que me acercaba. De vez en cuando el tronar de una ametralladora pesada
opacaba al resto.
Ya clareaba el día cuando alcancé, como parte de un gentío
excitado, la esquina con Andahuaylas, divisando el muro del cuartel y
un patrullero aplastado frente al portón principal.
Un tanque le había pasado por encima derribando el portón
y terminando con toda resistencia.
Vi un charco de sangre al lado de una pared lateral marcada por impactos
de bala y en el vecindario circulaban versiones de una masacre dentro
del cuartel, y de la fuga de guardias hacia las casas aledañas.
Después la agencia Reuters hablaría de 30 muertos en Radio
Patrullas mientras el gobierno reduciría las bajas a 6.
Con los diarios confiscados, y la radio y televisión tomadas por
el gobierno militar, la mayoría de la población no estaba
al tanto de que había una huelga policial. Esta se originaba en
un reclamo salarial, pero lo que había desatado la confrontación
era un incidente ocurrido en Palacio, en el que un general había
abofeteado a un guardia por permitir que un periodista se acercara demasiado
al auto presidencial.
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Cacería
en la avenida Emancipación. A las bajas frente a la tienda
de ropa nadie las toca. Derecha, Cuando los gases lagrimógenos
no sirven para nada.
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Unos 1.000 policías se habían concentrado en Radio Patrullas,
el cuartel de la 41 Comandancia, en gesto de rebeldía y protesta
el día anterior, y la ciudad estaba sin custodios.
Las negociaciones durante la noche fracasaron y a las 3 de la madrugada
el cuartel fue rodeado por tropa y blindados, los que atacaron después
de que un coronel diera un cortísimo ultimátum, de diez
segundos, con un megáfono.
Un fotógrafo de CARETAS, Juan Vilca, había logrado ingresar
al cuartel el día anterior, e intenté hacer averiguaciones.
Fue imposible acercarse y los que buscábamos cruzar la calle éramos
alejados con tiros al aire. Era el epílogo nervioso de la batalla.
(Después resultó que Vilca estaba apresado en la Prefectura.)
Un grupo de policías fue sacado con las manos en la nuca por la
puerta de Bausate y Mesa, pero cuando llegué después de
dar el rodeo necesario ya habían desaparecido.
Aparecieron los diarios sin una palabra sobre los acontecimientos y hubo
gente que en su indignación rompió ejemplares en la calle.
Entonces llegaron las primeras versiones que estaban saqueando tiendas
en la Plaza Manco Cápac, y caminé hacia allá en una
zona desprovista de vehículos y con mucha gente que corría.
Algo de desbarajuste capté antes de divisar con alarma las primeras
columnas de humo en el centro de la ciudad y me dirigí apresuradamente
hacia allá. En la Vía Expresa yacía una caseta de
tránsito arrojada desde un puente.
A llegar a la Plaza San Martín y asomarme al Jirón de la
Unión presencié la primera escena de saqueo masivo. Al parecer
los comerciantes habían sido sorprendidos sin tiempo para bajar
las cortinas de seguridad. Hombres y mujeres salían cargados de
ropa, artefactos eléctricos, comestibles y todo tipo de artículos,
y a veces algunos de los saqueadores que llevaban una carga excesiva eran
despojados por otros. A lado mío se detuvo un motociclista con
casco para observar también, y después de comentar con un
extraño estusiasmo "¡qué bestias, ¿no?!", partió.
Llegué a la revista para reclutar reporteros y fotógrafos
porque la edición había cerrado el día anterior,
pero ya todos habían acudido y estaban trabajando. Volví
a salir.
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Entrando
y saliendo en el saqueo nadie ayudó al herido, que se desangró.
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El caos era cada vez mayor y más destructivo. Una inmensa humareda
se cernía sobre la ciudad. Provenía del incendio del Centro
Cívico, donde el ministro de Comercio general Luis Arias Grazziani
había salido con una metralleta para intentar impedir la acción
de los vándalos.
El local del Círculo Militar en la Plaza San Martín fue
despanzurrado y se dice que alguien entró con una tea al Club Nacional,
pero que al encontrarse con el entonces presidente de la institución
Miguel Mujica Gallo, optó por salir desconcertado, `Gaviota' le
habría dicho en los términos más enérgicos:
"¡Jovencito, aquí está prohibido fumar!"
Los locales de los diarios Correo, Expreso y La Crónica en poder
del gobierno fueron atacados, pero la borrachera del saqueo no tenía
necesariamente bandería política y del vandalismo tampoco.
El gobierno recién reaccionó a las 2 de la tarde cuando
salió una columna de tanques de la División Blindada y tropa
de otros cuarteles.
Una turba se había acercado a la embajada de los EE.UU. amenazadoramente
cuando se oyeron algunos cañonazos de advertencia y un diplomático
norteamericano acuñó una frase notable: "¡Gracias
a Dios por los tanques rusos!"
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El
desorbitado fenómeno fue la pena de muerte del velascato.
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Entonces comenzó la verdadera balacera. En los manuales de los
corresponsales de guerra se dice que más seguro resulta alejarse
de las calles silenciosas en ciudades convulsionadas, porque allí
están los francotiradores y los polígonos de tiro más
peligrosos. Ese principio no regía el 5 de febrero de 1975 en Lima.
Los disparos podían venir de cualquier esquina con patrullas de
soldados novatos -muchos serranitos imberbes- con el corazón acelerado
y el dedo en el gatillo.
Fuimos optando por observar los acontecimientos desde el techo del edificio
La Nacional y algunas de las memorables fotos de estas páginas
fueron captadas desde allí.
El blanco del saqueo era una tienda de ropas El en la Av. Emancipación.
En la acera yacía un muerto y un herido que se desangraba, pero
la turba pasaba sobre ellos al entrar y salir cargada de lo que quedaba.
Periódicamente una tanqueta aparecía para espantar a la
gente, disparar hacia el interior del local como quien lo fumiga de insectos,
y seguir su ronda.
El muerto y el herido permanecían allí, y los saqueadores
volvían a aparecer para llevarse los restos: un cenicero, un inodoro.
A lo lejos vimos un helicóptero que parecía disparar hacia
Chacra Colorada.
Se supo que el gobierno había decretado un toque de queda que regiría
a partir de las 8 de la noche. Recordé que había dejado
mi auto en La Victoria, pero con tanto saqueo consideré que nadie
prestaría atención a semejante vejestorio. Así fue.
Al retirarnos de la azotea observamos a un desconocido junto a nosotros,
un chico de unos 15 años, que llevaba puesto un terno nuevo que
le quedaba enorme.
Al darse vuelta vimos la etiqueta y el precio. Lo sujetamos, le dimos
un sermón y un buen susto, pero después lo soltamos quitándole
la etiqueta de la manga. No le fuera a caer un tiro.
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Advertencias
de grueso calibre.Derecha, Saqueando los restos.
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LA SEPARATA
CARETAS logró imprimir un encarte de ocho páginas que
apareció con la edición Nº 509 un par de días
después. El gobierno pronto la requisó, pero sólo
parcialmente. Los canillitas escondían los ejemplares y luego los
vendían a buen precio.
Ante este fenómeno el departamento de Doris Gibson, que quedaba
en el mismo edificio La Nacional, fue allanado cortés pero infructuosamente.
Después ella viajó a Arequipa con una maleta llena de los
ejemplares prohibidos, como si fuera un cargamento de heroína.
Aventuras de la época, pero lecciones para el futuro.
Lima es una de esas ciudades que puede explotar en cualquier momento,
Los gobiernos autoritarios que juegan con las expectativas del pueblo
pueden estimular el caos y la violencia, y después verse obligados
a tomar las medidas más drásticas para restaurar el orden.
El `Limazo' dejó más de 100 muertos comprobados, por lo
menos 1.000 heridos de bala y daños materiales enormes. El toque
de queda se mantuvo durante meses. Fue la condena de muerte del velascato.
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