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ARTÍCULO
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3
de Febrero de 2000 |
Mancora
El Cielo Está En El NORTE
Dios es piurano
y veranea en Mancora. Cronica de un mundo mejor a 1600 km de Lima.
De
humilde caleta de pescadores bendecida con clima ideal y playas soñadas,
Máncora se ha convertido en la versión norteña de
un paraíso asequible y sin pretensiones. Limeños llegan
a ella y no vuelven más. Gracias a convenio con PromPerú,
CARETAS estuvo en sus arenas. Casi se queda.
Escribe JAIME BEDOYA
Fotos VICTOR CH. VARGAS
1. El Arco Turístico
HAY un zorro en medio de la carretera. Es de noche y la pick up que
viene desde Talara no tiene radio, tampoco buenos frenos. Atropellando
su cola sería un trofeo. Yo la quiero dice el copiloto. El zorro
no se mueve. En vez de huir se diluye en el asfalto como una sombra desactivada.
Siete segundos. Su mirada resplandece luego en el espejo retrovisor. El
era apenas un centinela. La naturaleza reposada del norte, lejos de ingenuidad
silvestre, es control sutil de espacios, tiempos y densidades. El umbral
estaba a un kilómetro de ahí.
No se entra a Máncora sin pasar por él. Al atraversarlo
la medición del tiempo se altera, la gracia se instala en los cuerpos,
el ánimo se atempera. Algunos cambios, salvo el primero, suelen
notarse a partir de las seis horas de cruzarlo. De no ser así consulte
a un especialista.
Semicircular y fosforescente, el umbral marca la inmovilidad del kilómetro
1661 de la Panamericana Norte. La fría señalización
de carretera pretende hacer pasar por alto su verdadero poder:
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Muralismo
submarino y verdad al plato en La Espada.
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Atención: en 200 metros,
Arco Turístico (altura 8,40m.).
Decenas de reflectores fosforescentes, de aquellos que llevan al
final del tapabarro posterior las bicicletas en trance de ser arrolladas,
siguen la elipsis del arco. En la cumbre del mismo el escudo de Máncora
honra lo significativo de la comarca: dos merlines, un algarrobo, una
tabla hawaiana. Un lema recorre y corona secretamente al visitante mientras
pasa: Máncora, paraíso del turismo y del amor. Los
camioneros sonríen, pero respetan. Examinado de cerca es posible
comprobar que El Arco Turístico1 está siendo depredado:
faltan varias de las circulinas fosforescentes, pues los forasteros se
las llevan como talismanes de serenidad. Quedan resueltas algunas inexplicables
sonrisas lejos de la playa.
2. Las Reglas
En Máncora un minuto dura media hora. Media hora es una semana.
Hay gente que tiene 90 años, pero éstos se dejan sentir
como sólo 30 vividos sin prisa. Igual ocurre con las distancias.
"A la vuelta" es una expresión que puede abarcar 1000 kilómetros,
o en efecto, cinco pasos. Los posibles problemas de desplazamiento que
esta amplitud de banda semántica provoque se concilian mediante
la hibridez del mototaxi. Consecuentemente, las prioridades se reordenan.
Entre las posesiones, difícilmente algo desplaza al traje de baño
o las sayonaras2 como bienes irrenunciables. El resto son accesorios de
distinto grado de inutilidad.
A los limeños se les llama colorados, nadie tiene vuelto de 100
soles y cada hombre tiene, mínimo, tres mujeres que querer, alimentar
y adorar como única diosa marina.
La gente llega a esta ciudad por distintas razones, pero todas éstas
dejan de ser importantes a partir de la aceptación de sus reglas,
ceremonia que suele pactarse con una primera inmersión en sus aguas
después de las 5:45 de la tarde y la posterior contemplación
de los rastros de sangre que la pesca del día deja en el muelle.
Hay un acento mancorino inclusive, pero éste es opcional.
3. Mancorinas.
María es la bruja residente del lugar. Bruja no es palabra justa.
María es huesera y doctora de chucaques. Si bien instalada en Máncora,
María es de la selva y para recordarlo tiene pieles de jaguar en
las paredes de su casa, ahí, a la vuelta, detrás de una
capilla al lado de la carretera. El chucaque3, usualmente contraído
al pasar una vergüenza pública, implica un riesgo de muerte.
Otras nociones básicas: cuando sale la luna llena convulsionan
los que comen chancho. Con la luna llena las cicatrices duelen más.
En Máncora jamás se vende sal de noche4. Toda chita que
pretenda ser a la sal debe tener en cuenta este factor5.
Pilar Yrigoyen, campeona nacional de tabla 1988, llegó hace cuatro
años siguiendo la perfección de la ola de Cabo Blanco. Desde
entonces su edad es indeterminada. Recuerda vagamente que dejó
algunas cosas en Lima. Ahora la mayor parte del tiempo está descalza.
En su vida hay niños y un satélite. El satélite está
a miles de kilómetros de altura, registra las mareas en Hawaii,
las transmite vía Internet, llega a una computadora y Pilar tiene
una semana para prepararse: es lo que demoran las olas en viajar de Hawaii
a Piura. A los niños les enseña a correr olas. Su esposo
Coqui extraña de Lima el Burger King. Ella, por su parte, hace
el mejor alfajor de Máncora.
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Los
Ríos, limeños mancorinos por adopción, que
donde habia barro han hecho un hotel. Derecha: Pequeña alumna
perdiendo miedo al mar de manos de la profesora Pilar Yrigoyen.
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4. Abastos.
El restaurante La Espada fue fundado en los años '50. Así
lo testimonia una inscripción difícil de ubicar en la fachada.
Al interior connotados murales marinos propios de la degustación
nacional de productos hidrobiológicos pueblan las paredes. Destaca:
un inmenso atún, sombra pacífica aunque acechante detrás
de desaprensivo buzo. El artista, autor del gigantismo marisquero de las
mejores cebicherías del pueblo, vive a la vuelta, cerca a la reencauchadora
Como Cañón II. Hay mancorinos a favor de acabar con
la tradición de almorzar siendo observado por el ojo de un calamar
gigante pintado al duco. Intimida al comensal, ningunea la escala real
del marisco, son algunos de los argumentos en debate.
Existe, por si acaso, La Espada II. Es una terraza, eso la define y privilegia.
Goza de vista al mar, a una comisaría donde básicamente
no hay nada que hacer6, y a un viejito que con su honda espanta a los
cóndores que se posan en las cercanías de La Espada II.
La limpieza de la caca de cóndor exige una complicada combinación
de ayudín, sapolio y thinner.
Sobre la carretera, apostando contra el sueño y cansancio de un
camionero fatal, reposa la juguería Las Delicias. Plátanos,
piñas, y naranjas7 ecuatorianas, saben muy bien. La hegemonía
se compensa gracias a un tv-radio, típico electrodoméstico
multiuso de origen fronterizo, que transmite esporádicamente programación
nacional. Cuando la licuadora se ocupa de una fruta, el efecto centrífugo
se traslada a la pantalla. La vitamina está en la cáscara.
5. Los Corales
Ya vengo, me voy a correr tabla a Máncora. Así le dijo
César Ríos a su novia Sandra en 1992. A los pocos días
César empezó a olvidar, no a Sandra, sino a Lima. Se compró
lo que sería la primera combi de Máncora y empezó
a trasladar pasajeros desde los aeropuertos de Talara y Tumbes. Estudiaba
ingeniería, lo dejó por la ola de Cabo Blanco. Un tanto
desesperado por la soledad, se iba a Cancas a buscar conversación
en medio de la turba de moscas que hacen de esa caleta la más sucia
del Perú. Sandra ven, llamaba. Sandra fue. La antigua Panamericana
Norte se había deshecho en 1982. Había un terreno de lodo
y piedras donde la gente parqueba su auto. César lo compró
por 7 mil dólares. Has pagado demasiado, le decían. Inauguraron
el hostal Los Corales en el '93.
Los Corales tiene ocho cuartos y tres grandes temporadas anuales: fin
de año, Semana Santa, 28 de Julio. De estas tres fechas se tiene
que vivir. Hasta hace poco había desabastecimiento, como la vez
que desapareció el pollo y el agua tónica y todo aquél
adicto al ave y al vodka sufría de preocupante neurosis ajena a
la localidad. Su hija va al colegio en Organos, la carretera recién
ha sido afirmada. El cerro no deja pasar la señal de radio. Han
llegado al 2000 sin luz eléctrica. Ya no son limeños. Y
no les molesta para nada.
6. Tunnus Rex
Máncora tiene 8 mil habitantes y 100 especies de pescados. Toda
la gente es buena, pero hay un pescado que es el mejor.
El atún es un pez crucero. Nada casi constantemente. Goza de gran
poder vascular y de elaborada red arterial que lo mantiene siempre más
caliente que el agua: El calor aumenta su velocidad. Busca peces de sangre
fría a lo largo del peñerío que baja desde Cancas
hasta Cabo Blanco a velocidades que pueden alcanzar los 80 Kph.
Los medallones de atún, bañados en leve salsa8, se doraban
lentamente en la parrilla. Nadie había leído una noticia,
visto un termómetro o usado medias en 40 años. Había
atún crudo también, obscenamente rojo y aeróbico
sobre un plato virgen. La carne se deshacía en la boca como un
delicioso pecado de mar pleno de vitamina B6.
En 1629 el rey de España adjudicó la hacienda de Máncora
al capitán Martín Alonso Granadino. El origen del nombre
se remonta a una leyenda en la que un pescador, al que le faltaba un brazo,
rezaba puntualmente en el muelle al caer el sol pidiendo encontrar al
culpable de su mutilación. Se hablaba de un atún gigante
de 200 kilos, tuerto y de aleta azul que no se había dejado pescar.
No se encontrará a nadie que quiera confirmar esta versión.
Así son las leyendas.
________
1 Según acuciosa investigación un día de semana
al mediodía con 33 grados a la sombra en la Municipalidad de Máncora,
el Arco Turístico fue concebido por el ex alcalde Florencio Olivos,
hoy prestigioso locutor radial de la localidad.
2 Simples, eficientes y relativamente inodoras a pesar de su cercania
al pie, lamentablemente están siendo sacadas de circulación
por reencarnaciones contemporáneas de todo tipo.
3 Síntoma: inexplicable dolor de cabeza agudo.
4 Tampoco agujas.
5 En 1974, la bodeguita El Pacazo vendió una bolsa de sal
yodada a las 7 y 10 p.m. Esa misma noche un siniestro devoró el
lugar, mientras que tres comensales se atragantaban con las espinas de
un mero a la sal cuyo arroz que debía servir de acompañamiento
también acabó quemándose.
6 Salvo el penoso incidente de El Pacazo (aún en investigación)
el crimen no existe en Máncora.
7 Ironía adicional: se llaman Santa Rosa. Devuelvan Tiwinza.
8 Miel y sillau. César Ríos no quiso decir más.
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