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11 de Febrero de 2000 |
Por
FERNANDO ROSPIGLOSI |
Ilusiones
Parlamentarias
SEGUN todas las empresas encuestadoras, el candidato-Presidente
ganará las elecciones del 9 de abril, pero no tendrá mayoría
en el Congreso. Mucha gente, incluida casi toda la oposición, cree
lo mismo. Todos olvidan que exactamente esa misma historia se contó
antes de las elecciones de 1995, con los resultados que conocemos.
Ni el candidato-Presidente ni sus ayayeros, como él mismo los llama,
dicen nada al respecto. Pero por lo bajo deben estar alentando esa suposición.
Les conviene que muchos imaginen eso. Es decir, que se resignen a un nuevo
gobierno de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori, pero esta vez con
controles y contrapesos.
Eso es, por supuesto, una reverenda tontería. Si ellos ganan nuevamente
las elecciones, se las arreglarán para mantener el control absoluto
de las instituciones que teóricamente deberían fiscalizar
y equilibrar el poder del gobierno, incluyendo el Congreso.
En las elecciones de 1995 ocurrió un hecho sin precedentes. Con
poco más de nueve millones de votantes el día de las elecciones,
hubo sólo cuatro millones trescientos mil votos válidos
para el Congreso. Y en medio de la confusión de millones de votos
perdidos, la lista oficialista se hizo de una holgada mayoría.
Que, además, incrementó con el transcurrir del tiempo.
En el hipotético e indeseable caso que el Presidente-candidato
se haga reelegir nuevamente, no cabe duda que sucederá lo mismo.
Se las agenciarán para obtener mayoría en la urnas. Y si
no la obtienen, la conseguirán después comprando, chantajeando
o intimidando al número de congresistas que necesiten.
Y eso, la verdad sea dicha, es relativamente sencillo de hacer, contando
con un aparato como el de los servicios de inteligencia, que tienen todos
los medios imaginables a su alcance para extorsionar, sobornar y amenazar
a quien les venga en gana.
Teniendo en cuenta, además, la clase de congresistas que van a
llegar al hemiciclo. En las últimas semanas se ha podido ver la
pugna feroz por ocupar un puesto en las listas. Y cómo algunos
aspirantes pasaban de una a otra en cuestión de horas. Y otros
que negociaban simultáneamente con cuatro o cinco agrupaciones,
hasta quedarse en la que mejor ubicación les ofrecía.
¿Alguien en su sano juicio puede imaginarse que esos candidatos
una vez llegados al Congreso van a mantener algún tipo de lealtad
con la agrupación que los acogió? ¿No ha sido en
varios casos una simple y clara transacción comercial (tú
pones tanto para la campaña y vas en tal puesto)?
Naturalmente, habrá algunos congresistas leales, convencidos, trabajadores,
capaces. Pero probablemente, serán los menos. Sin partidos, sin
ideologías ni programas, sin convicciones, sin trayectorias previas
que evaluar, es imposible que se produzca el milagro que aparezcan de
la nada bancadas parlamentarias sólidas.
Eso lo sabe el gobierno. Lo saben incluso, algunos de los que postulan
en partidos de oposición, que van con el definido propósito
de vender su voto y su conciencia al mejor postor, si ocupan una curul.
Y no hay mejor postor que quien tiene el poder.
En suma, el gobierno puede manipular las elecciones parlamentarias como
lo hizo en 1995. Y si eso no le alcanza, comprará los congresistas
que le falten, en un ambiente propicio para ello.
Adicionalmente, la oposición -siempre en el hipotético y
catastrófico caso de una re-reelección- estará tan
o más dispersa que en el actual Congreso. Es decir, difícilmente
conformará un bloque unificado dispuesto a frenar la tropelías
del gobierno.
Por último, hay que señalar que este Congreso es estructuralmente
débil. Una sola y ridícula cámara de 120 miembros,
elegidos por distrito nacional único, no tiene raíces sólidas
en la población. La cúpula civil-militar que gobierna lo
ha diseñado expresamente así, precisamente para evitar cualquier
posibilidad de control y fiscalización.
Ellos alientan y permiten los sueldos desmesurados para un país
como el Perú -probablemente cien o ciento veinte mil dólares
al año-, para adormecer conciencias y a la vez desacreditarlos
ante la población. De esa manera, el Congreso no representa ningún
peligro real para el verdadero poder.
No está mal, por cierto, que políticos honrados, decentes
y capaces traten de alcanzar una curul. Pero es una necedad completa pensar
que el Congreso puede contrapesar al gobierno de los servicios de inteligencia
y la cúpula militar.
La única batalla importante y merecedora de todos los esfuerzos
es la de la elección presidencial. El resto sólo debería
contribuir a ello. Sin embargo, para muchos, el único combate que
cuenta es el de su propia pelea por una curul, para asegurarse cinco años
de estipendios suculentos y algo de notoriedad.
Email:frospig@amauta.rcp.net.pe
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