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11 de Febrero de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
Fujimorazo
En Ecuador
EL derrocado presidente de Ecuador, Jamil Mahuad, dijo que el
operativo militar que lo defenestró fue "una cantinflada", y sin
duda tuvo algo de razón, porque también fue eso. Pero olvidó
añadir que él mismo contribuyó a dar ribetes payasos
al confuso episodio, con su contradictoria actuación. ¿Acaso
no condenó el primer golpe, el de los coroneles, negándose
a renunciar, para luego pedir apoyo al segundo golpe, el que entronizó
en la Presidencia al vicepresidente Gustavo Noboa, y, finalmente, declarar
que él nunca había renunciado sino sido echado del poder
por la fuerza armada y que, por lo tanto, el gobierno actual carece de
legitimidad? ¿En qué quedamos? ¿Cómo se puede
pedir apoyo para algo que al mismo tiempo se rechaza y condena? ¿No
es eso un ejemplo prístino de la confusión mental y verba1
-existencial- que inmortalizó, en sus películas, el genio
de Mario Moreno, Cantinflas?
Lo ocurrido en Ecuador tiene aspectos cómicos y rocambolescos -subdesarrollo
político en estado prístino-, pero nadie debería
festejarlo, pues significa, pura y simplemente, que, siguiendo el mal
ejemplo peruano de Fujimori, y el venezolano del comandante Chávez,
otra democracia latinoamericana, después de prostituirse, acaba
de desaparecer y de ser reemplazada por un régimen autoritario,
que, aunque mantiene una fachada de civilidad y 1egalidad, es en verdad
manejado por las Fuerzas Armadas. En el trágico suceso cabe una
responsabilidad mayor en este caso al Congreso ecuatoriano, una mayoría
de cuyos miembros, por temor, o más probablemente por codicia -conservar
sus sueldos y sus gangas-, colaboraron con los militares felones en el
legicidio constitucional. E1 detalle pintoresco y trágico lo aportó
una masa campesina de indios explotados y marginados, que, creyendo rebelarse
contra la miseria y 1a injusticia, sirvieron de coartada a los golpistas
castrenses para presentar la defenestración del legítimo
mandatario de Ecuador como un movimiento de "salvación social".
El principio del fin de la democracia ecuatoriana comenzó unas
semanas atrás, cuando el Presidente Mahuad legalizó la dolarización
de una economía en bancarrota, víctima de un desmesurado
déficit fiscal y un proceso inflacionario imparable. Desde que,
el año pasado, el gobierno congeló las cuentas bancarias,
y anunció que no estaba en condiciones de cumplir con sus obligaciones
internacionales en el pago de la deuda, el clima de agitación se
había ido agravando hasta alcanzar contornos críticos. En
verdad, la dolarización ya había ocurrido, por la libre,
cuando el Presidente Mahuad la oficializó, pues es lo que ocurre,
de manera inevitable, cuando los precios se disparan y la gente común
siente que la moneda nacional se le escurre como agua entre los dedos:
se libra de ésta cuanto antes, cambiándola en dólares,
y lo mismo hicieron comerciantes e industriales fijando los precios de
las mercancías en divisas en lugar de sucres, para reemplazar el
caos con una relativa estabilidad.
La dolarización no fue la causa sino el efecto de una crisis inexplicable
e injustificable en términos estrictamente económicos en
un país como Ecuador, que, además de petróleo, dispone
de otros múltiples recursos naturales, que venía incubándose
en razón de la incompetencia, la demagogia y la corrupción
de unos gobiernos democráticos, cuyo extremo más ominoso
encarnó el inefable ex Presidente Bucaram, ahora prófugo
en Panamá. Pero ella sirvió para que una ciudadanía
maltratada por la brutal subida de los precios y la inseguridad y el miedo
que produce todo proceso inflacionario, identificara un culpable concreto
a quien responsabilizar de sus males: el Presidente Jamil Mahuad. En verdad,
este economista graduado en Harvard, y, por lo que parece, honesto, sólo
podía ser acusado de indecisión y de cobardía para
hacer las reformas debidas, y, acaso, de cierta torpeza política,
pero no de ser el causante de un embrollo económico debido a una
política "neoliberal", que, para desgracia de Ecuador, no se atrevió
jamás a emprender.
Así comenzó la mojiganga. La Confederación de Nacionalidades
Indígenas (CONAIE), dirigida por Antonio Vargas, decretó
una marcha campesina hacia Quito de sesgo inequívocamente insurreccional.
Varios millares de campesinos -el sector más empobrecido y explotado
de la sociedad ecuatoriana- convergieron sobre la antigua ciudad, movidos
por una justificada cólera, pero totalmente inconscientes de ser
utilizados por una cúpula militar con un designio secreto, y, sin
disparar un solo tiro, ante una insólita pasividad de soldados
y policías, la ocuparon, posesionándose incluso del local
del Congreso. En estas circunstancias, la jefatura militar, encabezada
por el general Carlos Mendoza, jefe del Ejército y ministro de
Defensa, el Fouché de esta historia, propuso a Mahuad -según
una versión de éste que parece verosímil- un fujimorazo,
es decir, cerrar el Congreso y hacerse con el poder total manteniéndolo
a él en la Presidencia, propuesta que el Presidente derrocado rechazó.
Entonces, fue depuesto y se instaló una Junta de gobierno cívico-militar
integrada por el general Mendoza, el líder indígena Antonio
Vargas y el presidente del Tribunal Supremo Carlos Solórzano, y
auspiciada por el coronel Lucio Gutiérrez, líder de una
facción de oficiales jóvenes de ideas socialistas que apoyaban
la rebelión indígena, a los que se sumaron, entre otros
estamentos castrenses, los ciento veinte cadetes de la Academia Militar.
Según la prensa norteamericana, hay en este momento una discreta
reunión del embajador de Estados Unidos con los jefes militares
facciosos, a la que asiste, además del general Mendoza, el jefe
del Comando Conjunto, general Telmo Sandoval. El embajador les hace saber
que Washington desaprueba el golpe de Estado y que, en consecuencia, Ecuador
sería declarado inelegible para recibir cualquier clase de ayuda
financiera y convertido en un paria internacional. Entonces, para "salvar
al país del desprestigio y las sanciones", la cúpula golpista
se autodefenestra, y con la entusiasta colaboración del general
Mendoza, salva la democracia, reemplazando el golpe por sólo un
medio golpe, es decir instalando en la jefatura del Estado, en vez de
Jamil Mahuad, al vicepresidente Gustavo Noboa. El Congreso aprueba la
fórmula, justificando la sustitución de mandatarios con
un exquisito eufemismo: Mahuad habría hecho "abandono del cargo".
El nuevo Presidente jura respetar la Constitución, anuncia que
mantendrá las políticas de dolarización y de ajuste
dictadas por su predecesor y que combatirá la corrupción.
Los coroneles rebeldes son puestos en disciplina y el general Mendoza
renuncia a la jefatura del Ejército y al Ministerio, denunciando
al ex Presidente Mahuad y a sus ministros de lo que éstos lo acusan
a él: de haber querido propiciar un fujimorazo ecuatoriano. Los
desconcertados indígenas son devueltos a sus comunidades -a su
hambre y marginación- y, en conferencia de prensa, su frustrado
dirigente, Antonio Vargas, protesta indignado por la traición y
engaños de que ha sido objeto.
Ésta es, en apretada síntesis, la historia del naufragio
de la institucionalidad en Ecuador, un hermoso país de unos ocho
millones de habitantes que, con un mínimo de sensatez y limpieza
en sus gobiernos, podría gozar de altos niveles de vida y avanzar
deprisa en la modernización. En vez de ello, acaba de retroceder,
como Perú y como Venezuela, de una imperfecta democracia, a un
régimen autoritario cuya base de sustentación no son los
ciudadanos y las leyes, sino la fuerza militar. Es ésta, ahora,
el centro del poder, y el Presidente Gustavo Noboa, una mera fachada.
Que se trate de una persona digna y preparada, como indica su currículo,
no cambia un ápice esta situación, pues la autoridad de
que ahora goza no la debe, como ocurre en 1as democracias, a los electores
y a unas normas legales, sino a la fuerza cuartelera y a una astracanada
parlamentaria que ha acabado con el poco respeto que todavía podía
tener ante la opinión pública el Congreso ecuatoriano.
¿Qué enseñanzas sacar de lo sucedido en Ecuador?
La primera, la de la extrema fragilidad que caracteriza al proceso de
democratización en América Latina, debido a la incapacidad
de los gobiernos para hacer las reformas básicas, económicas
y sociales, que permitan identificar al pueblo libertad y legalidad con
justicia y oportunidades de mejora personal. Tanto en Perú como
en Venezuela y Ecuador el descrédito de las instituciones que permitió
el desplome del sistema se debió a una crisis de la seguridad,
a la corrupción y a la sensación de impotencia que inspiraban
los gobiernos representativos para poner en orden la vida económica
y crear reales oportunidades de desarrollo y progreso para el conjunto
de la sociedad. Lo absurdo del caso es que, aunque esta descripción
de la realidad política es cierta, no lo es el diagnóstico
del mal: que éste se debe a los empeños de los gobiernos
democráticos fracasados en aplicar las recetas "ultraliberales"
del Fondo Monetario Internacional. La verdad es exactamente la contraria:
que el fracaso de aquellos gobiernos se debió a su falta de decisión
en la reforma del Estado, en su reticencia para acabar con el sistema
de privilegios y tráficos deshonestos que propicia el mercantilismo,
a no haber emprendido auténticos procesos de privatización
en vez de transferir los monopolios públicos a monopolios privados
-tan corruptos e ineficientes como aquéllos- y en no haber abierto
suficientemente sus economías para que la aireación de la
competencia internacional las sanee y dinamice. En vez de esa comprobación,
la demagogia y la ignorancia hacen recaer toda la culpa del fracaso en
una globalización (que aquellos gobiernos no han sabido aprovechar)
y en unas supuestas reformas liberales (que jamás se realizaron).
Ése es el mecanismo ideológico que está detrás
de los nuevos regímenes autoritarios latinoamericanos -híbridos
de brutalidad e hipocresía- a los que mi país, para vergüenza
de los peruanos, ha prestado un nombre y un modelo: el fujimorismo.
________________________
©Mario Vargas Llosa, 2000.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a
Diario El País Internacional, SA, 2000.
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