Edición Nº 1606

 

 

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    ARTÍCULO

    17 de Febrero de 2000


    Hacen Leña de la Sacerdotisa
    Complejo forestal y arqueológico norteño sufre severos daños por obra de invasores y un proceso entrampado.

    En Chepén, un espléndido algarrobal declarado zona reservada en 1995 y que fue una de las sedes gubernamentales de la cultura Moche y hogar de una enigmática jerarca recientemente descubierta, se halla amenazado por la labor incesante de invasores y mercaderes de leña. Mientras el INRENA le resta importancia al predio, el propietario legal planea talarlo para fines agrícolas.

    Los invasores, la mayoría llegados de Cajamarca, se han adentrado en la parte más vieja del algarrobal, trayendo abajo centenarios ejemplares. Derecha: tráfico ilegal en el mercado de la ciudad de Chepén.

    Escribe LUIS MIRANDA RODRIGUEZ
    Fotos JORGE SARMIENTO

    UNA invasión que parece no preocuparle al Instituto Nacional de Recursos Naturales (INRENA) está permitiendo que un magnífico algarrobal de 340 hectáreas, ubicado en Chepén, esté en camino de volverse astillas.
    El "Algarrobal de Moro" concentra una gran cantidad de flora representativa de la costa y, al estilo de Centroamérica, alberga a una ciudadela Chimú similar a Chan Chan. En 1992, cerca del algarrobal, arqueólogos de la Universidad Católica descubrieron la tumba de una mujer que perteneció a la elite religiosa moche. La "sacerdotisa de Moro" es la versión chepenana del señor de Sipán.
    Hay aún gran cantidad de pirámides y recintos en ruinas que prometen futuros hallazgos. Los pobladores de San José de Moro, un caserío desperdigado al costado del kilómetro 703 de la Panamericana, han usado la madera del conjunto forestal desde que tienen memoria, sin haberlo puesto en peligro.

    La 'Sacerdotisa de Moro', contemporánea del Señor de Sipán. Derecha: en 1992 se halló su rico entierro.


    Hoy, el bosque luce saqueado, pues viene siendo ocupado desde hace ocho años por una centena de invasores llegados de zonas alejadas del país, los mismos que están talando los árboles para hacer terrenos de cultivo. Un 30 por ciento del área ha sido dañada.

    TALEMOS EN EL BOSQUE

    A principios de los 90s, el comité liquidador de la Cooperativa Talambo vendió el bosque a la familia Ahíta Gervassi, natural de Chiclayo.
    La entonces alcaldesa de Pacanga, Miriam Valle de Baltuano, apeló la transacción considerando que un comité liquidador no puede vender un bosque que, como si fuera poco, alberga una importante zona arqueológica.
    Finalmente, un decreto supremo de enero de 1995 declaró el algarrobal Zona Reservada, y demandó la constitución de una comisión técnica encargada de la formulación de un estudio pertinente a la categorización definitiva del área.
    Sin embargo, una orden de Agricultura permitió la construcción de un sospechoso canal de regadío a través del corazón del algarrobal, lo que ha permitido que los invasores encontraran más alicientes para seguir invadiendo, talando y sembrando.

    Frutos dulces de Vichayo, el manjar favorito de los murciélagos. Al lado, hojas de zapote.


    El estado del predio es incierto. Por un lado, la familia Gervassi ostenta el título de propiedad, por otro lado, la comunidad de Pacanga y el Instituto Nacional de Cultura de Trujillo se oponen a la desaparición de semejante pulmón ecológico y fuente de belleza natural, por lo que demandan la custodia estatal. El bosque sigue siendo reducido, quemado y talado. El INRENA aún no emite la categorización definitiva de la reserva, ni hace nada para su integridad, contribuyendo en cierta forma a empeorar las cosas.
    Los invasores se sienten dueños de la propiedad, suelen ser agresivos con los extraños. El año pasado agredieron con machetes a dos vecinos de Moro. Puesta la denuncia, un destacamento policial intervino, descubriendo hornos de carbón y cargas de leña dispuestas para la venta.
    Nosotros logramos observar todo un caserío dentro de la floresta, hay camionetas cargadas de leña, numerosas chacras y corrales. Uno de los invasores ha integrado una magnífica estructura preincaica a su vivienda.

    Alguna vez, aquí abundaban los venados y las iguanas. Hoy sólo se ven zorros, los de cola y los que trafican con madera.


    Indagado por vía telefónica, el señor Giulio Ahíta Gervassi restó importancia a la reserva. La familia Ahíta quiere convertir esta propiedad en un campo de cultivo. En Chepén, algunas personas ven una relación entre los invasores y los planes de dicha familia.
    Según Gervassi, él podría llegar a un acuerdo con los órganos competentes para salvar una parte del bosque y la zona arqueológica. Pero la población de Chepén desea que el bosque permanezca como ha estado por siglos.
    Moro se puede rescatar. Tras el desalojo de los invasores, se podría iniciar el rescate y reforestación del conjunto, y ubicar un destacamento de policías forestales. El Ministerio de Agricultura, que se precia de su labor reforestadora, debería hacer algo pronto.

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    imediaperu.com2000

     

     

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