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24 de Febrero de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
El Alejandrino
EL departamento donde el poeta Constantino Cavafis (1863-1933)
vivió en Alejandría sus últimos 27 años está
en un edificio venido a menos, en el centro de la ciudad, en una calle
que se llamó Lepsius cuando habitaban el barrio los griegos y los
italianos y que se llama ahora Charm-el-Sheik. Todavía quedan algunos
griegos por el contorno, a juzgar por unos cuantos letreros en lengua
helénica, pero lo que domina por doquier es el árabe. El
barrio se ha empobrecido y está lleno de callejones hacinados,
casas en ruinas, veredas agujereadas y -signo típico de los distritos
miserables en Egipto- las azoteas han sido convertidas por los vecinos
en pestilentes basurales. Pero la bella iglesita ortodoxa a la que acudían
los creyentes en su tiempo está todavía allí, y también
la airosa mezquita, y el hospital. Pero, en cambio, ha desaparecido el
burdel que funcionaba en la planta baja de su piso.
El departamento es un pequeño museo a cargo del consulado griego
y no debe recibir muchas visitas, a juzgar por el soñoliento muchacho
que nos abre la puerta y nos mira como si fuésemos marcianos. Cavafis
es poco menos que un desconocido en esta ciudad que sus poemas han inmortalizado
-ellos son, con la famosísima Biblioteca quemada de la antigüedad
y los amores de Cleopatra lo mejor que le ha pasado desde que la fundó
Alejandro el Grande en el 331 a.d. Cristo- donde no hay una calle que
lleve su nombre ni una estatua que lo recuerde, o, si las hay, no figuran
en las guías y nadie sabe dónde encontrarlas. La vivienda
es oscura, de techos altos, lúgubres pasillos y amoblada con la
circunspección con que debió estarlo cuando se instaló
aquí Cavafis, con su hermano Pablo, en 1907. Este último
convivió con él apenas un año y luego se marchó
a París. Desde entonces, Constantino vivió aquí solo,
y, al parecer, mientras permanecía dentro de estos espesos muros,
con irrenunciable sobriedad.
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| MVLL
en reciente peregrinación a la tumba de Cavafis, en Alejandría
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Este es uno de los escenarios de la menos interesante de las vidas de
Cavafis, la que no dejó huella en su poesía y que nos cuesta
imaginar cuando lo leemos: la del atildado y modesto burgués que
fue agente en la Bolsa del algodón y que, durante treinta años,
como un burócrata modelo, trabajó en el Departamento de
Irrigación del Ministerio de Obras Públicas, en el que,
por su puntualidad y eficiencia fue ascendiendo, hasta llegar a la subdirección.
Las fotos de las paredes dan testimonio de ese prototipo cívico:
los gruesos anteojos de montura de carey, los cuellos duros, la ceñida
corbata, el pañuelito en el bolsillo superior de la chaqueta, el
chaleco con leontina y los gemelos en los puños blancos de la camisa.
Bien rasurado y bien peinado, mira a la cámara muy serio, como
la encarnación misma del hombre sin cualidades. Ése es el
mismo Cavafis al que mató un cáncer en la laringe y que
está enterrado en el cementerio greco-ortodoxo de Alejandría,
entre ostentosos mausoleos, en un pequeño rectángulo de
lápidas de mármoles, que comparte con los huesos de dos
o tres parientes.
En el pequeño museo no hay una sola de las famosas hojas volanderas
donde publicó sus primeros poemas y que, en tiradas insignificantes
-treinta o cuarenta copias- repartía avaramente a unos pocos elegidos.
Tampoco, alguno de los opúsculos -cincuenta ejemplares el primero,
setenta el segundo- en los que reunió en dos ocasiones un puñadito
de poemas, los únicos que, durante su vida, alcanzaron una forma
incipiente de libro. El secretismo que rodeó el ejercicio de la
poesía en este altísimo poeta no sólo tenía
que ver con su homosexualidad, bochornosa tara en un funcionario público
y un pequeño burgués de la época y del lugar, que
en sus poemas se explayaba con tan sorprendente libertad sobre sus aficiones
sexuales; también, y acaso sobre todo, con la fascinación
que ejercieron sobre él la clandestinidad, la catacumba, la vida
maldita y marginal, que practicó a ratos y a la que cantó
con inigualable elegancia. La poesía, para Cavafis, como el placer
y la belleza, no se daban a la luz pública ni estaban al alcance
de todos: sólo de aquellos temerarios estetas hedonistas que iban
a buscarlos y cultivarlos, como frutos prohibidos, en peligrosos territorios.
De ese Cavafis, en el museo hay solamente una rápida huella, en
unos dibujitos sin fecha esbozados por él en un cuaderno escolar
cuyas páginas han sido arrancadas y pegadas en las paredes, sin
protección alguna: muchachos, o acaso un mismo muchacho en diferentes
posturas, mostrando sus apolíneas siluetas y sus vergas enhiestas.
Este Cavafis me lo imagino muy bien, desde que lo leí por primera
vez, en la versión en prosa de sus poemas hecha por Marguerite
Yourcenar, aquel Cavafis sensual y decadente que discretamente sugirió
E. M. Foster en su ensayo de 1926 y el que volvió figura mítica
el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Aquí,
en su ciudad, pululan todavía los cafetines y las tabernas de sus
poemas y que, como éstos, carecen casi totalmente de mujeres y
de parejas heterosexuales. No me consta, pero estoy seguro de que, en
ellos, todavía, entre el aroma del café turco y las nubes
de humo que despiden los aparatosos fumadores de shisha, en esas
muchedumbres masculinas que los atestan se fraguan los ardientes encuentros,
los primeros escarceos, los tráficos mercantiles que preceden los
acoplamientos afiebrados de los amantes de ocasión, en casas de
cita cuya sordidez y mugre aderezan el rijo de los exquisitos. Hasta diría
que lo he visto, en las terrazas de La Corniche, o en los cuchitriles
humosos que rodean el mercado de las telas, caballero de naricilla fruncida,
labios ávidos y ojitos lujuriosos, a la caída de la noche,
bajo la calidez de las primeras estrellas y la brisa del mar, espiando
a los jóvenes de aire forajido que se pasean sacando mucho el culo,
en busca de clientes.
A diferencia de la serenidad y la naturalidad con que los hombres -mejor
sería decir los adolescentes- se aman entre ellos en los poemas
de Cavafis, y disfrutan del goce sexual con la buena conciencia de dioses
paganos, para él esos amores debieron ser extremadamente difíciles
y sobresaltados, impregnados a veces de temor y siempre de ilusiones que
se frustraban. Lo genial de su poesía erótica es que aquellas
experiencias, que debieron ser limitadas y vividas en la terrible tensión
de quien en su vida pública guardaba siempre la apariencia de la
respetabilidad y rehuía por todos los medios el escándalo,
se transforman en una utopía: una manera suprema de vivir y de
gozar, de romper los límites de la condición humana y acceder
a una forma superior de existencia, de alcanzar una suerte de espiritualidad
laica, en la que, a través del placer de los sentidos y de la percepción
y disfrute de la belleza física, un ser humano llega, como los
místicos en sus trances divinos, a la altura de los dioses, a ser
también un dios. Los poemas eróticos de Cavafis arden de
una sensualidad desbocada y, pese a ello, y a su utilería romántica
de decadencia y malditismo, son sin embargo curiosamente fríos,
con cierta distancia racional, la de una inteligencia que gobierna la
efusión de las pasiones y la fiesta de los instintos, y, a la vez
que la representa en el verso, la observa, la estudia y, valiéndose
de la forma, la perfecciona y eterniza.
Sus temas y su vocación sexual estaban infiltrados de romanticismo
decimonónico -de exceso y trasgresión, de individualismo
aristocrático-, pero, a la hora de coger la pluma y sentarse a
escribir, surgía del fondo de su ser y tomaba las riendas de su
espíritu, un clásico, obsesionado con la armonía
de las formas y la claridad de la expresión, un convencido de que
la destreza artesanal, la lucidez, la disciplina y el buen uso de la memoria
eran preferibles a la improvisación y a la desordenada inspiración
para alcanzar la absoluta perfección artística. Él
la alcanzó, y de tal manera, que su poesía es capaz de resistir
la prueba de la traducción -una prueba que casi siempre asesina
a la de los demás poetas- y helarnos la sangre y maravillarnos
en sus distintas versiones, a quienes no podemos leerla en el griego demótico
y de la diáspora en que fue escrita. (A propósito, la más
hermosa de las traducciones que he leído de los poemas de Cavafis
es la de los veinticinco poemas que vertió al español Joan
Ferraté. La publicó Lumen en 1970, en una bella edición
ilustrada con fotografías, y, por desgracia, que yo sepa no ha
sido reimpresa).
Ese es el tercer Cavafis de la indisoluble trinidad: el extemporáneo,
el que en alas de la fantasía y la historia vivió, al mismo
tiempo, bajo el yugo británico contemporáneo y veinte siglos
atrás, en una provincia romana de griegos levantiscos, judíos
industriosos y mercaderes procedentes de todos los rincones del mundo,
o unas centenas de años después, cuando cristianos y paganos
se cruzaban y descruzaban en una confusa sociedad donde proliferaban las
virtudes y los vicios, los seres divinos y los humanos y era casi imposible
diferenciar a los unos de los otros. El Cavafis heleno, el romano, el
bizantino, el judío, salta fácilmente de un siglo a otro,
de una civilización a la siguiente o a la anterior, con la facilidad
y la gracia con que un diestro danzarín realiza una acrobacia,
conservando siempre la coherencia y la continuidad de sus movimientos.
Su mundo no es nada erudito, aunque sus personajes, lugares, batallas,
intrigas cortesanas, puedan ser rastreados en los libros de historia,
porque la erudición antepone una barrera glacial de datos, precisiones
y referencias entre la información y la realidad, y el mundo de
Cavafis tiene la frescura y la intensidad de lo vivido, pero no es la
vida al natural, sino la vida enriquecida y detenida -sin dejar de seguir
viviendo- en la obra de arte.
Alejandría está siempre allí, en esos poemas deslumbrantes.
Porque en ella ocurren los episodios que evoca, o porque es desde esa
perspectiva que se vislumbran o recuerdan o añoran los sucesos
griegos, romanos o cristianos, o porque quien inventa y canta es de allí
y no quiere ser de ninguna otra parte. Era un alejandrino singular y un
hombre de la periferia, un griego de la diáspora que hizo por su
patria cultural -la de su lengua y la de su antiquísima mitología-
más que ningún otro escritor desde los tiempos clásicos,
pero ¿cómo podría ser adscrito, así, sin más,
a la historia de la literatura griega moderna europea, este medio-oriental
tan identificado con los olores, los sabores, los mitos y el pasado de
su tierra de exilio, esa encrucijada cultural y geográfica donde
el Asia y el Africa se tocan y confunden, así como se han confundido
en ella todas las civilizaciones, razas y religiones mediterráneas?
Todas ellas han dejado un sedimento en el mundo que creó Cavafis,
un poeta que con todo ese riquísimo material histórico y
cultural fue capaz de crear otro, distinto, que se reaviva y actualiza
cada vez que lo leemos. Los alejandrinos de hoy día no frecuentan
su poesía y la gran mayoría de ellos ni siquiera conoce
su nombre. Pero, para quienes lo hemos leído, la Alejandría
más real y tangible, cuando llegamos aquí, no es la de su
hermosa playa y su curvo malecón, la de sus nubes viajeras, sus
tranvías amarillos y el anfiteatro erigido con piedras de granito
traídas de Assuán, ni siquiera la de las maravillas arqueológicas
de su museo. Sino la Alejandría de Cavafis, aquella en la que discuten
e imparten sus doctrinas los sofistas, donde se filosofa sobre las enseñanzas
de las Termópilas y el simbolismo del viaje de Ulises a Itaca,
donde los vecinos curiosos salen de sus casas a ver a los hijos de Cleopatra
-Cesáreo, Alejandro y Tolomeo- asistir al Gimnasio, cuyas calles
apestan a vino e incienso cuando pasa el cortejo de Baco, inmediatamente
después de los dolidos funerales a un gramático, donde el
amor es sólo cosa de hombres y donde, de pronto, sobreviene el
pánico, porque ha corrido el rumor de que pronto llegarán
los bárbaros.
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© Mario Vargas Llosa, 2000.
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