Edición Nº 1610

 

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    ARTICULO

    16 de Marzo de 2000


    La Guerra de Mariana
    La increíble aventura de Mariana Sánchez Aizcorbe como corresponsal de guerra en Kosovo, uno de los territorios más convulsionados del planeta.

    El próximo 25 de marzo, se cumple un año desde que la OTAN decidió que la única manera de neutralizar el odio que calcina a los serbios y albaneses que habitan Kosovo eran los bombardeos. El conflicto hoy permanece y la solución no se avizora. Mariana Sánchez Aizcorbe, ex conductora de noticieros televisivos y ex redactora de CARETAS estuvo allí, como fue público a través de sus despachos para CNN, pero hasta ahora no había contado, con el detalle del caso, la historia que se escondía detrás de las historias que envió para la televisión. Llegó como "free lance", sin mucho dinero, con pocos contactos, pero con una voluntad gigantesca. Así, libró su propia batalla, que CARETAS logró reconstruir en exclusiva, luego de varias horas de conversación con ella en la serenidad de su casa limeña.

     
    Un entierro, de los tantos que inundaron Kosovo. Heridas que difícilmente cicatrizarán. Derecha, En la frontera entre Albania y Kosovo, con el único atuendo posible en ese lugar. Las bombas de la OTAN estaban cerca.

    Escribe
    RAMIRO ESCOBAR LA CRUZ

    No, no era una guerra de verdad, pues, no era una guerra de verdad... -dice Mariana, refiriéndose a la Guerra con Ecuador de 1995.
    Tampoco la Guerra del Golfo, con sus botones y su fiesta mediática, la conmovieron lo suficiente. Tal era su interés por los escenarios convulsionados que aceptó sin rencores el apodo que sus compañeros de trabajo en el Canal 9 le pusieron: Miss Bosnia.
    Tras una breve estancia en Canal 5, iniciada en 1997, en agosto de 1998, renunció y emprendió su largo viaje. Llamó a Nueva York a Allun Roberts, un productor que había conocido cuando vivía y trabajaba en esa ciudad, y con quien alguna vez quiso irse a Bosnia.

    LA GUERRA ESTA CERCA

    Le siguió el rastro por todo el mundo y al final lo que consiguió fue un contacto con un camarógrafo en El Cairo, quien le dijo:
    -No sé dónde está Allun, pero si quieres ir a Pristina (Kosovo) llama a este teléfono y pregunta por Leonora.
    Era una pista nebulosa, pero al fin y al cabo una pista. Cuando llamó a Leonora a Pristina, ésta le contestó en un inglés masticado y con la voz quebrada. Hacía 15 días el carro en el que circulaba había pisado una mina antitanques. De todas maneras le dijo que podía recibirla. Inmediatamente, Mariana partió hacia París, desde donde, semanas después, fue a Belgrado.
    "¿Pristina? ¿Pristina?", preguntó entre desconcertada y entusiasmada al conductor de un bus que partía de la capital yugoslava, quien asintió con un gesto. Ya en esa ciudad, buscó a Leonora, quien, en efecto, la acogió en su casa.
    Una semana después, sin embargo, tuvo que irse, pues le avisaron que corría peligro. Fue a la casa de Drita, otra albanesa, cuyos ojos tristes, parecían el presagio de lo que luego vendría.
    Poco a poco encontró la forma de ensamblarse con los corresponsales de cadenas y medios internacionales, sobre todo con Mike O'Connor del New York Times, un experimentado reportero que había estado en El Salvador y Bosnia.

    DE FRENTE A LA BATALLA

    El 24 de diciembre de 1998, Mariana estaba de vuelta en Lima y lo primero que sintió cuando pisó tierra peruana fue ganas de volver. Mientras el mundo celebraba las Pascuas y se hablaba de un acuerdo del cese al fuego en Kosovo, los serbios desataban una ofensiva demoledora.
    A fines de enero, estaba otra vez en Belgrado y nuevamente fue por tierra a Pristina. Sólo la acompañaban 2 armas: un celular que se compró en Belgrado y algunos cientos de marcos, pues las tarjetas de crédito eran inútiles en esa zona.
    También estaba premunida de algunos contactos más. En la BBC de Londres, Radio Netherland, la Deutsche Welle y en la propia CNN, que luego sería su casa editora, esperaban, eventualmente, sus llamadas telefónicas. Volvió a la casa de Drita y poco tiempo después, tuvo su primer encuentro en vivo y en directo con la guerra.
    Bajando en un carro de la agencia AP, por una carretera semicubierta de nieve, cerca de Podujevo, unos individuos empezaron a movilizarse, como hormigas en la blancura. Se iban escondiendo detrás de los árboles y sólo cuando estuvieron muy cerca cayeron en la cuenta de que les estaban apuntando con sus Kalashnikov.
    El carro se parecía demasiado al de la policía serbia como para dejarlo pasar sin problemas, pero la sangre no llegó a la nieve. Los miembros del UCK atendieron a tiempo los gritos de "¡Press! ¡Press!" e incluso los invitaron a pasar al frente de batalla de la única manera posible: corriendo agachados y con un nudo en la garganta.
    Un frente guerrillero del Ejército de Liberación de Kosovo en plena acción.

    SE PRENDE LA MECHA

    Regresó varias veces a ese frente, mientras las conversaciones de Rambouillet, en Francia, caminaban al despeñadero. No se veía voluntad, ni buena ni mala, y en todo Kosovo las tensiones se extendían como una mecha.
    En un restaurant albanés estalló una granada serbia. En una calle un policía serbio fue asesinado por albaneses. Y viceversa y viceversa. Todas las noches se escuchaban ametralladoras. Lenta, y siniestramente, comenzó la "limpieza étnica" y el flujo de refugiados también se disparó, como una ráfaga de horror.
    Hacia marzo, quedó comprobado que Rambouillet era una reunión de autistas. Por fin, el 25 de ese mes la OTAN decidió que el único lenguaje que entendía Milosevic era el de las bombas. Entonces, Mariana, ya convertida en corresponsal de CNN, recibió también algunos mensajes que le escarapelaron el cuerpo.
    Vostjan, un periodista esloveno amigo, que entendía el idioma serbio, la buscó y le dijo" ¡Véte de aquí! Los serbios van a atacar a todos los periodistas!" En el hotel Park, donde estaba el equipo de la CNN, la dueña les espetó palabras incomprensibles en serbio, con una mezcla de cólera y pena. No quería un baño de sangre en su local.
    Mariana dejó en el departamento donde estaba cámaras, lentes, rollos, fotos, y con algo de ropa se fue al Hotel Grand, junto a sus compañeros de CNN.

    EL MISIL Y OTROS HORRORES

    El mismo 25 por la mañana, la televisión transmitió la salida de los B-52 saliendo de Inglaterra. Mariana y su equipo se colocaron al lado de la ventana del cuarto del hotel. Cristhian, el camarógrafo armó el equipo satelital portátil. La batalla iba a comenzar.
    Al atardecer, las luces de Pristina se apagaron y sonaron las sirenas. Minutos después, una luz se acercó cruzando el Cielo. Era el primer misil que entraba a Kosovo. Cayó más o menos a un kilómetro del hotel. El firmamento se iluminó de naranja por un segundo y la ventana se movió.
    Mariana sintió un golpe de adrenalina e instintivamente agachó la cabeza, pero no para huir. Durante 3 horas, sin parar, estuvo transmitiendo el dantesco espectáculo, hasta que desde la misma central de CNN le pidieron que descansara.
    Un rato después, cuando se le ocurrió subir al piso 11, se encontró nuevamente con el espanto. De algún lugar, salieron, como demonios en la oscuridad -no había fluido eléctrico-, un grupo de serbios armados, algunos con vestimenta militar y otros de civil.
    Uno de ellos le puso el cañón de fusil en el ojo, mientras gritaba, fuera de sí, "¡CNN! ¡CNN!" Alcanzó a ver los ojos de su presunto verdugo. Eran azules y tenían, recuerda ella, la mirada de la muerte, un brillo que a partir de entonces sabría reconocer.
    Mariana Sánchez Aizcorbe en la tranquilidad de un set de televisión limeño. Entonces la brutalidad de la guerra (derecha) estaba muy lejos. Los destrozos ella los veía sólo por la pantalla.


    La acusación era fulminante: los militares serbios pensaban que la CNN estaba usando su satélite para transmitirle mensajes a la OTAN. En la oscuridad, sólo se distinguía los ojos furiosos y la silueta de las armas. Luego, fueron al séptimo piso por el resto del equipo de la CNN: Alessio, el productor; Cristhian, el camarógrafo; y Brend, el otro corresponsal.
    Una periodista turca bajó gritando, histérica, en serbio, pretendiendo salvarlos. Pero la ignoraron como si el llanto más doloroso del mundo no importara.
    Luego de un interrogatorio, los dejaron ir a su habitación, y un oficial les dijo, indolente: "Estamos en guerra. "Hoy van a estar bien. Mañana, no sé". Era de noche y tenían la esperanza de que la pesadilla había terminado.
    Pero una hora después retornó el terror. Cuatro tipos armados abrieron la puerta violentamente y, como unos locos, les apuntaron la cara con una linterna, mientras revolvían sus cosas.
    Media hora después, volvieron a entrar, como si sintieran un cruel disfrute en aterrorizarlos.

    LOS TIGRES AL ATAQUE

    Al día siguiente, los militares se habían ido, aunque una cosa había quedado en claro: CNN estaba en la mira. Alessio empezó a empacar los equipos y le pidió a Mariana que se quedara en el lobby del hotel cuidando algunas cosas. Entonces, resurgió la pesadilla.
    Cuatro tipos rapados, de porte militar -todo indica, integrantes de "Los Tigres de Arkan" (grupo paramilitar serbio)- se le acercaron, la rodearon, se sentaron a su costado y, en tono insultante y siniestro, pronunciaron otra vez la palabra prohibida: "CNN, CNN..."
    La cosa empeoró cuando Alessio bajó y los cuatro tipos se le tiraron encima y lo metieron al ascensor. El desenlace fatal parecía inminente. De pronto, un oficial pareció abrigar, por breves segundos, un rastro de humanidad. Fue hacia los tipos, les dijo algo en serbio y éstos se fueron.
    Los cuatro tipos se acercaron luego al carro blindado, sacaron algunas cajas, las patearon y, por último, prendieron fuego. Unos bomberos vinieron a apagar el incendio, pero sin mucha convicción. Algunas risas malditas se escuchaban en el lugar.

    ALBANIA SE FUE DE ROBO

    El carro no se quemó totalmente, por fortuna y partió con un convoy que salió a las 4 de la tarde hacia Macedonia. Todos los periodistas habían sido expulsados.
    Tres semanas después, Mariana marchó hacia Albania, desde donde se podían verlas acciones militares. En ese país, tan bello pero tan aislado, el riesgo no estaba en las bombas, sino en la explosiva delincuencia, que invadía las ciudades, el campo y los villorrios.
    El equipo de la CNN alquiló la antigua casa de verano del ex dictador Enver Hohxa, una hermosa construcción con vista a un lago, que ahora estaba rodeada por la miseria de miles de refugiados. Dos tipos armados, resguardaban la entrada, pero en verdad nadie garantizaba nada.
    Cuando la CNN no pudo mantener el acuerdo con el dueño de la casa -debido a que éste solicitaba una almohada y dos toallas, además del pago-, un grupo de pistoleros se acercó al nuevo local alquilado por la cadena noticiosa y empezó a disparar en la puerta.
    Una tarde, guerrilleros del UCK, montados sobre una ambulancia, persiguieron sin piedad a unos delincuentes que les habían robado sus armas. A uno le podían robar hasta el alma; mientras, en Kukes, miles de refugiados arrastraban cada día los dolores de su cuerpo.
    En acción, sobreponiéndose al espanto que causan las atrocidades de la guerra. Desde Pristina (Kosovo) había que trasmitir la verdad.

    LAS COSAS Y LA GENTE

    La danza de los bombardeos empezaba aproximadamente a las 2 y 30 de la tarde, cuando los B-52 venían dando vueltas en círculos como moscas, dentro de territorio albanés, y se metían como una bola de fuego al territorio kosovar para soltar sus cargas mortíferas.
    Todos los periodistas andaban con casco y chaleco antibalas, pues las bombas, en ocasiones, caían muy cerca. Mariana lanzó innumerables informes desde esa tierra incendiada y al terminar la guerra se fue a Italia a descansar unos días. Pronto, volvió a Albania para, por allí, entrar a Kosovo rendido.
    Estuvo en Prizren, donde se recibió con flores a los soldados aliados. Un panorama distinto de Djacobica, donde la gente permaneció sumergida en sus refugios, y luego del bombardeo salió como de las catacumbas. Distinto también de algunas aldeas, donde, recuerda, todo olía a muerte.
    Ese olor terriblemente dulce, penetrante, que te revuelve por dentro, nunca se le olvidaría. Algunos signos de vida lo contrarrestaron. Supo que Drita, su anfitriona, había sobrevivido en un sótano, junto con 70 personas más, y hasta se había casado. Cuando regresó a Pristina, encontró en el departamento todo lo que había dejado. Pero a esas alturas ya no importaba. La guerra le había enseñado a amar no a las cosas, ni siquiera la tierra, sino la gente.
    Esta en Kosovo, Ayacucho, Colombia. Cuando pocos meses después fue de corresponsal a Timor Oriental volvió a comprobarlo. Pero ésa ya es otra historia.

     

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