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ARTICULO
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16
de Marzo de 2000 |
De
Vuelta al Barrio
Testigo del gobierno ante la OEA en Washington,
el mayor EP Ricardo Anderson Kohatsu, se libró con las justas de
purgar prisión en EE.UU. por participar en la sesión de
torturas a la agente Leonor La Rosa.
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En
San Borja
Suelto de huesos, Anderson Kohatsu sale de casa limeña, aunque
nunca solo. Su liberación ha causado polémica en EE.UU. |
Escribe desde Washington
DC,
GUILLERMO GONZALES ARICA
PASADA la una de la tarde del último lunes seis, en el
quinto piso del edificio ubicado en el 1630 de Connecticut Avenue en Washington
D.C. se cruzaban las siguientes frases. "¿Sabes que el gobierno
peruano ha presentado como testigo ante la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos (CIDH) a un torturador?", preguntó la dinámica
directora ejecutiva del Centro para la Justicia y el Derecho Internacional
(CEJIL), Viviana Kristisevic, a José Miguel Vivanco, número
uno de Human Rights Watch Americas (HRW). La respuesta al vuelo fue: "¿Por
qué no lo denuncias?
Se refería, por cierto al mayor EP Ricardo Anderson Kohatsu, oficial
identificado por la ex agente del Servicio de Inteligencia del Ejercito
(SIE) Leonor La Rosa como uno de los militares que la torturaron en abril
de 1997, en los sótanos del Pentagonito.
Presenciaba la escena Sofía Macher, secretaria ejecutiva de la
Coordinadora Nacional de Derechos Humanos en el Perú.
Esta conversación, que en ese momento no revistió mayor
trascendencia, sería el origen de una persecución judicial
que aún no ha llegado a su fin.
La idea fue madurando durante el día. Pero no fue hasta la noche
que se tomó la decisión de iniciar trámites legales
para que el mayor EP Ricardo Anderson Kohatsu, torturador de la ex agente
del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) Leonor La Rosa,
fuese juzgado en EE.UU.
Esa noche, la Asociación Prensa Libre, que durante el día
había participado en dos audiencias, la primera sobre la interceptación
telefónica, donde Anderson fue presentado como testigo, y la segunda,
donde se expuso sobre la libertad de expresión, ofreció
un pequeño cóctel. Asistieron entre otros, Coletta Youngers,
Viviana Kristisevic, Sofía Macher, Ernesto de la Jara, y algunos
diplomáticos del Departamento de Estado. Vivanco no llegó.
En un aparte, la congresista Anel Townsend, Beatriz Mejía, abogada
de la Asociación Prensa Libre, Sofía Macher, Viviana Kristisevic
y este periodista conversaban sobre las atrocidades cometidas por el torturador.
Kristisevic sugirió "esa persona debería ser juzgada". "¿Dónde
podemos obtener todos los documentos del caso?", preguntó. Anel
Townsend respondió rápidamente, "Están en Lima y
los debe tener Heriberto Benítez". Esa misma noche, Kristisevic,
abogada egresada de Harvard, trabajó hasta la una de la mañana
preparando el esquema legal de la denuncia. Townsend, por su parte, se
comunicaría con Benítez.
La base normativa a la que apelarían los abogados del CEJIL sería
una ley federal norteamericana. Esta ley es de 1992 (18USC2043A). Bajo
esta norma se puede traer a juicio a personas que hayan cometido tortura,
aun cuando ésta se haya realizado fuera de Estados Unidos. Es decir,
da a los tribunales estadounidenses competencia extraterritorial para
sancionar a aquellos que hubieran cometido ese delito de lesa humanidad.
Para que se pudiera aplicar la ley, se debía convencer de ello
primero al Departamento de Inmigraciones y luego al Departamento de Justicia
de Estados Unidos.
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| Jueves
9. Anderson en el aeropuerto Ronald Reagan de Washington D.C. En Houston
lo esperaban. |
La metodología era muy simple. Si se convencía en segundo
término al Departamento de Justicia de que había méritos
suficientes para enjuiciar a Anderson, entonces ellos lo denunciarían
ante un juez federal. Dadas las circunstancias, se corría contra
el tiempo.
Lo primero que hizo CEJIL fue tratar de determinar cuándo se vencía
la deadline (la fecha tope). Contactaron a un investigador privado
para localizar a Anderson en Washington D.C. y así conocer el día
en que partiría hacia el Perú. La mañana del miércoles
8 se llegó a establecer que el día era el jueves 9 a horas
15:35 cuando el vuelo de Continental Airlines partiría de Houston
a Lima. Sirvió mucho para las pesquisas conocer la placa del auto
en el que Anderson salió disparado de la OEA de las sesiones del
lunes 6. Así las cosas, los primeros en ser convencidos fueron
los del Departamento de Inmigraciones.
Ello sucedió después de que entrevistaron telefónica
y personalmente a Luisa Zanatta en alguna ciudad de EE.UU. Ella corroboró
las denuncias de tortura formuladas por Leonor la Rosa contra Anderson
y, además, lo definió como un tipo violento. Zanatta dio
estas declaraciones después de que Anel Townsend y Viviana Kristisevic
tomaran contacto con ella. Simultáneamente, en otro continente,
el FBI acreditado en Estocolmo, Suecia, también tomó declaraciones
a Leonor La Rosa. Ella manifestó después de esta entrevista
que confíaba en que en EE.UU. no existía el "tarjetazo"
y que Anderson sería enjuiciado.
Para la mañana del miércoles 9 se contaba con el apoyo de
los funcionarios de Inmigraciones. Ese apoyo era importante porque ellos
tenían que detener a Anderson en el aeropuerto de Houston. Claro
está que para que ello sucediese, tenían que recibir primero
la orden del Departamento de Justicia. Aquí las cosas se trabaron.
"Este es un caso histórico. Por primera vez en la historia judicial
de EE.UU. se va a aplicar la ley federal aprobada contra la tortura en
1992, y se puede sancionar a un torturador" , decía José
Miguel Vivanco de HRW a Brenda Thornton, abogada del Departamento de Justicia.
"Eso es correcto, pero yo no puedo llevarles a mis jefes un caso sin las
pruebas suficientes", replicó la abogada de la Sección de
Terrorismo y Crímenes Violentos del Departamento de Justicia. "Yo,
personalmente, le tomé una declaración en Lima, cuando ella
estaba en el hospital", añadió Vivanco. "Además,
acabo de llamar a Suecia y he hablado nuevamente con ella" (Ver recuadro).
¿Qué estaba pasando? Sucede que a estas alturas de manera
increíble Benítez no remitía a Washington D.C toda
la información que se requería. Sofía Macher y Anel
Townsend tomaron al toro por las astas y se volvieron a comunicar con
Lima. Esta vez una persona amiga intentaría sacar parte del expediente
que se encontraba en el Consejo Supremo de Justicia Militar. Y Walter
Albán recibiría la llamada de Vivanco y Townsend pidiéndole
documentación de la Defensoría del Pueblo respecto al caso
de Leonor La Rosa.
Finalmente, las pruebas llegaron y además de las declaraciones
de las ex agentes Zanatta y La Rosa, se acreditaron el parte médico,
declaraciones de La Rosa después de ser torturada, así como
documentos del proceso en la primera instancia de la justicia militar,
entre otros. Rocío Villanueva, defensora de la Mujer, y la Defensoría
del Pueblo volvieron a cumplir.
De esta forma, Jim Reynolds, jefe de Thornton, se convenció del
caso y tomaron la decisión de denunciar a Anderson. Tenían
dos posibilidades: denunciarlo ante un juez federal del Distrito de Washington
D.C. o ante un juez federal en Houston, Texas.
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| Anderson
huyó de sede de la OEA en auto cuya placa dio pistas para lograr
su detención. Derecha: Beatriz Mejía, Anel Townsend
y Guillermo Gonzales Arica, abogada y miembros de Prensa Libre. |
Inmigraciones y el FBI requerían información sobre la descripción
física de Anderson. Para ello se contrató a un fotógrafo
que le hiciera algunas tomas en el aeropuerto Ronald Reagan, en Washington
D.C., antes de su partida a Houston. Sucede que una ciudadana norteamericana
impidió que el fotógrafo realizara normalmente su labor
a 30 metros de distancia del mayor del Ejército. Por ello sólo
se contó con una toma, la que finalmente dio la vuelta al mundo.
La tarde del jueves 6, Anderson fue detenido en el aeropuerto de Houston
por personal de Inmigraciones de EE.UU.
Anderson estuvo detenido desde las 3:25 de la tarde del día jueves
9 hasta las 3:50 de la mañana del viernes 10 de marzo. Poco más
de doce horas. Esta detención la ordenó el Departamento
de Justicia de Estados Unidos de Norteamérica, convencido de que
podía encausar a Anderson por los delitos de tortura. Cuando se
aprestaban a denunciarlo ante un juez federal, Alfonso de Rivero, embajador
del Perú en Washington D.C., y Beatriz Ramaciotti, embajadora del
Perú ante la OEA, sacaron una carta bajo el brazo. La visa G-2
que le habían dado al mayor del Ejército, y no el pasaporte,
según los diplomáticos peruanos, le confería inmunidad.
El pasaporte de Anderson no era diplomático. En cambio, el tipo
de visa solicitado por la Cancillería que dirige Fernando de Trazegnies,
sí podía ser materia de interpretación.
En ese momento el Departamento de Justicia solicitó una opinión
al Departamento de Estado. Existe un acuerdo firmado el 20 de marzo de
1975 entre la OEA y Estados Unidos sobre privilegios e inmunidades. El
Departamento de Estado hizo una interpretación extensiva del acuerdo
y determinó que Anderson era un representante de un Estado miembro
de la OEA que estaba actuando como testigo.
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| Viviana
Kristisevic de CEJIL y José Miguel Vivanco de HRW en plena
labor.Derecha, Desde Suecia Leonor La Rosa relató al FBI como
fue torturada por Ricardo Anderson. |
Thomas Pickering, subsecretario de Estado, tomó la decisión
de liberar a Anderson tras una reunión que se realizó a
las 10 p.m. del jueves 9 en el Departamento de Estado. Ha trascendido
en Washington D.C: que la decisión se tomó después
de que Pickering mandara investigar el caso. Pero se sabía que
el memorándum que tenía sobre su escritorio no era jurídicamente
claro sobre el tema de la inmunidad. Pickering tomó, finalmente,
una decisión política y no jurídica.
Medios tan serios como el Washington Post y el New York Times
han cuestionado esta decisión. Los teléfonos del CEJIL no
han dejado de sonar durante los últimos días. Senadores
y representantes del Congreso norteamericano han requerido información
sobre el caso.
El senador demócrata Leahy y el representante Tom Lantos preparaban
sendas cartas al Departamento de Estado criticando su actitud. Coletta
Youngers, de WOLA, también ha sido requerida por muchos congresistas
para tratar este tema.
Algunos de ellos han opinado que quien debió tomar la decisión
sobre el tema de la inmunidad debió ser un juez federal. O que,
en todo caso, el Departamento de Estado debió tomar más
tiempo para investigar y tomar su decisión final.
El esfuerzo del CEJIL, HRW y WOLA en Washington D.C. no ha sido en vano.
Ha puesto sobre el tapete el tema de la impunidad en el Perú, los
riesgos que corren en el exterior los violadores de los derechos humanos,
y de cómo el gobierno de Fujimori es capaz de presentar como testigo
ante una Corte Internacional a un torturador reconocido.
Claro y Terrible
Leonor
La Rosa cuenta cómo Anderson participó en sus torturas.
ANTES de la detención temporal del mayor Anderson,
José Miguel Vivanco de Human Rigths Watch se comunicó con
Leonor La Rosa en Suecia, para que ella confirmara la participación
del ex oficial en las agresiones.
-¿Qué papel jugó Anderson en las torturas que
usted sufrió?
-Fue uno de los que me quemaron las manos, la espalda, los pies. De los
que me golpearon en el estómago, la cabeza. También fue
uno de los que me violó y me obligó a que yo firme un documento
culpando al coronel Wilson Aguilar.
-O sea que Anderson no sólo estuvo en la habitación donde
la estaban torturando, sino que era uno de los...
-Uno de los partícipes, como el que lideraba el grupo.
-¿Por qué le pedían que firmara un documento para
culpar al coronel Aguilar?
-Porque yo debía llevar al coronel a un hotel donde había
audífonos e iba a ser escuchado y no lo hice. El coronel sabía
cómo trabajaban dentro del Servicio de Inteligencia. Hasta ese
entonces pensaba que yo era una empleada civil no militar. Pero yo venía
laborando como infiltrada en el Hospital Militar, con el cargo de relacionista
pública.
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