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24 de Marzo de 2000 |
Por
FERNANDO ROSPIGLOSI |
¿Un
Nuevo Fujimori?
A estas alturas, pareciera que falsificador de firmas y empleado
de la ONPE son términos intercambiables. Quizás lo más
importante del asunto no sea el significativo transvase de uno a otro
empleo, sino la evidente intención de encubrimiento de todas las
autoridades, las electorales, judiciales y el gobierno.
En esta perspectiva, el nivel de desconfianza en el proceso electoral
está bajo cero. Los únicos que parecen esperar algo de él
son los candidatos opositores.
Por eso es sorprendente que el alza en las encuestas de Alejandro Toledo,
haya llevado a algunas personas a creer que se puede repetir ahora el
"fenómeno Fujimori" de 1990. Es decir, un candidato sin organización
y con pocos recursos, que aparece de la nada y derrota al gran favorito.
Los que así piensan olvidan algo fundamental y decisivo. Las elecciones
de 1990 fueron la últimas libres, limpias y competitivas que hubo
en el Perú. Las de ahora no lo son. Por eso es prácticamente
imposible que, en las condiciones actuales -con el padrón del RENIEC,
la ONPE contando los votos y el JNE juzgando los resultados-, Toledo derrote
al candidato-Presidente, cosa que sin ninguna duda ocurriría si
existiera una auténtica competencia.
Pero hay más diferencias. Si bien es cierto que en 1990, en la
primera vuelta, Alberto Fujimori surgió de las sombras y capitalizó
el voto anti Vargas Llosa, no hay que olvidar que apenas se perfiló
del montón de "otros", contó con el nada despreciable auspicio
del gobierno de Alan García. 
García no sólo detestaba a Vargas Llosa y estaba dispuesto
a hacer cualquier cosa por impedir su triunfo, sino odiaba cordialmente
al candidato de su partido, Luis Alva Castro, y deseaba que perdiera para
él -García- retomar el control del partido y volver en 1995.
Por último, si bien la propaganda pagada de Vargas Llosa era abrumadora
-lo cual fue contraproducente-, la Tv. no estaba monopolizada por el candidato
del Fredemo. Y el Apra hizo -en primera vuelta- una muy eficaz campaña
de crítica a MVLl, que benefició indirectamente a Fujimori.
Nada de eso se va a repetir ahora. Alejandro Toledo ha crecido básicamente
porque ha capitalizado el sentimiento anti Fujimori en un sector importante
de la población. Esa disposición a votar contra el gobierno
ha oscilado en los últimos meses entre varios candidatos, ninguno
de los cuales -a decir verdad- despierta pasiones o arrebatos entre las
multitudes.
Pero la eficaz guerra sucia del gobierno fue demoliendo primero a Alberto
Andrade y luego a Luis Castañeda. Toledo se ha beneficiado, en
el tramo final, de la caída de sus colegas causada por los ataques
del gobierno.
Ahora le ha tocado a él. Los canales de Tv. abierta y la prensa
amarilla no escatiman esfuerzos en cubrirlo de basura. Y probablemente
logren frenar su ascenso. Es posible que en el poco tiempo que falta,
no puedan bajarlo mucho, pero sí lo suficiente para tenerlo bajo
control.
De esta manera el gobierno no sólo ha asegurado el primer lugar
para Fujimori, sino que ha conseguido otro objetivo tan importante como
ése: impedir un frente opositor. Primero, como alianza electoral.
Y luego como una coordinación que permitiera asumir una actitud
radical frente a la manipulación y el fraude en marcha, que eventualmente
hubiera llevado a un retiro coordinado y a nuevas elecciones.
El gobierno, pues, ha manoseado a su gusto a sus eventuales rivales.
Hay que reconocer, sin embargo, que no sólo ha sido la astucia
de los operadores del régimen lo que ha producido estos resultados.
La otra cara de la moneda es la superlativa tontería con que han
actuado los opositores.
Pocas veces se ha visto tanta pusilanimidad, falta de audacia y carencia
de perspicacia como en los grupos políticos opositores de hoy.
Cuando les fue posible retirarse del proceso, denunciando el fraude, forzando
una crisis política, la anulación de las elecciones y exigiendo
la realización de otras en condiciones equitativas, no lo hicieron.
Dudaron, vacilaron y prefirieron la inercia del camino aparentemente más
seguro.
Tenían la esperanza de una segunda vuelta. Adquirirían una
importante bancada parlamentaria. Se aferraban a ilusiones.
En realidad, el riesgo de quedarse era tan grande como el de salir. Ahora,
si funcionan los planes del gobierno, lo más probable es que los
aplasten y después de las elecciones no quede casi nada de ellos.
Muchos de sus candidatos, convertidos en parlamentarios, emigrarán
tan rápido como llegaron.
Los actuales opositores subsistirán sólo como fantasmas,
en la medida que el gobierno lo permita. Y lo hará sólo
para tratar de impedir que surjan nuevos opositores, más peligrosos
que estos que ya conoce y sabe que puede manejar.
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Email:frospig@amauta.rcp.net.pe
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