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24 de Marzo de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
España Va Bien
LA victoria de José María Aznar y el Partido Popular
en las elecciones españolas del 12 de marzo, aunque prevista por
las encuestas, ha sorprendido a todo el mundo por su magnitud: una mayoría
absoluta de 183 escaños, sobre 125 del Partido Socialista, que
pierde en estos comicios algo menos de dos millones de votos y 16 diputaciones.
Izquierda Unida, aliada de los socialistas, se desploma, pues pierde casi
un millón y medio de electores (13 escaños). Ésta
es la más alta votación obtenida por el centro derecha desde
la transición democrática española, sólo comparable
a la que obtuvo en su apogeo, en 1982, el dirigente socialista Felipe
González. Los diez millones de votos conseguidos convierten a Aznar,
como ha dicho Le Monde, en el líder de la tendencia liberal-conservadora
en una Unión Europea de gobiernos mayoritariamente socialistas
y socialdemócratas y disipan muchos estereotipos sobre la realidad
social y política de España, empezando por el estribillo
según el cual este país es "sociológicamente de izquierdas".
Los comicios recién habidos muestran a un electorado español
moderno y europeo, desideologizado, donde las lealtades políticas
tradicionales cuentan menos, a la hora de decidir el voto, que el pragmatismo.
A muchos todavía parece peyorativa -una verdadera ignominia- la
expresión "votar con el bolsillo", como si el colmo del idealismo
y la generosidad fuera votar contra los propios intereses. En verdad,
"votar con el bolsillo" significa preferir la realidad a la ficción,
la experiencia vivida a la retórica del discurso y la proclama,
algo que en política es un síntoma de racionalidad, sensatez
y buen instinto democrático. La mayoría de los españoles
no han votado por un líder carismático, ni por una doctrina
que promete el paraíso, sino por un gobierno eficiente, que, en
los últimos cuatro años, ha dado un gran impulso al crecimiento
económico de España -un promedio anual de 3,7%, el más
dinámico de Europa, según The Economist-, creando
cerca de un millón novecientos mil puestos de trabajo (dos terceras
partes de ellos con contratos indefinidos, es decir, trabajos estables),
y que, en contra de lo pronosticado por sus adversarios, no ha debilitado
sino reforzado las instituciones democráticas y la seguridad social,
a la vez que consolidaba la integración del país en la Unión
Europea y, con uno que otro tropezón, mantenía un elevado
nivel de competencia y honestidad. Ha votado, también, por un gobierno
que redujo los impuestos, exonerando de toda tributación directa
al millón y medio de españoles de menores ingresos, reduciendo
en un 30% la imposición al tramo más bajo, y en un 11% al
siguiente, a la vez que rebajaba en un 20% el impuesto a las plusvalías,
beneficiando de este modo a tres millones de pequeños ahorristas.
Esto no es bastante para contentar a los amantes del absoluto y la utopía;
pero, sí, para esos hombres y mujeres comunes y corrientes que
consultan su experiencia concreta antes de decidir a quién votar,
ciudadanos realistas, convencidos de que el progreso y el bienestar no
se alcanzan jamás de golpe, sino a pocos y por partes, en un largo
proceso de conquistas graduales que van extendiendo, de manera cada vez
más profunda, al mayor número, la libertad, la propiedad,
los derechos humanos y la prosperidad.
A la vez que una firme profesión de realismo político, el
voto del 12 de marzo significa, a mi juicio, una severa descalificación
del proyecto de Frente Popular precipitadamente forjado por Joaquín
Almunia en las últimas semanas de la campaña electoral.
Esta alianza de socialistas y comunistas entusiasmó a muchos intelectuales
y artistas españoles que se apresuraron a manifestarle su respaldo,
imaginando que, en política, el agua y el aceite son solubles e
indiferenciables. No lo son. Esta alianza sólo podía ser
efectiva si una de estas dos fuerzas políticas -Izquierda Unida
en este caso- renunciaba a su actual naturaleza y se dejaba fagocitar
por la otra y desaparecía en ella como un bolo alimenticio en el
organismo que se lo traga. Pero, aun si Francisco Frutos y sus partidarios
hubieran aceptado esta inmolación, es improbable, pienso, que este
matrimonio contra natura hubiera resultado beneficioso para el PSOE (Partido
Socialista Obrero Español).
Hace sólo 25 años España era, políticamente
hablando, un país tercermundista, que daba unos pasos de principiante
por la cultura democrática, luego de una ominosa dictadura de cuarenta
años. Si aquello parece hoy mucho más remoto de lo que es,
entrevisto desde esta democracia moderna y sólida en que se ha
convertido, ello se debe a la solidez de unos consensos de sus fuerzas
políticas en torno a los dos pilares de la modernidad y el progreso:
la democracia política y la economía de mercado. El Partido
Popular y el Partido Socialista, las dos grandes formaciones nacionales,
aunque se detesten y se digan incendios, han respetado rigurosamente estos
consensos, y, matices más, matices menos, ellos han presidido las
políticas que sus respectivos gobiernos impulsaron. Gracias a ello
ha avanzado España, quemando etapas, y, gracias a esta apuesta
por la modernidad, el Partido Socialista de Felipe González dejó
de ser el pequeño partido ideológico y de minorías
radicalizadas que era en los comienzos de la transición y atrajo
a sus filas a un vasto sector de las clases medias. Con acertado olfato,
buena parte de este electorado centrista, socialdemócrata, ha rechazado
la insensata pretensión de la dirigencia socialista de resucitar
el Frente Popular con los comunistas.
¿Por qué? No porque Izquierda Unida, en caso de llegar al
gobierno, hubiera puesto en peligro la democracia política en España,
pues, por fortuna, los comunistas españoles en este campo se han
adaptado a los nuevos tiempos y juegan las reglas del juego democrático.
Sino, porque, en lo relativo al otro pilar de la modernidad, la política
económica, Izquierda Unida sigue tenazmente aferrada al pasado,
y sus tesis y propuestas son una receta segura de estancamiento, fracaso
y crispación social. En este sentido están, como un sector
de la intelligentsia, muy rezagados en comparación con los
sindicatos españoles, cuya modernización es notable. Los
comunistas no creen en el mercado y no ven en la empresa privada el motor
del desarrollo, sino el instrumento de la explotación del obrero.
Piensan que incumbe al Estado dirigir la vida económica y patrocinan
el intervencionismo estatal como garante de la justicia social. Rechazan
la OTAN y sus críticas a la Unión Europea coinciden, en
muchos aspectos, con las de los nacionalistas europeos más recalcitrantes.
Su anti-norteamericanismo virulento, su creencia en la lucha de clases,
y otras fórmulas esquemáticas del más rancio marxismo
han ido reduciendo su militancia e influencia sobre la sociedad española
de una manera sistemática y es probable que, estas elecciones,
sin el abrazo salvador del PSOE, hubieran significado poco menos que su
desintegración como fuerza política operativa, su mudanza
en un pequeño grupo de presión, de tenaz anacronismo ideológico,
arrinconado en los márgenes de la vida política. La sociedad
española de nuestros días sólo puede ver en un comunismo
tan anacrónico una pintoresca antigualla. ¿Qué razonamiento
hizo creer a Joaquín Almunia que el modernizado socialismo español
que lideraba podía beneficiarse uniéndose en un pacto de
gobierno con una formación política poco menos que prehistórica?
Ojalá que esta derrota sirva de tónico al PSOE para acelerar
su renovación y recuperación política -en sintonía,
por ejemplo, con el laborismo de Tony Blair-, pues su función,
como fuerza fiscalizadora de oposición, es fundamental para la
salud de la democracia española. Lo peor que podría ocurrirle,
sería, claro está, que, en razón del cataclismo electoral,
sucumbiera a la tentación infantil del izquierdismo, y abandonara
la moderación centrista y el pragmatismo socialdemócrata
que le abrió las puertas de la mayoría electoral, para retornar
a sus viejos orígenes ideológicos. Pues esto, además
de reducir aún más su clientela, debilitaría los
cimientos de la vida democrática española de la que los
socialistas son pieza fundamental.
En cuanto al Partido Popular, el formidable respaldo electoral que ha
recibido debería permitirle continuar, sin tardanza, la modernización
de España, abriendo mercados -el gas, los ferrocarriles-, culminando
el proceso de privatización de la economía, garantizando
la competencia e impidiendo la formación de monopolios, una fuente
de ineficiencia y corrupción que desmoraliza a la sociedad tanto
como los tráficos a la sombra del poder. Un aspecto significativo
de su victoria es el crecimiento considerable de su base electoral en
las ciudadelas del nacionalismo vasco y catalán. ¿Qué
mejor incentivo para mantener la firmeza contra la minoría de fanáticos
etarras partidarios del coche bomba y el tiro en la nuca, y, a la vez,
la política de manos tendidas a las fuerzas nacionalistas capaces
de ser involucradas en una política de consenso nacional? El peligro
más grave que deben conjurar Aznar y los populares, luego de esta
victoria, es el de la arrogancia, que amenaza siempre a quienes obtienen
una aprobación tan maciza como la del 12 de marzo. Y, el segundo,
la complacencia, creer que la tarea está cumplida y que las reformas
más importantes son las hechas, no aquellas por hacer: en la sanidad,
la educación y las pensiones, aumentar el derecho de elección
del ciudadano y recortar el del burócrata.
Por haber dicho que "España va bien", a José María
Aznar le cayó encima un diluvio de críticas. Sus adversarios
le recordaron que España tiene todavía el índice
más alto de desempleo en la Unión Europea, los brotes de
racismo y xenofobia en distintos lugares de la península, el escándalo
de las stock options de Telefónica, y mil cosas más
que andan mal o podrían andar mejor. Sin embargo, que un país
vaya bien no significa que haya resuelto todos los problemas, pues, si
así fuera, todos los países andarían muy mal. Significa
que ha encontrado un camino adecuado para afrontar los problemas y empezar
a superarlos, aumentando las oportunidades y las raciones de libertad
y mejorando las condiciones de vida para todos, dentro de un régimen
de respeto a los derechos humanos y a la ley. España ha tomado
este camino desde hace un cuarto de siglo, y, en los últimos cuatro
años, el gobierno de José María Aznar la ha hecho
avanzar por él de una manera excepcional. Alentado por el aval
de los electores españoles, su obligación es ahora continuar
ese impulso, sin desviarse ni un milímetro de la buena dirección.
_________________
© Mario Vargas Llosa, 2000.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a
Diario El País, SA, 2000.
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