Edición Nº 1612

 

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    ARTICULO

    30 de Marzo de 2000


    Corazón Serrano
    Pese a las agresiones, Puno fue en estos días una fiesta para Alberto Andrade, que tiene en el altiplano probados seguidores.

    Ilave, domingo 26: fue, como en Juliaca y en Puno, buena prueba del apoyo popular de que goza el alcalde descentralista, que cuenta allí con alcaldes leales y multitudes fervorosas. Y perversos enemigos.

    EN los tramos finales de la campaña, los candidatos punteros de la oposición se muestran más animosos que nunca. Mítines de masas y conversaciones personales indican que Alberto Andrade, por ejemplo, marcha optimista al encuentro del 9 de abril. Efecto, sin duda, de la acogida multitudinaria que Juliaca, Puno e Ilave le brindaron el sábado y el domingo último.
    Lo de Juliaca fue espectacular. Una enorme plaza llena de partidarios. Ocurre que Somos Perú tiene en Puno una de sus plazas fuertes. Los alcaldes provinciales de Puno, Juliaca, Huancané y Yunguyo, aparte de los de numerosos distritos, pertenecen a sus filas. Son gente recia y firme, que han resistido presiones y tentaciones, incluso de mandos castrenses que en una ocasión les ofrecieron cinco kilómetros de carretera asfaltada, a condición, eso sí, de que renuncien a las filas de Somos Perú.
    El jubiloso encuentro de Andrade con los puneños, que le han concedido el símbolo del varayoc en más de una ocasión, tuvo, sin embargo, su nota sombría. La primera fue una lluvia de piedras y tierra lanzadas desde el extremo opuesto de la plaza mediante un tubo, algo así como un mortero de fabricación artesanal. Menos mal que el disparo no acertó con el estrado, sino que impactó más arriba. De no ser así, hubiera provocado numerosos heridos.
    Después vinieron los hondazos, uno de cuyos proyectiles rozó la mejilla izquierda de Luis Guerrero. Hubiera podido vaciarle un ojo, de haber dado un poco más arriba.
    Tres días antes, el miércoles 8, Guerrero había sido blanco de un atentado más grave aún. La camioneta en que debía trasladarse de Jaén a Chiclayo sufrió un abaleamiento cerrado, que destrozó las lunas delanteras. Por un hábito de seguridad dictado por la guerra sucia electoral, el candidato a vicepresidente había tenido el acierto de cambiar de camioneta media hora antes. No cabe adivinar lo que hubiera ocurrido si él viajaba en el vehículo atacado.
    El hecho es que el alcalde de Lima, surgido de los Barrios Altos, parece haber recibido, a pesar de las agresiones, una inyección de entusiasmo en la región del altiplano.

    La guerra contra Guerrero. El candidato a la primera vicepresidencia fue agredido por un hondazo. Antes, en el camino de Jaén a Chiclayo, habían abaleado su camioneta. Se debe investigar.


    "Esto no ha terminado", se le oyó decir al retorno de Puno. Y empezó enseguida una gira por los barrios de la capital, con su particular método de visitar casa por casa. Le ha ido bien por todas partes: Breña, Barrios Altos, San Juan de Lurigancho, Pamplona Alta, etcétera.
    Claro que la televisión de señal abierta no mostró la gran manifestación de Juliaca, la mayor de todos los tiempos en esa ciudad, según sus moradores. Tampoco pudo verse en ese medio el júbilo, el calor de multitud, de Ilave o Puno. O las caravanas entusiastas que acompañan estas visitas.
    Ahora bien, el silencio y la ceguera de los medios oficialistas tampoco se percatan de un fenómeno que puede tener notables consecuencias sociales y políticas: el gran acercamiento que se ha venido produciendo entre Andrade y Toledo.
    Las buenas maneras entre ambos podrían allanar el curso ulterior de la política peruana, haya o no segunda vuelta. Es bien sabido que Somos Perú tiene un equipo multisectorial sólido y fogueado. En las condiciones de una eventual transición compleja y riesgosa, y con un Congreso muy fragmentado, esa predisposición puede servir de mucho. Entre otras cosas, para poner en práctica el acuerdo de gobernabilidad firmado el 15 de noviembre por catorce jefes de partidos y movimientos políticos y que era -y es- mucho más que un papel de coyuntura dictado por la fiebre electoral.


     

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