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30 de Marzo de 2000 |
Por
AUGUSTO ELMORE |
EL doctor Francisco Tudela Van Breugel Douglas fue uno de los
rehenes de la embajada de Japón. A juzgar por su comportamiento
último aparentemente a Tudela le gusta serlo, porque ahora parece
rehén del Presidente Fujimori y lo que es peor del movimiento Perú
2000. Puede ocurrir que lo conmueva la posibilidad de ser vicepresidente
-y, por ende, Presidente cada vez que Fujimori... (en caso de salir elegido)
se ausente del país como tanto le gusta hacer-; puede inclusive
que hasta que no le enorgullezca demasiado ser el segundón de Absalón
Vásquez (¡qué dirían sus ancestros si lo supieran!)
en la lista parlamentaria, pero más da la impresión de que
en verdad se trata de una especie de síndrome de rehén,
parecido al de Estocolmo, por ejemplo. Debe ser consecuencia lógica
del encierro al que se vio sometido. Probablemente le haya terminado gustando
el encierro. Del MRTA o del gobierno, da igual. Y quizá también
le guste la fama adquirida sin querer queriendo.
Atrás, muy atrás, quedó su digna actitud al renunciar
al Ministerio de Relaciones Exteriores por lo sucedido con Baruch Ivcher,
quien sigue sin su canal, convertido hoy en el sumidero oficialista.
Digo todo esto porque sus declaraciones nacionalistas en contra de la
intervención foránea lo revelan no como un diplomático
sino como todo lo contrario. Porque si fuera un diplomático, como
Javier Pérez de Cuéllar por ejemplo, sabría que esa
profesión obliga a veces a los ciudadanos de un país, o
que pertenecen a una institución, a inmiscuirse en asuntos de otros,
para salvaguardar la paz, la justicia, los derechos humanos (¡y
las elecciones en cualquier país del mundo!).
Por su parte, monseñor Cipriani, (el fino prelado de "¡ésas
son cojudeces!") arremete también, como el anterior, contra los
informes de los observadores extranjeros. ¿Será que cree
que ésa es su misión apostólica, que para eso lo
puso Dios sobre la tierra? ¿Contra los extranjeros, él,
que ha sido nombrado por el Papa y repite todo lo que dice y aconseja
Su Santidad, y que, además, pertenece a la Iglesia apostólica
y romana, nada menos? Por de pronto dejaré de llamarlo monseñor.
En adelante le diré Cipriani a secas.
Muchas cosas distraen hoy la amistad que sostengo desde hace muchos años
con la señora Martha Hildebrandt, cuyas dotes de lingüista
no sólo reconozco sino admiro y envidio. Lamentablemente, tengo
que decirlo, no comparto su autosuficiencia e intemperancia, ni su altanería,
que ella considera virtudes. Pero, aparte de eso, quiero nuevamente dejar
sentado que su labor en el Congreso de la República como inspiradora
del Fondo Editorial del Congreso, es absolutamente admirable. No sólo
por publicar libros sobre la Inquisición (al frente de la que,
en otras épocas, no me extrañaría haberla visto),
sino en particular por sus últimas publicaciones sobre Valdelomar:
"Valdelomar El Conde Plebeyo", biografía debida a Manuel Miguel
de Priego y "Valdelomar por él mismo", trabajo este último
preparado por Ricardo Silva Santisteban, el acucioso investigador literario
al que se debe también su monumental libro sobre Eguren, que publicara
el Banco de Crédito y la traducción de la obra completa
de Stephane Mallarmé, editada bellamente por el Fondo Editorial
de la Pontificia Universidad Católica. El Congreso que preside
se prestigia por la obra publicada por iniciativa de Hildebrandt. ¡A
tal señora, tal honor! (aunque no rime).
Hace poco vi a un microbusero echar por la ventanilla servilletas usadas
de papel y una botella vacía de gaseosa, que harían más
juego con el interior de su vehículo que tiradas en la calle. Estuve
a punto de llamarle la atención, como acostumbro en casos parecidos,
pero al ver su rostro patibulario, sucio y desgreñado, me dije
a mí mismo: No pierdas tu tiempo. Este no va a saber ni siquiera
de qué le hablas. Y continué mi camino mientras los papeles
y la botella se sumaban a la basura de la calle.
Eso me hizo pensar en esa historia de la persona que, en una ciudad suiza,
tira descuidadamente un papel a la calle y una señora que iba detrás
lo recoge, se le acerca y le dice: Perdón señor, se le ha
caído esto. En la historia suiza, el que tiró el papel se
lo guarda en un bolsillo y emite un avergonzado disculpe, muchas gracias.
Si ocurriese eso mismo aquí, el que tiró el papel respondería
a quien le hace la atingencia: No, no se me cayó, yo lo tiré.
Y volvería a arrojarlo. Para que no me pase eso, yo ya no digo
nada. Salvo a veces.
Al candidato Toledo le tocó finalmente, como lo pronostiqué,
aparecer en las primeras páginas de los diarios mugre, incluido
aquel que no se considera pero que lo es también en grado sumo.
El podría ahora decir, como el Quijote: Ladran, Sancho, señal
que avanzamos. ¡Y vaya que lo hacen!
A los candidatos de la lista oficialista parece habérseles aplicado
la vieja consigna aprista (que Absalón Vásquez conoce tan
bien) de ¡Disciplina, compañeros!, porque en ella se encuentran
inmersos, perdidos, detrás de recién llegados y advenedizos,
algunos personajes del gobierno, que han tenido que resignarse disciplinadamente
a ocupar puestos insignificantes o por lo menos inferiores, por debajo
de amigos y amigotes de quienes encabezan la lista, o el país.
Todo sea por la mesada, dirán.
Toledo es un cholo atrevido, como decían antes ciertas personas.
¡Qué se habrá creído! El solito contra el Sol
Naciente.
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