Edición Nº 1613

 

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    7 de Abril de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    El Vuelco

    UN cambio decisivo se ha producido en el electorado en las últimas semanas. Muchas personas no sólo han empezado a inclinarse por Alejandro Toledo, sino que se ha instalado en la población la sensación que le puede y le va a ganar a Alberto Fujimori.
    Es decir, se ha roto esa mezcla de miedo, resignación y apatía que jugaba a favor del candidato-Presidente. La gente no lo quería, pero muchos aguardaban conformistamente su ilícita victoria.
    Ahora es distinto. El rechazo a Fujimori y su gobierno de desempleo y corrupción, se ha encauzado en la adhesión a Alejandro Toledo de manera tan tumultuosa y multitudinaria, que se ha generado una sensación de triunfo.
    Existen pocas dudas que si la voluntad popular se respetara el 9 de abril, la distancia entre ambos candidatos sería muy estrecha, y que el vencedor tendría que definirse en una segunda vuelta. Y en ella triunfaría contundentemente Toledo.
    Esa era claramente la tendencia de las últimas semanas, cuando se cerró el plazo para publicar sondeos, y la percepción en la ciudadanía es que esas preferencias se han profundizado.
    Sin embargo, en el Perú de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori, una cosa es la voluntad popular que se expresará el 9 de abril y otra distinta los resultados que proclamarán la ONPE y el JNE.
    Nadie puede ser tan ingenuo para creer que los que han manipulado descaradamente el proceso electoral, los falsificadores de firmas y compradores de votos, van a llegar al momento decisivo y actuar como ángeles caídos del cielo.
    Y no se trata solamente de asesores de tercer nivel y ayayeros. Las últimas denuncias de testigos de la falsificación publicadas por El Comercio, confirman que Absalón Vásquez, el civil de más confianza del Presidente y número uno de su lista, es el cabecilla del grupo.
    Es más, hay suficientes indicios que involucran al propio Presidente Fujimori, como ha manifestado uno de los testigos. De hecho, él ha respaldado firmemente a Absalón Vásquez y es muy claro que todo el aparato del Estado controlado por ellos está encubriendo a los delincuentes.
    Las manifestaciones que repentinamente inició Fujimori el sábado 25, acarreando madres de comedores populares y funcionarios públicos, tienen el objetivo de justificar el fraude, como señaló CARETAS la semana pasada. Se trataría de encontrar pretextos para justificar una alteración de los resultados del 9 de abril.
    A pesar de la manipulación de los medios de comunicación, la opinión pública se da cuenta de lo que está ocurriendo.
    Aproximadamente dos tercios de la población creen que habrá fraude.
    El jefe de la Misión de Observación de la OEA, Eduardo Stein, lo confirmó el miércoles pasado, en una entrevista con CNN: la gente piensa que va a haber fraude, sostuvo.
    Y la gente tiene razón, habría que agregar. El asunto es que esos dos factores juntos son explosivos. Es decir, no sólo hay un vuelco hacia Toledo, sino que además las personas confían en que va a ganar. Y sí a eso se le suma la profunda desconfianza en las instituciones electorales y la extendida convicción de que los resultados serán manipulados por el gobierno, una victoria de Alberto Fujimori el 9 de abril con más del 50%, no sería creída por nadie.
    El país se vería probablemente convulsionado por protestas y manifestaciones. Si se le agrega la repulsa internacional y la intranquilidad en los cuarteles, el régimen estaría al borde del desplome. No importa cuánto más dure -días, semanas, meses, años-, estaría herido de muerte y terminaría cayendo.
    Si hay una segunda vuelta, no cabe duda que Fujimori intensificaría la guerra sucia y los regalos con dinero del Estado. Pero es probable que Toledo estaría en mejores condiciones de resistir la arremetida, y la vigilancia y presiones internacionales para un proceso limpio serían fortísimas.
    En esas condiciones, el fraude que tendrían que hacer Montesinos, Fujimori y Vásquez sería enorme. Y mientras más grande, más detectable.
    La camarilla civil-militar que gobierna el Perú ya no tiene soluciones buenas, sólo menos malas. Pero hay algo seguro, no van a abandonar el poder por las buenas. Hay que echarlos. Y para eso se requiere la combinación de movilización popular, presiones internacionales y reacción de los sectores institucionalistas de las fuerzas armadas.




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