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7 de Abril de 2000 |
Por
AUGUSTO ELMORE |
SOY una veleta: yo también dediqué, si no todo el
tiempo que duró al menos una mayor parte de éste a ver por
televisión el partido entre las selecciones de Perú y Paraguay.
Nunca hubiese pensado ser capaz de un acto parecido, porque, como saben
de memoria los lectores de esta página, de tantas decepciones producidas,
por lo general el fútbol peruano suele producirme alergia, sino
animadversión. Pero eso de extraño tiene el fútbol,
y por eso será que, cosa que he criticado varias veces, le dedican
tantas revistas y suplementos de diarios y tantísimos espacios
de televisión: a veces, muy de vez en cuando, un equipo peruano
da la sorpresa, y gana. Ojalá nomás que se repita.
Comienzo deportivo y si se quiere autocrítico de esta página
a pocos días de las elecciones generales, en las que está
por jugarse algo más que la clasificación al mundial. El
próximo domingo 9 el país se enfrenta a un partido amañado
de antemano, con el árbitro y los linesman en contra, con huecos
en la cancha, con una barra brava que tira (y pone) piedras, amenaza,
difama y quiere amedrentar. Felizmente que han llegado observadores internacionales
de la FICFE (Federación Internacional Contra Fraudes Electorales)
(versión de la FIFA), que parecen estar decididos a anular el partido
si es que las cosas no se tornan limpias, cuestión que a estas
alturas ya parece imposible. Por de pronto, los veedores de la FICFE ya
han dado la voz de alerta. No vaya a ser que el público defraudado
invada la cancha y se arme la trocatinta. Por lo menos la afición
de la Tribuna Sur (es decir Arequipa) parece estar dispuesta a todo con
tal de que nadie, es decir él, gane por decisión del árbitro,
es decir él, o por penales amañados.
Por lo menos dos lectores, evidentemente no arequipeños, han criticado
el título de segunda ciudad heroica con el que bauticé a
Arequipa. Lo hice pensando en Tacna, que es la primerísima ciudad
heroica del Perú, pero también en el comportamiento verdaderamente
heroico del pueblo arequipeño en contra del gobierno del general
Odría, cuando se levantó primero en el colegio Independencia
para luego, desde barricadas levantadas en contra de las fuerzas oficialistas,
obligar a la dictadura a dar un paso atrás. Aunque es cierto que
en la guerra del Pacífico Arequipa no ofreció mayor resistencia
a la invasión chilena, cosa que muchos no se explican hasta la
fecha dado el carácter bravío que distingue a sus habitantes.
El manifiesto del alcalde de Arequipa, Juan Manuel Guillén, pidiendo
al Presidente de la República se abstenga de continuar con la imposición
de su candidatura, tan plagada de fraudes, abusos e infamias vertidas
en contra de sus opositores (todo ello sufragado por el erario público),
es una demostración de ese carácter al que me refiero en
el párrafo anterior. El Defensor del Pueblo critica el manifiesto
de Guillén, porque dice que éste tiene un puesto público
y estaría por ello impedido de asumir una posición al respecto
de las elecciones. Pero el derecho de opinión está consagrado
por la Constitución, y el alcalde de Arequipa tiene la potestad
de ejercerlo.
En Arequipa se produjo también el derrocamiento del régimen
perennizador y totalitario de Leguía, que postulaba asimismo por
una tercera reelección, tras un extraordinario manifiesto a la
nación que salió de la pluma del ilustre José Luis
Bustamante y Rivero (derrocado después también desde Arequipa,
pero tras un complot militar-civil urdido en Lima por el general Odría).
Por todo ello me he referido a la Tribuna Sur, que puede encabritarse
si el partido del domingo próximo se juega con tantas trampas como
hasta ahora.
El notario Medelius -fiel a su trayectoria de falta de respeto a la fe
pública-, pese a haber renunciado públicamente a participar
en la lista parlamentaria de Perú 2000, continúa su campaña
proselitista como si con el no fuese la cosa, aunque parezca haber prestado
los servicios de empleados de su notaría para fraguar las listas
con que su agrupación se unió a Perú 2000. Por eso
será que dicen que gallina que come huevo, aunque le quemen el
pico.
La doctora Martha Hildebrandt se sumó a la guerra sucia contra
la oposición, opinando sobre la historia de la supuesta hija del
Cholo (lo escribo con mayúscula como se merece) Toledo. Se puso
así al nivel de la Bozzo. ¡Académicas de la lengua
(con eme minúscula) ambas! ¡Qué pena, Martha!
En las próximas elecciones debería cautelarse, mediante
una alícuota compartida por todos los candidatos, que se cubra
el costo de limpieza y pintura de paredes, muros, postes, puentes, cerros,
etc., que éstos han ensuciado en su afán de ser elegidos.
Lima es un verdadero desastre a ese respecto, y me dicen que en provincias
es igual. Los que se inscriben como candidatos deberían previamente
hacer un depósito para limpiar el estropicio.
Idea brillante del presidente del consejo de ministros: que los bancos
supervisen el software de las elecciones. ¿Y cobren comisión
por voto emitido?
El fraude en estas elecciones está planeado desde hace cinco años,
por eso no me cabe duda de que se llevará a cabo en alguna forma,
electrónica o por anforazo. A estas alturas, con una tibia comisión
de la OEA que no se atreve a ser más enérgica pese a contar
con todas las pruebas que lo anuncian, habrá que depositar un voto
consciente para derrotarlo, derrotando así a la guerra sucia, a
la prensa mugre (la blanca y la chicha), a la falta de escrúpulos,
la manipulación, etc. Votar en blanco o viciado, o errado, ayuda
a la trampa, ¡Derrotar a la mafia electoral es la voz! Así
podremos, la próxima semana, estar aquí, en esta página,
celebrando el triunfo de la esperanza. Por un Perú muchísimo
mejor.
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