|
Portada
Nos
Escriben...
Mar
de Fondo
Heduardo
China
te Cuenta...
Ellos
& Ellas
Culturales
Caretas
TV
Controversias
Lugar
Común
Piedra
de Toque
Mal
Menor
|
|
 |
 |
7 de Abril de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
¿Una Luz en el Túnel?
LA mojiganga cuidadosamente prefabricada por la dictadura peruana
desde 1996 para hacer "reelegir" por tercera vez al presidente Fujimori
el 9 de abril en unos comicios amañados, ha comenzado de pronto
a hacer agua. Sí, pese a todo, el régimen que manipula desde
la sombra el todopoderoso y siniestro Vladimiro Montesinos, se empeña
en perpetuarse en contra de la mayoría de los electores peruanos
mediante un fraude descomunal, lo hará desafiando a la comunidad
internacional de países democráticos que -¡ya era
hora!- se ha adelantado a advertirle de las consecuencias que tendría
el nuevo legicidio.
El 29 de marzo, en una iniciativa sin precedentes, el vocero de la Casa
Blanca, Joe Lockhart, denunció en Washington D.C. la falta de garantías
democráticas para que las elecciones presidenciales peruanas sean
"libres y justas" y apoyó a las numerosas organizaciones de observadores
y de derechos humanos -entre ellas, el Centro Carter, el Instituto Nacional
Demócrata, la Federación Internacional de Derechos Humanos
y hasta la misión de la OEA (Organización de Estados Americanos)-,
que, desde el terreno, han alertado contra la desembozada manipulación
y los múltiples atropellos cometidos por el régimen para
impedir que la voluntad popular de los peruanos sea respetada.
La víspera, en el Congreso de los Estados Unidos se presentó
una resolución bicameral (Senado y Cámara de Representantes),
sustentada por parlamentarios republicanos y demócratas, y apoyada
incluso por el presidente del Comité de Relaciones Exteriores,
Jesse Helms, y los senadores Patrick Leahy, Michael de Wine y Paul Coverdell,
expresando la preocupación del Congreso norteamericano por la falta
de "transparencia y equidad" de la actual campaña electoral y pidiendo
al presidente Clinton que advierta a Fujimori de que, si no hay elecciones
libres, Estados Unidos modificará sus relaciones económicas
y políticas con Perú, incluido su respaldo para créditos
ante instituciones financieras internacionales. Para quienes siempre hemos
creído que la mejor manera de apoyar la democracia en el Tercer
Mundo por parte de los gobiernos democráticos era hostigando sin
cesar y en todos los campos a sátrapas, tiranuelos y bribones encaramados
en el poder, la inequívoca toma de posición de la Casa Blanca
y el Poder Legislativo de Estados Unidos contra la burda comedia electoral
cocinada por Fujimori y Montesinos para perpetuarse en el poder es ejemplar,
y ojalá sea pronto imitada por la Unión Europea y demás
países democráticos del mundo.
Aunque en los últimos tiempos, tanto en Estados Unidos como en
Europa occidental, los medios habían ido dando a conocer los desafueros
perpetrados por el régimen peruano para asegurarse una ilegítima
victoria electoral -desde la captura de estaciones televisivas, prohibición
de hacer propaganda aún pagada a los candidatos de oposición
por los canales de señal abierta, inmundas campañas de descalificación
de opositores utilizando todo el aparato mediático administrado
o avasallado por el Gobierno, hasta la deposición de magistrados
no serviles y hostigamiento y chantajes para silenciar a los críticos-,
dos escándalos recientes han tenido un eco decisivo en la opinión
pública de Estados Unidos sobre la naturaleza del régimen
peruano. La primera fue la denuncia, por algunos de los propios falsificadores,
de casi un millón de firmas falsificadas en los padrones de Perú
2000 para inscribir la candidatura de Fujimori, y aceptadas dócilmente
por las autoridades electorales, en un delicioso anticipo de lo que puede
ocurrir con el contenido de las ánforas el 9 de abril. Y, la segunda,
que el Gobierno enviara a Washington, como testigo de descargo en uno
de los procesos contra el Estado Peruano ante la Comisión de Derechos
Humanos de la OEA, al mayor Ricardo Anderson Kohatsu, un connotado miembro
de los escuadrones terroristas de Vladimiro Montesinos y torturador y
violador de Leonor la Rosa -actualmente exiliada en Suecia-, la tetrapléjica
cuyo martirio en los sótanos del Pentagonito peruano han divulgado
por el mundo entero muchas organizaciones de derechos humanos. En un acto
en el que es difícil medir dónde termina la vileza y dónde
empieza la estupidez, el canciller de la dictadura, Trazegnies, salvó
al esbirro, otorgándole un estatuto diplomático, de las
manos del FBI, que lo había capturado en el aeropuerto de Huston.
La prensa norteamericana comenzó así -con cierto retardo,
es verdad- a dar cuenta de la verdadera realidad peruana.
Sin embargo, por sí sola, la presión internacional no ha
sido nunca suficiente para impedir un fraude electoral, y menos aún
para poner fin a un régimen autoritario, a menos que ella acompañe
una resuelta movilización popular a favor de la democratización
en el interior del propio país. Y eso está ocurriendo en
Perú en las últimas semanas de una manera que ha sorprendido
a todo el mundo, empezando por el propio régimen que, en la misma
puerta del horno, cuando creía tener el pastel listo, advierte
de que está rodeado de llamas y empezando a chamuscarse. Su desesperación
lo lleva a cometer excesos y torpezas que lo ponen cada día más
en evidencia.
La sorpresa tiene una espléndida cara de indio, una biografía
tan estupenda para un candidato presidencial peruano que parece salida
de un guión cinematográfico, una mujer que es un verdadero
lujo, y un nombre sonoro y afilado como una espada: Alejandro Toledo.
Era el underdog, la última rueda del coche, entre los candidatos
de la oposición, y hasta hace muy poco figuraba apenas con uno
o dos por ciento entre las preferencias electorales, en unas (muy discutibles)
encuestas, en las que el ingeniero Fujimori parecía tronar como
un dios olímpico. En efecto, la "guerra sucia" feroz llevada a
cabo en periódicos, radios y canales por el ejército de
cacógrafos al servicio de Vladimiro Montesinos parecía haber
enterrado literalmente bajo una montaña de insultos y calumnias
a los dos principales candidatos de oposición, enmudecidos por
la imposibilidad de acceder a la televisión para responder a los
cargos: el alcalde de Lima, Alberto Andrade, y el ex jefe del Seguro Social,
Luis Castañeda Lossio. Y he aquí que, de la noche a la mañana,
empezando por las barriadas más humildes de las ciudades y las
aldeas más alejadas de los Andes, de pronto, como obedeciendo a
una misteriosa consigna solidaria, la candidatura del inexistente Alejandro
Toledo empezó a subir como la espuma, a trepar y saltar como un
gamo, y con ímpetu tan arrollador que ni las más gobiernistas
encuestadoras pudieron ocultarlo. ¿Era ya demasiado tarde para
que el aparato represivo reaccionara y arrollara al insolente a cañonazos
de pestilencia? Por lo visto, sí. Aunque la prensa bribona y el
oficialismo se han desencadenado contra él echando espumarajos
de veneno y hiel, todo indica que, en vez de mermarla, las infamias que
le echan encima aumentan su popularidad, pues así lo consignan
todos los corresponsales extranjeros que se hallan en Lima para cubrir
las elecciones.
Por lo demás, yo, aquí, en Europa, a 10.000 kilómetros
de distancia, lo percibo cada día, en las infinitas llamadas, cartas,
faxes, e-mails, que me llegan de allá, de amigos, parientes, conocidos
y hasta desconocidos, remecidos hasta los tuétanos con lo que está
pasando, y en los que veo renacer una esperanza, una ilusión, y
hasta esperar un milagro. Todos saben que las elecciones, en las actuales
circunstancias, son una pura farsa que, probablemente, los resultados
ya están desplegados en los sótanos de Montesinos, y que
ahora corresponde al Ejército, que el capitán de marras
ha puesto a su servicio, y que tiene el control de las elecciones, hacer
que los votos del 9 de abril coincidan con lo programado por el amo. Pero,
pese a todo ello, confían en que el huaico (la avalancha) a favor
de Toledo sea tan abrumador, tan masivo, que la prolija maquinaria de
embauque quede atascada o salte por los aires. "¿No ocurrió
en 1990?", me dicen. "¿No ganó la elección, contra
todas las predicciones, el `chinito' disfrazado de indio montado en un
tractor, por el que nadie daba ni medio?" Sí, las ganó,
pero en 1990 había en Perú un Gobierno democrático,
y ahora hay un régimen autoritario, trufado de asesinos, ladrones
y pícaros dispuestos a cualquier cosa con tal de no soltar la mamadera.
No tiene nada de raro que grandes masas de peruanos humildes y marginados
se hayan ilusionado con la figura de Alejandro Toledo, pese a lo precario
de su candidatura, que, por ejemplo, carece de la solidez del programa
de Gobierno y los equipos con que cuenta la de Alberto Andrade. Pero la
historia de Toledo es de las que encandilan la imaginación. Nació
hace 54 años en los Andes norteños, en una familia campesina,
uno entre 16 hermanos de los cuales murieron 7. En su infancia fue lustrabotas,
pero la pobreza no le impidió estudiar y trabajar al mismo tiempo,
y ganar premios, becas, y llegar a Estados Unidos, donde, gracias a su
empeño y buenas notas, se graduó primero en la Universidad
de San Francisco, y luego se doctoró, por uno de los más
prestigiosos centros académicos del mundo: Stanford. Fue, luego,
funcionario de la ONU, del Banco Mundial, de la OIT en Ginebra y de la
OCDE en París. Ha enseñado en diversas universidades y por
un tiempo fue investigador asociado en Harvard. No se pueden pedir mejores
credenciales, desde luego.
Pero, acaso, la credencial que más simpatías le ha ganado
entre el pueblo peruano sea la mujer con la que se casó, cuando
era estudiante en Estados Unidos: la "gringuita" antropóloga Eliane
Karp. Judía belga-polaca, hija de resistentes antinazis, habla
ocho idiomas, incluido el quechua de los Andes, y ha pasado varios años
trabajando en programas de desarrollo del Banco Mundial y de USAID en
las comunidades indígenas de la sierra del centro y del sur del
Perú. Es, además de simpática y capaz, una magnífica
oradora y todas sus presentaciones entusiasman al público.
¿Tiene de veras alguna posibilidad Toledo, armado sólo con
su creciente popularidad, de ganar las elecciones peruanas, imponiéndose
al poderoso engranaje de embauque ya montado por Fujimori y Montesinos?
Va a depender en gran parte del Ejército, al que compete la responsabilidad
de velar por la "pureza" de los comicios. Naturalmente, las Fuerzas Armadas
fueron la primera institución en ser purgada por el régimen
-es decir, por Montesinos- de los oficiales constitucionalistas, indóciles
a sus consignas, o simplemente honestos. Sus compinches fueron instalados
en los puestos de mando y desde entonces una pequeña mafia adicta
al hombre fuerte dirige la institución militar. Sin embargo, este
sistema humilla y frustra a incontables oficiales, que ven cerradas sus
puertas de ascenso, debido al favoritismo, que ha reemplazado a toda otra
consideración dentro de la institución. La esperanza de
gran número de peruanos es que este sector -el menos manchado y
el más profesional de las Fuerzas Armadas- actúe con independencia
y desbarate las consignas de fraude, salvando así al país
y a las Fuerzas Armadas del aislamiento y la hostilidad que inevitablemente
les acarrearía un acto de fuerza para alterar el resultado electoral.
Hace pocos días se dio a conocer en Lima un comunicado de un grupo
de coroneles que se proclaman opuestos a la reelección y al fraude,
que ha atizado aquellas esperanzas de cambio. Espero que estos coroneles
existan, espero que lo que dicen sea cierto, espero -contra lo que me
dice la razón- que el 9 de abril el pueblo peruano empiece a salir
por fin del pozo de mentiras, demagogia, servilismo y abyección
en que está sumido desde el 5 de abril de 1992.
_________________
© Mario Vargas Llosa, 2000.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a
Diario El País, SA, 2000.
|