Edición Nº 1614

 

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    14 de Abril de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Maniobra Desbaratada

    LA última payasada de José Portillo, al ir entregando a cuentagotas resultados que ponían a Alberto Fujimori a pocas décimas de un triunfo definitivo en primera vuelta, ha terminado de desacreditarlo completamente. A él y a todo el equipo que dirige la Onpe.
    Nadie puede creer que esas cifras sean reales. Han sido números políticos, mediante los cuales el gobierno iba midiendo la reacción nacional e internacional a la posibilidad de una victoria del candidato-Presidente. La respuesta fue contundente, y la Onpe tuvo que dejar a Fujimori en la puerta del horno.
    Pero ese hecho demuestra -por si algo faltaba todavía- el absoluto control que ejerce el gobierno sobre los organismos electorales, incluyendo al ente que organiza la elección y cuenta los votos.
    Por eso tiene toda la razón Alejandro Toledo cuando exige la renuncia inmediata de Portillo y la gente que lo acompaña, en particular José Cavassa. La Onpe ha desempeñado un papel vergonzoso, como ha demostrado la Misión de la OEA y los observadores nacionales. No sólo por tener funcionarios implicados en hechos delictuosos, como se estableció en el caso de la falsificación de firmas y como ha denunciado la renunciante Jenny Vargas de Moyobamba, sino por su absoluta incompetencia en los más elementales asuntos de la organización del proceso.
    El hecho es que fracasó el propósito del gobierno de proclamar a Alberto Fujimori triunfador con más del 50% de los votos el domingo 9. Un primer golpe fue el de las encuestadoras, que unánimemente dieron como ganador a Toledo en sus primeros sondeos a boca de urna.
    Algunos han sugerido que eso estuvo arreglado por el gobierno. No parece haber sido así. Y si lo fue, les salió el tiro por la culata, porque ése fue el primer factor que movilizó a los partidarios de Toledo desde la tarde del domingo e impidió al gobierno -a través de la Onpe- dar como ganador absoluto a Fujimori ese mismo día.
    Fue muy importante también que la noche del domingo, con la honradez e integridad que la caracteriza, la Asociación Transparencia diera los resultados del conteo rápido que otorgaba poco más del 48% a Fujimori, a pesar de que muchos opositores seguían creyendo que Toledo era el ganador.
    Esos resultados fueron cuestionados, al parecer más que airadamente, por algunos integrantes del entorno íntimo de Toledo. Pero Transparencia, como han dicho sus directivos, no está para dar gusto a los candidatos, sino para decir la verdad.
    Finalmente, el conteo de Transparencia se convirtió en el argumento decisivo de la comunidad internacional para demandar una segunda vuelta. Porque al igual que los conteos de las tres encuestadoras y el no revelado de la OEA, confirmaban que nadie alcanzaba el 50% de los votos.
    El gobierno y sus voceros han pretendido desacreditar a Alejandro Toledo porque encabezó la manifestación del domingo a la Plaza Mayor y porque convocó mítines en los días siguientes. Pero en realidad fueron esas movilizaciones las que impidieron que se consumara el fraude electoral. Porque sin ellas, Portillo hubiera podido proclamar sin obstáculos el triunfo absoluto del candidato-Presidente. Y los llamados de la comunidad internacional hubieran sido mucho más tímidos.
    Gracias a esa acción decidida, el gobierno tuvo que postergar la proclamación de su victoria amañada. Y la comunidad internacional se movilizó rápida y enérgicamente.
    En síntesis, los sucesos de los últimos días demostraron varias cosas. En primer lugar, el fuerte y extendido repudio existente en la población peruana a Alberto Fujimori y la camarilla que gobierna con él.
    En segundo lugar, el débil y en gran parte ficticio apoyo que tiene Fujimori. Supuestamente él ganó la elección y nadie salió a festejarlo. No es tan difícil acarrear gente pobre dependiente de la ayuda del Estado, pero es muy complicado hacerlas parecer entusiasmadas con algo que no sienten.
    En tercer lugar, confirmó que Alberto Fujimori y la camarilla cívico-militar están completamente aislados en el ámbito internacional. Ni los gobiernos ni los medios de comunicación extranjeros toleran ya a Fujimori.
    En cuarto lugar, mostró que Toledo y los otros líderes opositores están aprendiendo que es insuficiente combatir a un gobierno autoritario e inescrupuloso, con métodos que se usan entre adversarios democráticos. La movilización popular, el llamado a la comunidad internacional y el emplazamiento a las Fuerzas Armadas, son elementos indispensables para acabar con este tipo de régimen.
    Pero aunque muy importante, esta batalla ha sido sólo un paso. Lo más duro del camino todavía no está recorrido. Las próximas semanas serán más ásperas todavía y la gavilla de Vladimiro Montesinos, aferrada con uñas y dientes al poder, hará lo imposible por impedir que la desalojen del gobierno.


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