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11 de Mayo de 2000 |
Por
FERNANDO ROSPIGLOSI |
Tres
Generaciones
Consideraciones a propósito de La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas
Llosa.
LA dictadura de Rafael Leonidas Trujillo pertenece a una antigua
estirpe latinoamericana de tiranías en el siglo XX, que se pueden
denominar dictaduras de primera generación. Caudillos autoritarios,
en la mayoría de los casos militares, aunque también a veces
algunos civiles, se hacían del poder y gobernaban despóticamente
durante años y décadas. Se imponían por el miedo,
el terror, el soborno, el chantaje, la corrupción.
Para todo efecto práctico, eran dictaduras basadas en la fuerza.
Sin embargo, en parte para cumplir un ritual hipócrita, satisfacer
superficialmente demandas políticas internas y cubrirse con una
pátina de legitimidad; en parte para mantener una fingida respetabilidad
internacional, estos regímenes dictatoriales realizaban puntualmente
elecciones amañadas y fraudulentas que, por supuesto, siempre ganaban
los detentadores del poder.
Nunca estos dictadores dejaron el poder por su voluntad o porque alguien
les ganara limpiamente las elecciones. Siempre tuvieron que ser echados
por una movilización ciudadana, por un golpe militar, por una intervención
extranjera, por una revolución popular o por la combinación
de varios de estos factores. O cuando morían o eran asesinados,
como en el caso de Rafael Leonidas Trujillo.
El patriarca de este sistema fue, como se sabe, el mexicano Porfirio Díaz
(26 años en el poder), con aprovechados discípulos como
los Somoza en Nicaragua (42 años), los Duvalier en Haití
(29 años) y Alfredo Stroessner (35 años) en Paraguay.
En el Perú, país de instituciones débiles e invertebradas,
que parece tener arena movediza como cimiento, ni las dictaduras ni las
democracias han durado tanto. Augusto B. Leguía, el más
longevo dictador, se mantuvo ininterrumpidamente once años en el
gobierno entre 1919 y 1930, luego de sucesivas y fraudulentas reelecciones.
Un nefasto récord, todavía no superado y que ojalá
permanezca imbatible.
No obstante, superponiéndose a la anterior, en la década
de 1960 comenzó una nueva y distinta ola de dictaduras en América
Latina, con rasgos diferentes a las anteriores. Se trató de
dictaduras institucionales de las fuerzas armadas, que habiendo adquirido
nuevos niveles de profesionalización, desarrollaron un pensamiento
estratégico donde se asignaban a sí mismas el papel de cambiar,
transformar, revolucionar sus sociedades. Sus coordenadas ideológicas
podían orientarlas hacia la izquierda o la derecha, pero sus objetivos
de "reformas profundas" y perdurables, eran distintivos de este nuevo
tipo de autoritarismo.
No cabe duda que esta segunda generación de dictaduras militares
en el siglo XX, tuvo como una de sus motivaciones básicas, evitar
en el resto de América Latina la repetición de una revolución
marxista como la que había triunfado en Cuba en 1959.
Samuel Huntington ubica precisamente en el Perú, en 1962, el comienzo
de esta nueva oleada autoritaria, que cubrió luego el continente.
Cayeron Brasil, Ecuador, Argentina y hasta países de larga tradición
democrática como Chile y Uruguay.
Este modelo burocrático autoritario, como lo llamó
Guillermo O´Donnell, es el que hemos conocido los latinoamericanos
-sobre todo los sudamericanos- en las últimas décadas. En
algunos casos fue tan brutal como las dictaduras de la primera generación,
sólo que ahora la tortura y el asesinato se efectuaban de manera
organizada e industrial, como ejemplifican los siniestros casos de la
Escuela de Mecánica de la Armada en Argentina o la Caravana de
la Muerte en Chile.
Precisamente por ser institucionales, estas dictaduras trataron de -y
muchas veces lograron- retirarse ordenadamente del poder, de pactar y
negociar las transiciones a la democracia. A diferencia de los caudillos
autoritarios, que podían repletar sus maletas de oro y largarse
a otro país a disfrutar sus fortunas, las FF.AA. como institución
tienen que quedarse y convivir con la sociedad. Por eso las dictaduras
de segunda generación terminaron de manera diferente a las de primera
generación.
Esta segunda generación de dictaduras institucionales de las fuerzas
armadas, no recurrió al expediente de las elecciones para tratar
de legitimarse, y los gobernantes uniformados ocuparon toda la escena
política.
Es por eso, quizás, que cuando ha aparecido un nuevo tipo de dictaduras,
que se escudan bajo ropajes civiles y efectúan elecciones condicionadas
y amañadas, resulta difícil a los más jóvenes
reconocer en ellas su verdadera naturaleza autoritaria. El estereotipo
de dictadura fijado en la memoria reciente, es la del militar engalonado
ocupando el Palacio de Gobierno.
Con el golpe del 5 de abril de 1992, el Perú ha sido -otra vez-
el lugar donde se ha iniciado una nueva especie de dictaduras en el siglo
XX, lo que podemos llamar una tercera generación, un autoritarismo
adaptado a las nuevas condiciones imperantes en el mundo.
Este nuevo tipo de dictadura, al igual que las de primera generación,
necesita legitimarse mediante periódicas elecciones. También,
a semejanza de las de la primera generación, están personalizadas
y no son simplemente una rama, un brazo o una extensión de la institución
militar. Al contrario, usan a las fuerzas armadas como el partido de gobierno,
controlando, corrompiendo y desprofesionalizando las instituciones castrenses.
Esta tercera generación de autoritarismos, también parece
compartir con la primera un suicida aislacionismo. Rafael Leonidas Trujillo
fue, por muchos años, uno de los engreídos del hermano mayor
norteamericano. Pero cuando las circunstancias políticas lo volvieron
un indeseable, se negó obstinadamente a entender la situación,
rehusó la salida decorosa que se le ofrecía y se aferró
al poder obcecadamente.
El creyó, equivocadamente, que la tormenta pasaría y que
podría reconciliarse con el hermano mayor. No fue así.
Hoy día vemos, guardando las distancias, repetirse la historia,
cuando Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos se niegan a comprender
que su luna de miel con la comunidad internacional terminó, que
son repudiados y rechazados, y que su empecinamiento por permanecer en
el poder sólo hará más brusca su salida.
No sabemos todavía cómo reaccionarán las dictaduras
actuales, cuyo nacimiento hemos observado pero cuyo fin todavía
no hemos visto. Pero sin duda deberán tomar en cuenta que el mundo
ha cambiado.
Antes, los dictadores de primera generación que sobrevivían,
podían huir y disfrutar de un exilio dorado, arrullado por los
millones que robaron impunemente durante sus largos gobiernos. Los de
segunda generación se creyeron impunes amparados en leyes de amnistía
que ellos mismos aprobaron. Ahora no es tan sencillo. Los criminales son
perseguidos en el mundo y, en ocasiones, en sus propios países.
Ya no parece haber lugar seguro para ellos, como muestran los ejemplos
de Augusto Pinochet y Rafael Videla.
Tampoco para los amos de los servicios de inteligencia. El general Manuel
Contreras, ex jefe de la odiosa DINA, habita hoy en una cárcel
chilena, purgando algunos de sus crímenes.
Ninguno de ellos tiene, pues, el futuro asegurado. Y mientras más
se aferren al poder, mientras más difícil hagan la transición,
menos posibilidades tendrán de salir bien librados.
La Fiesta del Chivo exhibe de manera magistral las iniquidades
de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo. Pero al mismo tiempo, nos
ayuda a descifrar la ignominia de todas las dictaduras, antiguas y modernas,
y nos refuerza en la necesidad de luchar para acabar con ellas.
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