Edición Nº 1618

 

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    11 de Mayo de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Tres Generaciones
    Consideraciones a propósito de La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa.

    LA dictadura de Rafael Leonidas Trujillo pertenece a una antigua estirpe latinoamericana de tiranías en el siglo XX, que se pueden denominar dictaduras de primera generación. Caudillos autoritarios, en la mayoría de los casos militares, aunque también a veces algunos civiles, se hacían del poder y gobernaban despóticamente durante años y décadas. Se imponían por el miedo, el terror, el soborno, el chantaje, la corrupción.
    Para todo efecto práctico, eran dictaduras basadas en la fuerza. Sin embargo, en parte para cumplir un ritual hipócrita, satisfacer superficialmente demandas políticas internas y cubrirse con una pátina de legitimidad; en parte para mantener una fingida respetabilidad internacional, estos regímenes dictatoriales realizaban puntualmente elecciones amañadas y fraudulentas que, por supuesto, siempre ganaban los detentadores del poder.
    Nunca estos dictadores dejaron el poder por su voluntad o porque alguien les ganara limpiamente las elecciones. Siempre tuvieron que ser echados por una movilización ciudadana, por un golpe militar, por una intervención extranjera, por una revolución popular o por la combinación de varios de estos factores. O cuando morían o eran asesinados, como en el caso de Rafael Leonidas Trujillo.
    El patriarca de este sistema fue, como se sabe, el mexicano Porfirio Díaz (26 años en el poder), con aprovechados discípulos como los Somoza en Nicaragua (42 años), los Duvalier en Haití (29 años) y Alfredo Stroessner (35 años) en Paraguay.
    En el Perú, país de instituciones débiles e invertebradas, que parece tener arena movediza como cimiento, ni las dictaduras ni las democracias han durado tanto. Augusto B. Leguía, el más longevo dictador, se mantuvo ininterrumpidamente once años en el gobierno entre 1919 y 1930, luego de sucesivas y fraudulentas reelecciones. Un nefasto récord, todavía no superado y que ojalá permanezca imbatible.
    No obstante, superponiéndose a la anterior, en la década de 1960 comenzó una nueva y distinta ola de dictaduras en América Latina, con rasgos diferentes a las anteriores. Se trató de dictaduras institucionales de las fuerzas armadas, que habiendo adquirido nuevos niveles de profesionalización, desarrollaron un pensamiento estratégico donde se asignaban a sí mismas el papel de cambiar, transformar, revolucionar sus sociedades. Sus coordenadas ideológicas podían orientarlas hacia la izquierda o la derecha, pero sus objetivos de "reformas profundas" y perdurables, eran distintivos de este nuevo tipo de autoritarismo.
    No cabe duda que esta segunda generación de dictaduras militares en el siglo XX, tuvo como una de sus motivaciones básicas, evitar en el resto de América Latina la repetición de una revolución marxista como la que había triunfado en Cuba en 1959.
    Samuel Huntington ubica precisamente en el Perú, en 1962, el comienzo de esta nueva oleada autoritaria, que cubrió luego el continente. Cayeron Brasil, Ecuador, Argentina y hasta países de larga tradición democrática como Chile y Uruguay.
    Este modelo burocrático autoritario, como lo llamó Guillermo O´Donnell, es el que hemos conocido los latinoamericanos -sobre todo los sudamericanos- en las últimas décadas. En algunos casos fue tan brutal como las dictaduras de la primera generación, sólo que ahora la tortura y el asesinato se efectuaban de manera organizada e industrial, como ejemplifican los siniestros casos de la Escuela de Mecánica de la Armada en Argentina o la Caravana de la Muerte en Chile.
    Precisamente por ser institucionales, estas dictaduras trataron de -y muchas veces lograron- retirarse ordenadamente del poder, de pactar y negociar las transiciones a la democracia. A diferencia de los caudillos autoritarios, que podían repletar sus maletas de oro y largarse a otro país a disfrutar sus fortunas, las FF.AA. como institución tienen que quedarse y convivir con la sociedad. Por eso las dictaduras de segunda generación terminaron de manera diferente a las de primera generación.
    Esta segunda generación de dictaduras institucionales de las fuerzas armadas, no recurrió al expediente de las elecciones para tratar de legitimarse, y los gobernantes uniformados ocuparon toda la escena política.
    Es por eso, quizás, que cuando ha aparecido un nuevo tipo de dictaduras, que se escudan bajo ropajes civiles y efectúan elecciones condicionadas y amañadas, resulta difícil a los más jóvenes reconocer en ellas su verdadera naturaleza autoritaria. El estereotipo de dictadura fijado en la memoria reciente, es la del militar engalonado ocupando el Palacio de Gobierno.
    Con el golpe del 5 de abril de 1992, el Perú ha sido -otra vez- el lugar donde se ha iniciado una nueva especie de dictaduras en el siglo XX, lo que podemos llamar una tercera generación, un autoritarismo adaptado a las nuevas condiciones imperantes en el mundo.
    Este nuevo tipo de dictadura, al igual que las de primera generación, necesita legitimarse mediante periódicas elecciones. También, a semejanza de las de la primera generación, están personalizadas y no son simplemente una rama, un brazo o una extensión de la institución militar. Al contrario, usan a las fuerzas armadas como el partido de gobierno, controlando, corrompiendo y desprofesionalizando las instituciones castrenses.
    Esta tercera generación de autoritarismos, también parece compartir con la primera un suicida aislacionismo. Rafael Leonidas Trujillo fue, por muchos años, uno de los engreídos del hermano mayor norteamericano. Pero cuando las circunstancias políticas lo volvieron un indeseable, se negó obstinadamente a entender la situación, rehusó la salida decorosa que se le ofrecía y se aferró al poder obcecadamente.
    El creyó, equivocadamente, que la tormenta pasaría y que podría reconciliarse con el hermano mayor. No fue así.
    Hoy día vemos, guardando las distancias, repetirse la historia, cuando Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos se niegan a comprender que su luna de miel con la comunidad internacional terminó, que son repudiados y rechazados, y que su empecinamiento por permanecer en el poder sólo hará más brusca su salida.
    No sabemos todavía cómo reaccionarán las dictaduras actuales, cuyo nacimiento hemos observado pero cuyo fin todavía no hemos visto. Pero sin duda deberán tomar en cuenta que el mundo ha cambiado.
    Antes, los dictadores de primera generación que sobrevivían, podían huir y disfrutar de un exilio dorado, arrullado por los millones que robaron impunemente durante sus largos gobiernos. Los de segunda generación se creyeron impunes amparados en leyes de amnistía que ellos mismos aprobaron. Ahora no es tan sencillo. Los criminales son perseguidos en el mundo y, en ocasiones, en sus propios países. Ya no parece haber lugar seguro para ellos, como muestran los ejemplos de Augusto Pinochet y Rafael Videla.
    Tampoco para los amos de los servicios de inteligencia. El general Manuel Contreras, ex jefe de la odiosa DINA, habita hoy en una cárcel chilena, purgando algunos de sus crímenes.
    Ninguno de ellos tiene, pues, el futuro asegurado. Y mientras más se aferren al poder, mientras más difícil hagan la transición, menos posibilidades tendrán de salir bien librados.
    La Fiesta del Chivo exhibe de manera magistral las iniquidades de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo. Pero al mismo tiempo, nos ayuda a descifrar la ignominia de todas las dictaduras, antiguas y modernas, y nos refuerza en la necesidad de luchar para acabar con ellas.

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