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18 de Mayo de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
El
Parque Salazar
DURANTE mucho tiempo los peruanos vivieron de espaldas al mar.
Temían a los terremotos, que, en el siglo veinte, devastaron algunas
veces las rancherías y balnearios veraniegos de Chorrillos y El
Barranco donde las familias pudientes venían a pasar los veranos.
Luego, retornaban a los barrios del interior de la ciudad, más
pegados a la cordillera, que les parecían de suelo más firme.
De este modo se privaban del espectáculo más bello que ofrece
Lima, acaso el Perú y tal vez el continente: el generoso mar Pacífico,
visto desde el alto de los acantilados, cuando el Sol, una enorme bola
de fuego llameante, se hunde en el horizonte marino provocando, por unos
instantes, un soberbio incendio.
Cuando yo llegué a vivir a Miraflores, barrio que también
colinda con el mar, los limeños de clase media ya comenzaban a
perder el pánico ancestral a los temblores, y acercaban sus casas
a los empinados farallones y al mar. Era un rito, para las parejas de
enamorados, llegarse al malecón, y desde allí, tomadas de
la mano, contemplar el rito del crepúsculo. Existía la creencia
de que el deseo emitido al instante de zambullirse el Sol en el mar, se
cumplía, y que el amor renovado cada tarde con esta ceremonia pagana,
sería indestructible. 
Asistir al crepúsculo marino desde el malecón era una de
las rarísimas ocasiones en que estas familias severísimas
de mi infancia permitían a los niños y niñas, o adolescentes,
salir de casa. Lo normal era que, de lunes a viernes, después del
colegio, los niños se encerraran a hacer las tareas escolares,
y que, luego de escuchar en la radio algún programa cómico
o musical -los más famosos que recuerdo eran los del Zorro y el
de la Chola Purificación Chauca- comieran temprano y se metieran
a la cama. Eran tiempos en que se dormía más, mucho más
que en éstos, tan apurados, de ahora. Tal vez por esa estricta
rutina esperábamos con tanta ilusión la llegada de sábados
y domingos. La felicidad comenzaba el sábado al mediodía,
al terminar las clases de la semana con la entrega de la libreta de notas.
En las tardes uno ya era libre y salía a la esquina, el cuartel
general del barrio, a reunirse con los amigos, y también con las
chicas, y a patinar juntos, montar bicicleta por las calles del rededor,
jugar fulbito, o simplemente conversar, contar chistes, y disfrutar de
esa rara promiscuidad entre pantalones y faldas, aderezada por la picardía
y la malicia incipientes.
En la noche del sábado solía haber fiestas, para celebrar
algún cumpleaños.
Eran fiestas benignas a más no poder, donde se comían tortas
y pastelitos, y se bebía refrescos, pero jamás de los jamases
una gota de alcohol. Por eso, cuando uno empezaba a sentirse grande, antes
de entrar a la fiesta del sábado se tomaba en el chino de la esquina
un "capitán", una copita de pisco mezclado con vermut, que encendía
la sangre y alborotaba los cerebros. Se bailaba los boleros, los valses,
las huarachas y (después) los mambos, con mucha corrección,
bajo la vigilancia de los dueños de casa y a menudo de las chaperonas
de las muchachas. Pese a ello eran fiestas excitantes, maravillosas, que
quedaban grabadas en la memoria y ayudaban a resistir el resto de la semana.
Allí, al cálido amparo de las voces de Lucho Gatica o Leo
Marini, uno podía declararse, y si la chica decía "sí,
sí quiero estar contigo", ya se tenía enamorada: era algo
que confería seguridad y superioridad a cualquier adolescente.
A la enamorada uno podía verla dos o tres veces el domingo, el
día más feliz. Primero, en la misa de once, en la iglesia,
y luego, dando una o dos vueltas a su lado, bajo los altos ficus y los
laureles del Parque, entre los cuales se había entrometido un pequeño
cinema ya desaparecido, el Ricardo Palma. Y después, en la encubridora
matiné de las tardes, donde, por fin, se entrelazaban las manos,
y había besos y caricias, lo que, en lenguaje viril, se conocía
como "tirar plan", algo que, por lo demás, expresaba un mero deseo,
no una realidad. Después de la matiné era obligatorio tomar
helados en el Cream-Rica o en el D'Onofrío, y finalmente -el clímax
de la maravilla- pasear por el Parque Salazar, que estaba sobre el mar,
al final de esa avenida Larco que, prolongada por la larguísima
avenida Arequipa, comunicaba a los barrios marinos con el centro de la
ciudad (unos diez kilómetros de distancia).
El Parque Salazar era el sitio más bonito de Miraflores, y tal
vez de Lima. Allí terminaba la ciudad, en un acantilado cortado
a pico, y golpeado por las olas. Ese ruido y el de la resaca, arrastrando
las piedras, en aquella profundidad que iban ganando las sombras mientras
dábamos vueltas al Parque cuyo ombligo era la estatua en memoria
de un aviador -el teniente Salazar Southwell- servía de música
de fondo a las conversaciones, y era un murmullo acariciador, repetitivo,
cuya monotonía nunca fatigaba. Formar parte, de la mano con la
enamorada, de esa espesa serpiente de jóvenes que daba vueltas
y vueltas por los caminillos de piedras entre cuyas junturas brotaba la
hierba, a la hora del crepúsculo, cada domingo, era la alegría,
el absoluto, la felicidad. Allí uno se sentía seguro, respaldado,
inmerso en una colectividad privilegiada, sana, próspera, intocable,
superior. Era un sentimiento falaz, una ilusión estúpida,
y, sin embargo, a la distancia de los años, es imposible no recordarla
con la nostalgia y el cariño que merecen las cosas idas que nos
hicieron soñar y que la memoria preservó. Lo bonito del
Parque Salazar era su intimidad, su limpieza, el verde intenso de su césped,
sus arriates de flores, y la multitud de árboles, arbustos y arbolitos
que lo erizaban y que a cada paso creaban pequeños enclaves de
soledad. A lo largo del bordillo de ladrillos rojos del malecón,
que lo limitaba, había unas bancas de piedra, donde se instalaban
los adultos intrusos e impertinentes que osaban invadir aquel territorio
donde la juventud reinaba y tronaba por doquier. Nosotros nos sentábamos
en el bordillo, para hacer una pausa y gozar de un cuchicheo y una cercanía
corporal más estrecha con la enamorada. Allí había
susurros muy románticos, promesas de amor formuladas por unos labios
tímidos a la orilla de los oídos de las chicas, apretones
de manos, roces de brazos y de piernas y hasta besos furtivos (por supuesto,
nunca con lengua: eso no debía hacerse con la enamorada, sólo
con las chicas de medio pelo, las cholitas). Medio siglo después,
hasta la imbecilidad y los prejuicios racistas de la niñez parecen
tiernos.
Mientras viví en Lima fui siempre a dar una vuelta por el Parque
Salazar, y, vez que podía, a gozar desde allí el éxtasis
de los crepúsculos. Lo hice también después, cuando
vivía en el extranjero, cada vez que volvía a la ciudad
de mi juventud, como una peregrinación a las fuentes más
ricas de mi memoria. Y, en tanto que todo cambiaba alrededor, desaparecían
las casitas con jardines y se levantaban edificios y se anchaban las calles
y se repletaban de automóviles, el Parque Salazar seguía
siempre allí, igual al de antes, ejemplo vivo de continuidad, de
lealtad a una tradición, casi un símbolo de eternidad. Pero,
ahora, con esa irresistible vocación destructora que se apoderó
de la ciudad, al bello Parque Salazar también lo degradaron y mataron.
Apenas llegué a Lima, hace tres días, y corrí a la
cita acostumbrada, él ya no estaba állí, sino su
impostura.
No estoy contra el progreso ni la modernidad. Cinemero pertinaz, aplaudo
que ahora haya allí, a los pies del antiguo parquecito, tantas
salas donde ver películas, y restaurantes, y, por supuesto, una
librería. Lo que nunca entenderé, por qué, para construir
todo aquello, fue preciso exterminar aquellos árboles, y secar
aquellos jardincillos llenos de geranios, y reemplazar el césped
por el cemento, y convertir aquel vergel en una explanada sin vida y sin
carácter, maculada, además, por dos espantosas chimeneas
que celebran la fealdad, el mal gusto y la prepotencia arquitectónica,
y exhalan malos olores.
Barajo algunas explicaciones: ya no hacen falta parquecitos recoletos
en Lima, porque ya no hay niños ni jóvenes en esta ciudad,
sólo adultos de distintas edades. Y tampoco enamorados, porque
el amor se volvió anacrónico, nada sentimental, ferozmente
carnal y expeditivo: un amor que en vez de parques cómplices y
rumores marinos, necesita sólo camas. Amar se volvió sinónimo
de fornicar, sin los prolegómenos sentimentales y espirituales,
sin los ritos preliminares de antaño. Y, de otro lado, en esta
vida de ritmo tan frenético, de galopantes horarios y distancias
enloquecedoras, ¿hay acaso gentes dispuestas a perder el tiempo,
a desperdiciar la vida, dando vueltas, como un asno en la noria, por un
parque? "Quelle horrible époque!", exclamaba aquella viejecita
proustiana, elevando el puñito arrugado. Adiós, parquecito
Salazar de antaño: descansa en paz.
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* Mario Vargas Llosa, 2000.
* Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario
El País, SA, 2000.
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