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26 de Mayo de 2000 |
Por
FERNANDO ROSPIGLOSI |
Contra
la Pared
EL gobierno llegó a un callejón sin salida, sin
soluciones buenas, sólo menos malas. La exigencia unánime
de la comunidad internacional, los observadores extranjeros y nacionales,
y el candidato opositor, Alejandro Toledo, de postergar las elecciones,
fue deformada, ridiculizada, minimizada y ninguneada por el oficialismo.
Pero en realidad, es imposible de ignorar.
El martes en la mañana, en la reunión entre el jefe de la
Misión de Observación de la OEA, Eduardo Stein, y los embajadores
de los países miembros de esa organización, se llegó
a la conclusión que había que hacer un último intento
y darle al gobierno peruano una oportunidad de postergar las elecciones
salvando la cara.
Por eso Stein anunció ese día que asistiría al simulacro
de la ONPE el miércoles 24 -a pesar que el lunes había anunciado
que se retiraba de esa tarea-, con la absoluta convicción que iba
a fracasar. En su comunicado del martes, evaluando el fallido simulacro
anterior, Stein dice que "es imposible que todos estos puntos sean
implementados antes del día 28 de mayo".
Es decir, era obvio ya que el único sentido que tenía participar
en el simulacro del miércoles, era comprobar que el sistema no
estaba listo, decírselo en voz alta al gobierno y darle la posibilidad
de postergar las elecciones aduciendo motivos técnicos.
Pero, como bien señaló la Asociación Transparencia
cuando decidió retirarse de la observación, el desastroso
sistema de cómputo de la ONPE es sólo uno de los aspectos
que han destruido la confianza en este proceso electoral.
Hay muchos otros que han sido señalados reiteradamente, desde las
condiciones inequitativas, como la descarada utilización de la
Tv. de señal abierta para favorecer a Alberto Fujimori y el uso
de los recursos estatales, hasta otras formas de fraude, como el carrusel,
el cambio de los resultados en las mesas y la sustitución de actas.
De estas dos últimas modalidades de tergiversación de los
resultados, la Unidad de Investigación del diario La República
ha presentado evidencias en días recientes.
La postergación no era, pues, sólo un cambio de fecha, sino
un plazo para desmontar la maquinaria del fraude que operó en la
primera vuelta. Así lo entienden todos, desde los observadores
internacionales hasta el propio gobierno, pasando por el candidato de
oposición.
Por eso la pertinaz resistencia del gobierno, que utilizó todos
los recursos a su alcance para dilatar las rectificaciones y efectuar
sólo cambios cosméticos.
Pero el régimen de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori ha llegado
al final del camino. Postergar los comicios será interpretado como
una derrota. Sobre todo para un gobierno que ha hecho de la inflexibilidad
y la testarudez una virtud. El recular -creen en el gobierno-, tendrá
también costos políticos y electorales en vistas a la nueva
fecha.
Además -quizás lo más importante-, para cumplir con
las condiciones de la OEA tendrían que admitir una supervisión
amplia, lo que les dificultaría efectuar con impunidad el fraude
que necesitan para asegurarse el triunfo.
Por eso el gobierno ha resistido hasta el último momento la postergación.
Pero si efectúan las elecciones el domingo 28 -esta columna se
escribe sin saber cual fue la decisión final-, se empezarán
a deslizar inevitablemente por una pendiente que terminará con
la caída del régimen.
Habrá no sólo condenas internacionales sino, muy probablemente,
sanciones efectivas. La resolución N° 43 del Congreso norteamericano
refrendada por la Casa Blanca y la posición de la Unión
Europea dejan pocas dudas al respecto.
Internamente se producirán movilizaciones de protesta. Eventualmente
podrían ser sofocadas, pero es evidente que el gobierno, careciendo
de legitimidad y concentrando la indignación de un sector importante
de la población, será asediado constantemente por el descontento
popular, que sólo se detendrá con su derrumbe.
Nadie sabe cuándo ocurrirá, pero no cabe duda que ése
será el desenlace.
Porque el régimen depende ahora exclusivamente del sustento que
le brindan los Servicios de Inteligencia y la cúpula militar, politizados
y corrompidos. Esa gente se aferra al poder con desesperación,
porque quiere seguir medrando, pero también porque tiene pánico
a dejar el gobierno y rendir cuentas de los dineros mal habidos, los crímenes
cometidos, los delitos perpetrados.
Sin embargo, ésta no es una dictadura institucional de las fuerzas
armadas, sino un gobierno autoritario personalizado, sustentado en las
FF.AA. Esto implica que, barriendo a la cúpula, el establecimiento
castrense puede retornar sin grandes traumas a la institucionalidad.
En suma, el régimen cívico-militar ha llegado a un callejón
sin salida. Sin embargo, pueden optar por un camino más violento
y doloroso para dejar el poder, que le costará mucho al país,
pero también a ellos. O uno menos traumático.
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Email:frospig@amauta.rcp.net.pe
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