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ARTICULO
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30
de Junio de 2000 |
La Vigencia de Basadre
A
20 años de la muerte del gran tacneño, dos historiadores
precisan lecciones de su obra y su vida para una nación que él
amó con pasión y serenidad.
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Manuel
Burga, historiador sanmarquino.
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Margarita
Giesecke, discípula en Londres de Eric Hobsbawn. |
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Manuel Burga, catedrático de
ciencias sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
y Margarita Giesecke, profesora de historia de la Pontificia Universidad
Católica, definen claves del admirable personaje que en 1931,
a los 28 años de edad escribió ese clásico
que es Perú: problema y posibilidad, y nos legó, entre
otras obras magistrales, la insuperada Historia de la República
del Perú. Investigador acucioso desde los 16 años
de edad, llegado a Lima desde su Tacna natal ocupada por Chile,
fue siempre un demócrata y un partidario de la justicia social.
"Hay", escribió en Infancia en Tacna, "derechos imprescriptibles,
una dignidad mínima para subsistir, seguir adelante y tomar
impulso y que constituyen la misión, el destino, la promesa
de nuestra existencia común."
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SUS
CUATRO CLAVES DE LA HISTORIA PERUANA
Escribe MANUEL BURGA
ES increíble la capacidad creativa o destructiva que tienen
los escenarios históricos cuando se mira hacia el pasado o se piensa
en el futuro impregnados de esta actualidad. Por eso no es nada raro percibir,
o quizá simplemente intuir, que hoy el tiempo histórico
parece más favorable a don Jorge Basadre, el historiador de la
República, que a José Carlos Mariátegui, el fundador
del socialismo peruano, por ejemplo.
Los libros de Basadre parecen aún vitales, indispensables, con
una fuerza sana para explicar y entender nuestro destino histórico.
Presentar o discutir la obra de Basadre demanda una espacio mayor, no
un artículo que pretende solamente recordarlo a 20 años
de su muerte. Por eso me limitaré a presentarlo a través
de algunas de sus claves para entender la historia peruana. Se me ocurre
llamar así a esos rasgos fundamentales de nuestro proceso histórico,
que Basadre decía que uno puede ignorar, conocer y aún manejar,
pero no evitar.
Por eso no es nada raro que su gran tema de estudio haya sido la República.
Desde su primer libro, La multitud, la ciudad y el campo en la historia
del Perú (1929) hasta su Introducción a las bases
documentales para la historia del Perú (1971), pasando por
su monumental Historia de la República del Perú,
su obra historiográfica trata de explicar y entender el Perú
moderno. Su obra es inmensa, sorprendente, rica e inagotable. Sin embargo
nunca estuvo libre de la incomprensión, la crítica y - a
veces- del menosprecio de algunos historiadores, especialmente de mi generación,
que priorizaban una historia denuncia, que negaban la inevitabilidad de
lo hispano y lo criollo, que preferían la demolición de
la historia, más que una historia centrípeta que buscaba
la nación como centro y justificación.
Analizaré algunas de sus ideas que podemos considerarlas como claves
de nuestra historia.
Primera: El Perú no es inca, ni español, ni criollo,
ni mestizo, es una realidad más compleja. Para mala suerte
de Basadre, su carrera como intelectual, se inició en el Oncenio
de Leguía, cuando frente al autoritarismo y el derrumbe de las
instituciones democráticas, había surgido con fuerza inusitada
el primer indigenismo moderno que invadió todos los rincones y
emociones de la vida intelectual de entonces. Por eso discrepó
de Julio C. Tello, así como de los hispanistas y consideró
al criollismo como mundo crepuscular, para luego afirmar que el Perú
era más que todo eso.
Segunda: El Perú es un país de contrastes y de
contradicciones. Un "país que en la guerra con Chile produjo
un bizantino faccionalismo político y un arquetipo de hombre como
Grau". Gran parte de nuestra historia, decía, la podemos entender
como un debate entre las ideas de libertad y autoridad, ambas como opciones
políticas contrapuestas y justificadas por la búsqueda del
ansiado progreso material. Un debate entre la institucionalidad democrática,
con todas sus implicancias, y los gobiernos autoritarios, que sacrifican
la democracia.
Una tercera clave la expresó de la manera siguiente: La
historia del Perú en el siglo XIX es una historia de oportunidades
perdidas y de posibilidades no aprovechadas. Aquí tenemos
que pensar fundamentalmente en su noción de Estado empírico,
ineficiente, clientelista y caudillesco, para entender por qué
la riqueza del guano no permitió la aplicación de políticas
estatales más inteligentes y nacionales. Los problemas provienen
de los avatares, las conquistas, los colonialismos que encontramos en
nuestra historia, lo que no nos debe impedir -según él-
mirar al futuro como posibilidad de una vida mejor.
En cuarto lugar: desde muy joven, y probablemente, en respuesta
a su experiencia íntima y personal, se preguntó "¿Por
qué se fundó la República?" y aquí expuso
una de las claves fundamentales de la historia moderna del Perú,
la idea de promesa republicana, que aparece como una emoción
de todos los hombres nuevos durante las campañas independentistas
en América Latina: "Hubo en ellos también algo así
como una angustia metafísica que se resolvió en la esperanza
de que viviendo libres cumplirían su destino colectivo. Esa angustia,
que a la vez fue una esperanza, podría ser llamada la promesa".
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El
gran peruano murió el 29 de junio de 1980. Había nacido
en la Tacna ocupada,1903.
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Estas son algunas de las claves de nuestra historia, que según
Basadre, no hemos sabido manejar, para que la promesa se realice
íntegramente, sin exclusiones, ni privilegios, sin mengua de la
libertad, sin autoritarismos ciegos, tercos y antinacionales. A pesar
de nuestros conflictos, o, como él solía decir, de una "invisible
guerra civil", Basadre miró la historia peruana para entender la
génesis, constitución y desarrollo de la "nación
peruana". La historia no como lección ejemplar, sino como memoria
colectiva, y comunión, que nos involucre en un proyecto común.
Por esto, la República, nacida con la Independencia, será
para él la gran arquitectura administrativa y política para
ensanchar la nación peruana.
Creo, finalmente, que su idea central, la búsqueda de la nación
peruana, nunca fue cabalmente entendida y por eso se le criticó,
acusándolo de olvidos y de omisiones. Pero ahora sabemos, gracias
a la propuesta de Benedict Anderson, Comunidades Imaginadas (1983),
que las naciones son artefactos culturales, más que realidades
materiales, que debemos entenderlas como< comunidades imaginadas, soberanas
y limitadas. Basadre nunca pudo utilizar la noción de Anderson,
pero sí percibió a la nación peruana desde esta perspectiva.
Por eso nos habla de la multiplicidad peruana, de sus herencias diversas,
de sus contradicciones, de esa sensación de futilidad de la democracia,
del peligro de los autoritarismos, de los faccionalismos, que impiden
que nos podamos imaginar como una comunidad nacional. La terca apuesta
por el sí de don Jorge Basadre es su apuesta por la nación
peruana, por una comunidad imaginada, donde prevalezcan la integración,
la honestidad y el juego limpio. No hay otra manera de construir la nación,
sino sanamente. La necesidad presente y futura de esta obra explica la
perdurabilidad de Basadre.
POR UN DESARROLLO CON JUSTICIA
Escribe MARGARITA GIESECKE
ES prácticamente imposible hacer un balance breve de toda
la proyección y vigencia de la obra de Jorge Basadre. Sin embargo,
quien tenga el deseo y la tenacidad de hacerlo, encontrará, para
empezar, que en la política actual se continúa con la tradición
de una enorme arrogancia e ignorancia del pasado. Quien crea que el proceso
nacional actual es distinto al de su historia está equivocado,
pues somos y cargamos con muchos temas no resueltos de nuestro pasado
y que una y otra vez nos confrontan con viejos problemas como si fueran
nuevos y con viejas soluciones vestidas de modernidad.
En esencia nuestro Estado está ligado a la fragilidad de nuestra
economía, todavía fundamentalmente primarioexportadora,
la que sigue planteando un escenario y actores políticos sumamente
vulnerables. En otras palabras, frágiles democracias para las que
las oleadas modernizantes muchas veces no pasan de ser barnices relucientes
sobre viejas maderas.
Pocas historias como las que nos entregó Jorge Basadre a lo largo
de su fructífera vida han contenido en sus análisis y proyecciones
un sentido tan clarividente. No estamos hablando del arte adivinatorio,
sino de la capacidad de acercar la brecha entre pasado y futuro como resultado
de una prolija investigación histórica. Jorge Basadre enfocó
la historia como un proceso continuo en el tiempo. Ciertamente, el fenómeno
histórico que lo comprometió más y que prácticamente
definió toda su obra fue el de la historia política. Algo
irónico, según él, ya que se trató de una
práctica de la cual siempre discrepó o ante la cual fue
siempre muy crítico. A pesar de ello, decía que el conocimiento
de la historia política era el andamiaje indispensable sobre el
cual se investigarían y escribirían las otras historias.
Es en torno a estas historias, política y social, que quisiera
recordar la vigencia de la obra de Jorge Basadre.
Convencido de que el tema del poder es eterno, Basadre reunió,
ordenó y dio vida a los papeles del Estado. A través del
análisis certero de la política nacional, de los políticos
y las instituciones públicas a lo largo del tiempo, Basadre nos
enfrentó y nos enfrenta aún a por lo menos dos problemas
medulares en la formación de la nación peruana. El Perú
de 1879, nos dijo, tuvo dos fallas esenciales que nos explican el desastre
de la guerra: el Estado empírico y el abismo social. En 1969 advirtió
nuevamente que, si continuaban existiendo, podían llevarnos a nuevas
catástrofes frente a las grandes pruebas del futuro.
Por mucho tiempo se malentendió empírico solamente
como improvisado; pero la definición que él dio en su Historia
de la República es mucho más comprehensiva, pues quiere
decir: "el Estado inauténtico, frágil, corroído por
impurezas y por anomalías... el Estado con un Presidente inestable,
con elecciones a veces amañadas, con un Congreso de origen discutible
y poco eficaz en su acción, con democracia falsa... Un Estado en
el que no abundan las personas capaces y bien preparadas para la función
que les corresponde" (JB, tomo VIII de la Historia de la República)
Este Estado empírico reposaba, por añadidura, sobre un abismo
social, pues se evidenció una total despreocupación en la
época republicana por el problema indígena, lo que originó
la ausencia de una mística nacional en este grupo humano. En conclusión
de Basadre: "el peruano del siglo XIX no había tecnificado el aparato
estatal ni había abordado el problema humano del Perú".
En 1978, en las anotaciones a su obra Perú: Problema y Posibilidad,
escrita en 1931, nos recordó la relación estrecha entre
el tema del desarrollo económico y la todavía urgente superación
del Estado empírico y del abismo social sobre el cual éste
reposaba. Para Basadre, "el desarrollo económico auténtico
no sólo implica la ampliación de bienes y servicios, sino
que queda definido mejor en términos que eleven los niveles de
subsistencia, dignidad y libertad humanas y combatan la pobreza, el desempleo
y la desigualdad". Más aún planteó la lucha contra
el subdesarrollo como: "una planificación auténtica de tipo
democrático, gradualista y experimental en el avance hacia el futuro
con soluciones de corto, mediano y largo plazo que tiendan al aumento
de la productividad y al alza del nivel de vida, defiendan al mismo tiempo
derechos humanos esenciales y busquen, sin mengua de ellos, la justicia
social."
En el año 2000 resulta complejo afirmar que el Estado peruano ha
logrado superar su empirismo, el abismo social, la debilidad democrática
y el subdesarrollo.
Por cierto, el abismo social ya no se presenta solamente como la marginación
del indígena en los Andes, sino también como pobreza extendida
de un alto porcentaje de peruanos, su real marginación del sistema
educativo y su creciente dependencia cultural y cívica de los medios
de comunicación. El "problema humano del Perú hacia la construcción
de una mística nacional" sigue siendo una tarea pendiente en la
construcción de nuestra historia.
El estudio de la historia social, en cambio, arroja un saldo positivo.
En 1975 Basadre me escribió a Londres y en esa oportunidad sostuvo
que el género de historiografía que Eric Hobsbawn cultivaba
y propugnaba sería, sin duda, el que más atracción
tendría en los tiempos venideros (consideraba que el libro Bandits
de Hobsbawn era interesantísimo). En ese entonces ni se soñaba
con la posibilidad de la existencia de la cátedra de historia social
que hoy existe. Tampoco se habían publicado aún los importantes
estudios con que ahora contamos sobre campesinos, obreros, minorías
étnicas y seres anónimos trabajados en base a sus historias
orales.
En realidad el puente entre la historia social y la historia de la sociedad
estaba dado ya en la concepción histórica de Basadre y,
aún cuando tuvo que privilegiar la historia política, lo
social estuvo siempre presente en su obra. No sólo lo está
en las páginas que dedica a las nuevas clases sociales y a las
jornadas reivindicativas de obreros y campesinos, sino en toda su obra,
y ello es fruto de su calidad de persona profundamente preocupada por
la marcha de la sociedad en su conjunto.
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