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30 de Junio de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
El
Error de Blair
VUELVO a Inglaterra después de varios meses y, a primera
vista, las cosas marchan bastante bien. Pese a que la sobrevaloración
de la libra esterlina ha hecho de éste uno de los países
más caros del mundo, la afluencia de turistas bate nuevos récords,
la economía crece al 3% anual y el salario promedio ha experimentado
una notable subida respecto al año pasado (4,8%). La fiebre constructora
prosigue, al extremo de que, aquí en Londres, la orilla sureña
del Támesis, con su erupción de edificios modernísimos,
flamantes urbanizaciones, bares y cafés, y la nueva Tate Gallery,
resulta ya irreconocible, pues hasta hace muy poco esa zona era una de
las más pobres y ruinosas de la ciudad. La crisis de Irlanda del
Norte parece, una vez más, superada, y, en el ámbito internacional,
la figura del primer ministro británico, Tony Blair, sigue gozando
de prestigio e influencia.
Y, sin embargo, pese a esos factores objetivos tranquilizadores, algo
ha cambiado en la atmósfera de esta ciudad, de este país.
Un malestar profundo ha reemplazado el optimismo que reinaba el 31 de
diciembre del año pasado, cuando los siete millones de londinenses
(veinte, si se añade la periferia) se volcaron a las calles, pese
al frío polar, para recibir al nuevo siglo con unos fuegos de artificio
espectaculares. ¿Qué ha ocurrido? Que el estado de gracia
de que gozaba Tony Blair, su formidable popularidad que no había
hecho más que incrementarse desde que asumió el liderazgo
del Partido Laborista, en 1994, y, sobre todo, desde que ganó las
elecciones en 1997, ha sufrido un serio quebranto. No se ha eclipsado
del todo, pero nadie cree que vaya a recuperar en lo inmediato aquella
confianza y entusiasmo de la ciudadanía que lo han acompañado
todos estos años.
La última encuesta indica que sólo un 34% del electorado
está satisfecho con su gestión al frente del Gobierno, en
tanto que un 33% dice que ya no lo está. Este índice de
aprobación es elevado, pero se halla muy por debajo de aquellos
porcentajes abrumadores de apoyo -de 60% y hasta 70%- que hasta hace unos
meses arrojaban los sondeos. Las razones de este desgaste, son, también
en apariencia, muy diversas y surgen de diversos frentes. Los pacientes
de la National Health (la Salud Pública) le reprochan la lentitud
de las reformas que había prometido para agilizar y modernizar
la atención en los hospitales, y las organizaciones femeninas (que,
no hace mucho, lo abuchearon en un acto oficial) el no haber dictado aún
las medidas radicales que figuraban en su programa para combatir la discriminación
y promover el desarrollo de la mujer. Los padres de familia censuran ahora
las medidas adoptadas por el gobierno para transformar el sistema universitario
-entre las que figura la desaparición de la gratuidad indiscriminada
de las matrículas- que habían aprobado hace dos años,
y reproches parecidos le formulan distintos colectivos relacionados con
la cultura, la asistencia social, la escuela, el transporte, los impuestos.
Mi impresión es que todas estas críticas son una mera transferencia,
en el sentido freudiano del término, de la verdadera razón
del empañamiento de la imagen de Tony Blair, pretextos para justificar
un desencanto que no tiene, en verdad, nada que ver con su gestión
de gobierno, la que sigue siendo, para cualquier evaluación objetiva,
altamente competente, sino con una manera de actuar que íntimamente
repele a la conciencia cívica del electorado británico.
Me refiero a lo ocurrido con la designación del candidato laborista
para los comicios en los que los londinenses eligieron, por primera vez
en su historia, el 4 de mayo pasado, al alcalde de la ciudad.
Este episodio debe asediar, como una pesadilla recurrente, al joven abogado
que, luego de una brillantísima operación para ascender
a la dirección de su partido, revolucionó de pies a cabeza
al socialismo británico, desembarazándolo del sector radical
de izquierda, impulsándolo a adoptar una política económica
liberal a favor del mercado y la empresa privada, y que, con esta nueva
imagen y el apoyo de un vasto sector de las clases medias, recuperó
el poder para un Partido Laborista al que los conservadores mantenían
en la oposición desde hacía más de tres lustros.
Una de las novedades de su programa consistía en resucitar la alcaldía
de Londres, que la primera ministra tory Margaret Thatcher había
abolido (era en esa época un cargo nombrado, no mandatado), y,
esta vez, mediante elección directa y popular. La convocatoria
a estas elecciones abrió la oportunidad para que una de las víctimas
de la centralización del laborismo, el rojo Ken Livingston, que
había sido el último burgomaestre designado de la ciudad,
volviera al primer plano de la actualidad política. Hasta entonces,
vegetaba en una curul del Parlamento, sin pena ni gloria, apartado de
toda responsabilidad, igual que los otros dirigentes de la izquierda del
partido defenestrados por Tony Blair. Presentó su candidatura a
la nominación y, desde el primer momento, las encuestas revelaron
que el rojo Ken contaba con una poderosa corriente de apoyo en las bases
laboristas.
Espantado con la perspectiva de tener, como alcalde de Londres, a una
de las figuras más extremistas del laborismo -una de aquellas a
las que, luego de ciclópeos esfuerzos, había conseguido
marginar o alejar de su partido para cambiar la imagen de éste
y conquistar el poder-, Tony Blair, que estaba en aquel momento en el
apogeo de su popularidad, y había, acaso, debido a ello, contraído
el virus de los líderes carismáticos que llegan a creerse
todopoderosos, cometió un error que ojalá no tenga que lamentar
el resto de su vida política: fraguó las elecciones internas
del Partido Laborista para que fuera nominado candidato a la alcaldía,
en vez del rojo Ken, un hombre de su absoluta confianza: el ex ministro
de Salud Frank Dobson. Estos malabarismos no son infrecuentes en los partidos
democráticos. Los líderes, cuando gozan de gran autoridad,
se permiten a menudo desafueros de esta índole, y no suelen ser
castigados por ello, ya que, entre sus partidarios, la pasión y
la adhesión que despiertan, les confiere incluso el derecho, en
determinadas circunstancias, de actuar por encima (o por debajo) del propio
derecho. Habla muy bien, a mi juicio, de la sociedad británica
que, en este caso al menos, no haya ocurrido así. Tony Blair está
pagando aquel error desde entonces y me temo que la opinión pública
va a seguir tomándole cuentas, indirectamente, por aquel abuso
electoral por un buen tiempo todavía.
Las consecuencias de aquella equivocación no pueden haber sido
más ruinosas para él y para su partido. El rojo Ken, que
era bastante popular -más por su simpatía personal que por
sus desaforadas posiciones políticas-, apenas fue víctima
de aquella imposición de Dobson como candidato, se volvió
enormemente popular, tanto que pudo alejarse del Partido Laborista, candidatear
como independiente, y ganar la elección a la alcaldía con
gran comodidad (el electorado penalizó a Frank Dobson relegándolo
a tercera posición, luego del candidato tory, Steven Norris). Desde
entonces, los conservadores, que parecían, bajo la escuálida
dirección de William Hague y su campaña de corte ultranacionalista
y antieuropea, una especie anacrónica, en vías de extinción
ideológica, han levantado cabeza y empezado a ganar elecciones
locales. Pero, peor todavía, lo que todo el mundo creía
monolítica unidad del partido de gobierno bajo el puño de
Tony Blair, desde aquel funesto episodio ha empezado a resquebrajarse
y a mostrar al mundo las divisiones, tensiones y banderías que
lo recorren. Los enemigos del primer ministro no habían desaparecido,
como se creía. Estaban sólo ocultos, y, ahora, animados
con la pérdida de popularidad del líder, ya no callan ni
disimulan su hostilidad, y algunos de ellos, como Roy Hattersley, lo acusan
poco menos que de traición a los principios del socialismo, por
su "pragmatismo", por "haber sacado a la política de la política".
¿Qué irá a ocurrir en el futuro? Espero, por el Reino
Unido, que Tony Blair consiga, mediante acciones muy concretas, recuperar
la confianza que ha perdido. Porque lo cierto es que se trata de un magnífico
estadista, que ha prestado ya grandes servicios a su país, modernizando
un partido que se había desactualizado y que corría el riesgo
de fragmentarse y marginalizarse de la vida política, y asumiendo,
desde el poder, la responsabilidad de continuar las grandes reformas liberales
de los años ochenta, enriquecidas con un toque de europeísmo
y solidaridad internacional. En la actualidad, con su insensato retorno
a las posiciones más chauvinistas y su absurda guerra contra el
euro y la Unión Europea, el Partido Conservador precipitaría
a Gran Bretaña en un aislamiento político y económico
de consecuencias catastróficas para su economía y sus relaciones
internacionales. Por eso, en la actualidad, los tories no representan
una alternativa realista de poder.
Sin embargo, desde otro punto de vista, no es malo el vía crucis
que está sobrellevando el primer ministro británico. Una
experiencia que, sin duda, le permitirá recordar que no importa
cuán exitoso y popular sea un gobernante en una sociedad democrática,
hay unos límites para sus acciones que no puede permitirse traspasar,
sin poner en peligro el sistema gracias al cual ocupa el cargo para el
que fue elegido, un sistema que, a fin de cuentas, es más importante
y permanente que él y que sus grandes logros y aciertos. El pueblo
inglés no es mejor ni peor que otros, desde luego. A la hora de
señalarle defectos, se podría hacer una larga lista, empezando
por estos horrendos hooligans beodos, terror de los estadios de Europa
entera, y terminando por lo soso de las comidas que se echan al gargüero.
Pero hay en él algo que siempre me llena de envidia y admiración:
su civismo, su arraigado sentido del fair play (el juego limpio), esas
convicciones democráticas tan asimiladas por la gente común
que se han convertido en una conducta natural, en una manera de vivir.
Es esa secreta naturaleza, adquirida a lo largo de una práctica
de muchos siglos, que da su vigor y su vigencia a las instituciones británicas,
lo que Tony Blair -creyendo, sin duda, que así servía mejor
a su país- se permitió transgredir, haciendo fraude contra
el rojo Ken. Pero se equivocó, porque el principio básico
de la cultura democrática es que no son los fines los que justifican
los medios, sino los medios lo que justifican los fines -la forma tan
importante como el fondo-, y eso es lo que el pueblo inglés le
recuerda ahora, cada día, envenenándole la vida.
___________
© Mario Vargas Llosa, 2000.
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Diario El País, S.A.
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